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NOTICIAS TEATRALES Publicación creada el 6-8-2002 / Esta es la edición del 30-4-2008

 

NOTICIAS TEATRALES
Elaboradas por Salvador Enríquez
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¡A ESCENA!

 

Los intérpretes, actores y actrices que día a día crean sobre las tablas los seres humanos que un día se originaron en la soledad del estudio del autor, merecen nuestro respeto y, más aún, nuestra admiración. Ellos crean algo tan efímero y maravilloso como esa vida que termina al caer el telón. A ellos, a los intérpretes, dedicamos esta sección sugerida por nuestra colaboradora Anunciación Fernández Antón que se ocupa de escribir las semblanzas que abajo puedes leer.

¡A ESCENA! es la voz que advierte que ya no hay marcha atrás, que el intérprete es el dueño de todo mientras dura la representación. De ellos depende, con frecuencia, un éxito o un fracaso.

                  

Índice de ¡A ESCENA! 

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QUIQUE CAMOIRAS: UN CHICO DE LA CRUZ ROJA

PILAR MIRÓ: NADIE ME ENSEÑÓ A VIVIR

JOSÉ SACRISTÁN: EL ÚLTIMO CÓMICO DE LA LEGUA

LUIS CUENCA Actor  multidisciplinar

La Bardem. Nada menos que toda una autobiografía

CONCHA VELASCO: EL CARISMA INCANSABLE DE UNA CHICA YÉ-YÉ

FERNANDO FERNÁN GÓMEZ: EL GENIO INABARCABLE  E INCOMPRENDIDO

MANUEL ALEIXANDRE: GENIAL MAESTRO DE CEREMONIAS

JOSÉ LUIS LÓPEZ VÁZQUEZ: 40 AÑOS DE ESCENA ESPAÑOLA

EN HOMENAJE A ALBERTO CLOSAS, LA SALA PRINCIPAL DEL TEATRO MUÑOZ SECA, DE MADRID, LLEVARÁ SU NOMBRE

SAZA. EL PEQUEÑO DE LOS SAZA

MARY PAZ PONDAL

TEÓFILO CALLE

AURORA BAUTISTA la actriz que puso rostro a tantas heroínas

MARÍA FERNANDA D'OCÓN Y Mª JESÚS VALDÉS, DOS DAMAS DE ROMANCE

TIRANO BANDERAS SERÁ HÉCTOR COLOMÉ Y NURIA GALLARDO, LA MUJER

PACO MERINO: EL MEJOR EN SU PUESTO

AGUSTÍN GONZÁLEZ es uno de los pocos actores de los que se puede decir que llena el escenario

 

QUIQUE CAMOIRAS: UN CHICO DE LA CRUZ ROJA

Me pareció oportuno titular con "Un chico de la Cruz Roja" esta semblanza porque Quique Camoiras, el actor que hoy, 18 de abril de 2007, a las 11'30 de la mañana, anuncia en rueda de prensa celebrada en el Teatro Príncipe de Madrid, su retirada, está muy ligado de siempre a esta institución y tiene entre sus títulos y distinciones honoríficas, la Medalla de la Cruz Roja Española, ganada por sus muchos trabajos en este sentido, colaborando en funciones benéficas en teatros, en hospitales y allí donde fuera requerido. Un chico de La Cruz Roja, por tanto, aunque él matiza en seguida, y al quite de la ocurrencia mía, allí presente en la rueda, que "el que hizo la película fue mi hermano Paco, no yo. Y menuda suerte tiene el tío, que todavía cobra derechos. Cada año, el Día de la Cruz Roja, se planta la peluca, se echa a la calle y a cobrar."

O sea, que en la familia son varios los dedicados al arte de hacer reír.

Esto de la familia es tan sagrado para Quique Camoiras, que por eso se retira, para poder dispensar a sus nietos las atenciones que, dice, no pudo dispensar a sus hijos a fuerza de tener que trabajar para mantenerlos: "Aquello sí eran trabajos. Seis meses fuera de casa, de tournée, sin ver a los hijos, cada año lo mismo. Cuando ellos tenían vacaciones, me los llevaba conmigo, pero empezaba el colegio y vuelta a no verlos, no quiero que me pase lo mismo con los nietos. De mi nieta, sobre todo, quiero disfrutar viéndola crecer y que ella me vea a mí."

Además, Quique Camoiras no queda, digamos, desprovisto al dejar de actuar, como quedaría de ser un jubilado cualquiera, que es lo que en realidad está deseando ser, pero no puede: Él es empresario y, como trabajador inquieto que siempre fue, se ha especializado en compatibilizar oficios varios, por si la suerte se ponía de espaldas.

"Trabajé en el Teatro Español con Aurora Bautista (haciendo Calderón de la Barca) y compatibilizándolo con un show en Pasapoga. No era correcto políticamente hacer esto, hasta que dijeron: ¿Por qué no? En El Español hice también "El avaro", de Molière, con grandísimo éxito de crítica y público, a dos funciones diarias todos los días. Todos los días, ¿eh?"

De hecho, la enumeración de sus trabajos y sus años como actor asombra: "Estuve 12 años seguidos en el Teatro de La Latina, temporadas de 8 y 10 meses; luego 9 más en el Cómico (ahora un supermercado, en Delicias) cuenta el que todavía hoy rebosa vitalidad."
Y ya puestos a recordar: ¿Quién no recuerda al renombrado DON ARMANDO GRESCA? Pues era Quique Camoiras.

Así que, para trabajos, mejor hablar de los de antes: "Es que ahora -se explica Quique Camoiras- yo me quedo "asombrao". Que empiezas a las 8 y a las 10 y media ya estás en tu casa, si me dicen a mí que esto iba a llegar, cuando lo de librar un día costó sangre y lágrimas a algunos... Hicimos una plantada para conseguir un día libre, uno a la semana, siguiendo con las dos funciones diarias, y muchos no la apoyaron porque decían que eso era imposible, si es que yo durante años no paré ni un día. Así que ahora me parece que esto es como estar de vacaciones. Dos funciones diarias hacía yo, más ensayos, y encima a las 8 de la mañana, ¡a trabajar a mi oficina del Ministerio!, que yo he sido funcionario toda mi vida, compatibilizándolo, claro está, con lo de actor."

Es evidente que este hombre es una mina. ¿Cuándo dormía? Y todo por la familia. Sí. Para que no tuvieran que pasar las penalidades que él pasó.

Pero el público para un cómico es lo primero, y por eso Quique Camoiras se despide con una obra que haga reír de una manera inolvidable: Y ESTE HIJO... ¿DE QUIÉN ES?, de Adrián Ortega, porque dice: "Quiero que me recuerden como actor y sobre un escenario. Mi último homenaje lo quiero sobre las tablas".

En la mesa que preside para anunciar su despedida, lo rodean los compañeros de reparto, uno de ellos es Vicky Lusson, hija de su eterno compañero de tantas escenas cómicas Alfonso Lusson. Se llena de nostalgias hablando de los años sobre las tablas y de los actores y directores que había entonces: Lina Morgan entre los primeros, Muñoz Román y Colsada entre los segundos:

-No he visto hombre más activo y polifacético en toda mi vida-, dice uno de sus acompañantes en la mesa, Alberto Agudín.

-Porque no conociste a Muñoz Román -contesta rápido Quique Camoiras-. Aquello ya eran eran directores. Ni a Colsada, que tuvo 13 compañías a la vez y que abarcaba todos los géneros. 13 compañías, se dice bien y pronto, cuando los Paso tenían, el que más, 3. ¡Pero es que 13! Se dice pronto, no ha habido igual. A ése tampoco se le ha hecho justicia, mira. Ni a Muñoz Román. Que ése sí que era ensayar, que había noches que nos daban las 4 ensayando, porque ése era de los que como dijera que la botella tenía que estar aquí, y medio llena, pongo por caso, que no se la tocara nadie. Y quien dice la botella, lo que fuera. Él lo quería todo perfecto, y en lo que no lo lograba, no nos dejaba descansar. Así llegaba yo al Ministerio, roto, y me dormía en el guardarropa, una cabezadita encima de las chaquetas. Se llevaba entonces chaqueta, para no desgastar los codos de la de uno, la buena, y cada cual tenía la suya. Así que llegaban, ya les oía yo decir en sueños: "Ya me han cogido la chaqueta". Y yo, sin decir ni mu, planchando la oreja en las chaquetitas hasta que llegaba el jefe de negociado.

-Él es igual de perfeccionista que Muñoz Román -sentencia otro de los actores que van a acompañarlo en la obra, José Luis Gago. Nos reímos y él, entusiasmado a la vez que preocupado, sigue:

-Y quiero pediros perdón por eso. Soy demasiado exigente. (Todos protestan y con razón, cuando es de agradecer el que te corrijan, sobre todo si lo hace un maestro). Para un actor, actuar no es trabajo, es vocación. A mí no me gusta hablar de trabajo. Yo subo al escenario a pasarlo yo bien y a hacerlo pasar bien. Si no, para otra cosa no salgo.

Sobre las motivaciones de la obra que ha elegido para su despedida de los ruedos (perdón, de las tablas), dice:

-Escogí esta obra porque me gustó al considerarla afín a mi temperamento artístico. Ahora bien, yo la he adaptado de tal manera que, si el autor levantara la cabeza, no la reconocería.

VAMOS CON LOS DATOS MÁS CONOCIDOS DE LA BIOGRAFÍA DE ESTE GENIO, QUE ES LA DE DE LA REVISTA Y LOS ESPECTÁCULOS DE VARIEDADES DE NUESTRO SIGLO XX

Nace Quique Camoiras en Madrid, de una familia modesta (tal vez ahí le venga esa afición al trabajo, inagotable) y desde pequeño destaca por sus actitudes para las artes. Con su hermano forma pareja de lo que se llamaba por entonces "clownws musicales": Hacían de bomberos toreros, por ejemplo, en las plazas de toros y en el circo. Creo que así comenzó también alguna de las grandes figuras del toreo, como Espartaco, haciendo de payaso torero por las plazas, actuando en un show burlesco siendo aún niño, lo que más tarde le permitiría tener su oportunidad en los ruedos (Digo esto aquí por si nunca tengo oportunidad de decirlo en un periódico taurino, y por que los lectores se hagan una idea de cómo debía de ser un show de éstos).

Aprende a bailar claqué, también hace la carrera de piano... Y sin dejar de trabajar con su hermano Paco, pasa a llamarse "El gran Quiqui" en el tiempo glorioso de los espectáculos de Variedades. Compatibiliza su trabajo con el de funcionario hasta que un día da el gran paso: dedicarse en cuerpo y alma a hacer reír al público.

En los años 50 el espectáculo era la Revista. Ahí trabajó como galán cómico aprovechando su juventud y su gracia para "pasar la batería". Muñoz Román, empresario de leyenda de la Revista, le hizo triunfar en el Teatro Martín.

En 1955 conoce a Adrián Ortega padre y comienza a trabajar con él en la revista "Mujeres odiosas", donde también trabajaba Lina Morgan. El invento se prolongó 3 años y a esa revista siguió otra, hasta que el maestro Cabrera, gran autor, compositor y empresario, le ofreció ser el primer actor de su Compañía de Revistas. Poco después apareció en su vida Matías Colsada, el más importante empresario de revistas del siglo XX. Con él estuvo como primer actor y director casi 14 años, siendo el titular del Teatro La Latina 12 años consecutivos.

En el año 80 pasó a trabajar en el género que más le gustaba, la Comedia. Antes de fundar su propia compañía Comedias Cómicas, trabajó en el Español, como queda dicho más arriba.

En el 82 debuta en el Teatro Cómico, hoy desaparecido, y en él estuvo, excepto 18 meses en el Teatro Fuencarral, hasta 1991: Don Armando Gresca, Ponte el bigote, Manolo, El tonto es un sabio, Qué solo me dejas... son títulos representativos que todavía resuenan como éxitos.

Todo esto, que hoy puede parecer un milagro, no evitó que también hiciera una treintena de películas: La corte del faraón (Concha de plata en San Sebastián), Tú estás loco, Briones, Juana la Loca de vez en cuando.

En salas de fiestas, como el desaparecido Lido, o Pasapoga, compatibilizó su trabajo con el teatro. Montones de programas de televisión. Series para la primera como La Revista; o Los Poyatos, para tele 5. En total, más 40 revistas, 12 comedias, giras por toda España. Calcula que más de 10 millones de personas lo han visto.

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

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PILAR MIRÓ: NADIE ME ENSEÑÓ A VIVIR

No era una actriz, aunque alguna vez se puso ante las cámaras, sino una directora de cine y de teatro, aunque en éste pocas veces obtuviera el éxito anhelado. Ironías del destino, su mayor éxito teatral fue una película y su mayor éxito cinematográfico, la filmación de una boda. Pero el personaje interesa por muchas otras vertientes (políticas, laborales, afectivas) y ya en sí mismo es una obra dramática que lleva el sello de toda una época (la España de la transición democrática), y ello no sólo en cuanto al cine y al teatro se refiere sino también en cuanto toca a la televisión, que entonces empezaba, y en todo lo referente a la vida misma, en su diario discurrir, de alguien que intentaba abrirse camino con los dientes. Por eso tiene sentido sacarla en esta sección donde llamamos ¡A ESCENA! a los más grandes que por ella han pasado.

La vida de Pilar Miró que ha escrito Diego Galán (Nadie me enseñó a vivir, Plaza y Janés) es un verdadero thriller. Así se lee y así debió de ser, tanto en el arte y en el trabajo como en el amor y en la amistad, no es de extrañar que su corazón estallara en múltiples ocasiones antes de pararse definitivamente agotado. Siempre necesitaba empezar algo nuevo, nunca estaba satisfecha con una sola cosa entre las manos: Si lo anterior había sido un fracaso, para olvidarlo; y si por el contrario había sido un éxito, para no dormirse en los laureles y aprovechar el tirón. Y no hacía esto por ambición, es que ella necesitaba proponerse nuevos retos a cada paso como en una apasionante y apasionada huida hacia adelante.

En el amor era lo mismo: Nadie que despertara en ella una chispa dejaba que pasara de largo y pocos, muy pocos, se le resistieron. Siempre necesitaba amor y por otra parte, no podía detenerse en nada ni en nadie, se quejaba de la cobardía de los hombres que, amándola, no se decidían, pero lo cierto es que ella era muy exigente en lo personal y en lo laboral, tenía que mantener vivo y activo su débil y quebradizo corazón. Que no se le ocurriera detenerse, pues siempre había amigos y enemigos a los que atender con amor o con odio, con gratitud o con venganza.

¡Qué mujer esta que llegó a ser llamada John Ford con faldas! Para ella todo era una película o una obra de teatro, valga como ejemplo el episodio de la cena con Gabo (García Márquez) durante la cual, temiendo Pilar que se aburriera, obligó al resto de los comensales a rotar a su lado sin que él entendiera a qué se debía aquel baile de cubiertos que nunca se detenía más de 10 minutos.

De niña, era tan mala como Ana Torrent en Cría cuervos, de Antonio Saura, a quien también admiró y con quien polemizó, así como con Marsillach, por poner un ejemplo teatral de gente que se admira y se ama pero que por incompatibilidad de caracteres, no pueden seguir trabajando juntos. ¿Verdad que es todo muy teatral? Pues así era en carne viva (nunca mejor, ya que se la jugaba en cada lance) según el libro que tengo entre manos y que no me canso de releer, qué pena no haberla conocido en persona.

La muerte, sin embargo, la sorprendió a solas, en su propia casa, en un descansillo de la escalera que en aquel momento descendía, y aunque había gente en casa (su hijo Gonzalo trató de reanimarla por todos los medios cuando la encontró caída), ya no volvió en sí. Tenía 59 años y había dirigido decenas de películas, documentales, teatro... Y había sido, en fin, directora general de Cinematografía y directora del ente público de RTVE, cargos que había aceptado por compromiso político con los chicos del PSOE y que le trajeron más disgustos que cualquier obra dramática, no sabía en qué se metía la muy ingenua. O la muy vanidosa, depende.

Las relaciones de Pilar Miró con el teatro fueron también de todo menos tranquilas: A instancias de José Antonio Campos, dirigió ópera para el Teatro de la Zarzuela (Carmen, a quien ella dio un vuelco con un nuevo giro escenográfico, pero que se estrenó con gran estruendo de fracaso, después del escándalo de El Crimen de Cuenca que todavía coleaba pues le había valido un juicio ante un tribunal militar, con innovaciones que el público conservador de los abonos no le perdonó, por lo que fue insultada con verdadera crueldad la misma noche del estreno y aún después), comedia (sobre todo las de Lope de Vega, que le parecían un prodigio de actualidad: El anzuelo de Fenisa, por ejemplo, que representaba, de hecho, su ideal de mujer que ella era incapaz de incorporar en su vida práctica: la mujer que vende humo a los hombres y se queda con todo lo que ellos tienen dejándolos desplumados y burlados) y, sobre todas ellas, llamaba su atención La verdad sospechosa, de Ruiz de Alarcón, que dirigió por la época en que ella misma no era creída por los jueces por más que dijera la verdad sobre la compra de trapos. De ahí que le cautivara la frase desesperada de Don García en la obra de Alarcón: "¿Es posible que diciendo la verdad nadie me crea?"; también dirigió Estudio 1 (Como las secas cañas del camino, de Martín Recuerda, muy polémica por unas frases que ofendían a los de Murcia), la ópera Sigfredo en Estalingrado, que no triunfó, y la que triunfaba en Nueva York y Londres, Hijos de un dios menor, de Mrak Medoff, que tampoco obtuvo el éxito que las expectativas levantaban y que ella esperaba con tanta fuerza. Se trataba de un texto difícil en que un profesor (Emilio Gutiérrez Caba) se empeñaba en hacer hablar a una sordomuda. El propio actor abandonó el proyecto ante las dificultades de todo tipo y por la inflexibilidad de la directora quien, no obstante, no dudó en llamarlo más tarde para otros papeles.

Por todo lo cual, irónicamente, hacia el final de su vida comentaba: "Es extraño que mi mayor éxito teatral sea una película y que mi mejor película sea el reportaje de una boda real." Se refería a El perro del hortelano, de Lope de Vega, que arrasó en las taquillas con Carmelo Gómez y Enma Suárez, y a la boda de la Infanta Elena. Después vendría la de la infanta Cristina, en Barcelona, otro éxito para cuya dirección fue elegida por el mismo Rey, a quien había conocido en la Facultad de Derecho y cuyos discursos de fin de año también había dirigido de modo exigente, algo con lo que el monarca estaba encantado. Curiosamente, su primer trabajo en TVE lo consiguió gracias a una influencia de Blas Piñar, todo es curioso y divertidísimo en un libro que no tiene desperdicio y que como digo, se lee como un thriller. Efectivamente por solicitud del Rey Juan Carlos, había dirigido las transmisiones de las bodas de sus dos hijas, una desde Sevilla y otra desde Barcelona, y en ambas ocasiones fue felicitada por ello. En ambas, el éxito obtenido fue mundial, pues las vieron más de 900 millones de personas en cada ocasión.

Pero nadie que la haya visto olvidará nunca El crimen de Cuenca, ni Gary Cooper, que estás en los cielos, por ejemplo. Y en esto sí logró, en verdad, su sueño. Porque ella lo único que quería en realidad "era ser la chica que va a la grupa del caballo de Gary Cooper". Un Gary Cooper defensor y salvador que ella encontró en la figura de sus abogados.

En resumen, que después de ver todas las contradicciones del personaje, uno se queda admirado de la mujer tan enorme y tan auténticamente genial que fue. Y siente el orgullo de poder escribir algo sobre ella, aunque sean sólo unas líneas como éstas.

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

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JOSÉ SACRISTÁN: EL ÚLTIMO CÓMICO DE LA LEGUA

 

 Hablo ahora de él porque para mí, dramatúrgicamente hablando, José Sacristán, con su actuación en Almacenados, significa la joya del otoño 2005 en Madrid, a pesar del inmenso esfuerzo que me supone abarcar toda su obra cuando lo acabo de tener tan cerca. Cuando estoy todavía bajo su influjo:

 

José Sacristán nació en Chinchón (Madrid) e inició su carrera teatral en 1962. Pertenece por su oficio a una estirpe de cómicos ya casi extinguida y de la que tal vez sea el último representante. Uno de los últimos podemos decir. Nombres ilustres de la escena española como Pepe Isbert, Juan Antonio Riquelme, Fernando Morán, y el mismo Fernando Fernán Gómez,  fueron sus maestros en el arte de representar. De la misma manera que Manuel Aleixandre, Agustín González  y Adolfo Marsillach fueron, además de maestros, sus compañeros de oficio, como él reconoce. 

 

Tan consolidada es su carrera artística que se puede afirmar de José Sacristán que sus papeles estelares, allí donde roza la perfección, son aquellos en que se representa a sí mismo. Tal sucede en la última obra de teatro que podemos disfrutar en estos días (1), Almacenados, de David Desola, en el Teatro Fígaro, donde el personaje que representa Sacristán no es otro que él mismo, salvadas, claro está, las diferentes circunstancias profesionales y vitales, pero en todo lo demás, clavados: los mismos gruñidos (malhumorados o tiernos), la misma actitud corporal (cabreada e indefensa a la vez), y me pregunto cuánto le habrá costado a Sacristán conseguir esa maravillosa naturalidad, que tan fácil nos parece, de representarse a sí mismo.

 

Recuerda con especial pasión, ahora que vuelve al Fígaro, cómo en el año 1972 hubo de trasladarse aquí desde el Teatro Benavente para seguir con el éxito de Balada de los tres inocentes, de Pedro Mario Herrero, que se vio desbordado más allá de las previsiones de la empresa y por eso hubo de buscar otra sala.

 

Poco después de iniciar su carrera teatral, arrancaría también la cinematográfica, en 1965, y demás se ha dirigido a sí mismo y a otros en varias películas, con lo que también es director.

 

Sus inicios en el cine lo fueron en la comedia de género, que tenía fuerte demanda por aquel entonces en el mercado español (se hacían 200 películas al año), gracias en parte a unos productores heroicos que se lanzaban a la piscina sin miedo -y hasta sin agua-, sin subvenciones y con la censura apuntando cual espada de Damocles. 

 

Pero el miedo agudiza el ingenio y de ahí que un género que satirizaba los usos y costumbres españoles, amén de poner en solfa los mitos consagrados como el del macho ibérico, daba cabida al ansiado destape y se nutría del turismo nórdico, la libertad sexual y otras "asignaturas pendientes".

 

Género que más tarde caería, ya con la modernidad conquistada y todas las asignaturas aprobadas, en el desprestigio y que hoy se rescata del olvido gracias a las televisiones con programas como "Cine de barrio", en la primera cadena, al que pronto seguirían otros en los nuevos canales. Y a un público que, libre de complejos, se ha dado cuenta de los valores de aquellos trabajos enormes y de aquellas gentes pioneras.

 

 De aquella época recuerda Sacristán con especial cariño a Alfredo Landa, actor al que también se había unido indisolublemente a una vis cómica y que dio sus frutos como talento dramático cuando tuvo ocasión. Y a José Sazatornil, compañero además de teatro. Y a tantos otros, pues su filmografía no tiene fin como veremos más abajo.

 

Sin embargo, allá en sus orígenes más remotos, antes de empezar a ser conocido por el gran público, en la vida de Sacristán está el teatro. Sólo que, como ocurre con tantos actores, sean de la generación que sean, la contratación impone sus reglas y muy tempranamente se decanta por el cine y la televisión, si bien, cuando vuelven a pisar las tablas, lo hace con ganas. 

 

En el caso de José Sacristán, y escribo estas líneas bajo el influjo de las palabras que acabo de oírle con motivo de la rueda de prensa para presentar "Almacenados", mejor oírle a él:

-Es un gusto -dijo- poder elegir después de 40 años de ganarse el pan (y algo más para untar con el pan), poder elegir, digo, lo que uno quiere, para dedicarse por completo a una obra sólo por el placer de hacer lo que te gusta. Y es una gozada, cuando todos se quejan del síndrome postvacacional, que yo no sé lo que es, tener un oficio en que estás deseando volver al trabajo. Porque para nosotros la verdadera tragedia postvacacional es no trabajar".

 

Parece evidente que lo de actuar ante un público es un lujo que a veces se compagina con otros trabajos y que sólo en el caso de unos pocos privilegiados se puede hacer con dedicación exclusiva. 

 

A Sacristán lo hemos visto recientemente (20 años no es nada) en Las guerras de nuestros antepasados, de Delibes, estrenada en 1990 en el Teatro Bellas Artes. Más tarde vimos a Manuel Galiana en el mismo papel, también magistral (qué suerte ha tenido esta obra con los intérpretes), porque Sacristán había dejado el listón muy alto y era dificilísimo no pensar en él a cada paso viendo a Primitivo Pérez o como se llame el loco aquel inolvidable. También tocó y profundizó el mundo tétrico de Strindberg en Danza macabra, sin desdeñar autores españoles totalmente distintos como Arniches (Anacleto se divorcia ó ¡Que viene mi marido!), en el teatro La Latina de Madrid. 

 

Cuando se puso a cantar, que también tiene la carrera de canto, hizo un Caballero Don Quijote extraordinario con su voz de barítono en el musical El hombre de La Mancha, junto a Paloma San Basilio. Fue por entonces cuando la Gran Vía empezó a parecer Broadway, por la fiebre de los musicales que iniciaron ellos y luego siguieron otros para aprovechar el tirón que sigue hasta hoy. También probó su voz en un montaje sobre Mozart, Amadeus, que cosechó un gran éxito.

 

A mí me gustó Sacristán sobre todas las cosas cuando hizo Flor de otoño, de José María Rodríguez Méndez, para el cine, papel que bordó como nadie y que ahora que la obra se ha vuelto a hacer en teatro, se vuelve inolvidable en su papel, pesa y gravita sobre la función, pero me divertí muchísimo con Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?, de Marsillach, al lado de Concha Velasco como partenaire. Ésta también en cine, pero después se la he visto hacer a otros en las tablas y para mí no hay parangón.

 

Haciendo de argentino Sacristán está de escacharrarse, y eso hizo que por entonces yo le perdonara la cara de acelga, y de antipático en una palabra, que a mí se me hacía que tenía para todo lo que no fuera él mismo. Hasta el otro día.

 

Que el ego lo tiene, nadie lo duda, narices, ¡que es un actor!, pero justo por eso son una gozada las ruedas de prensa con él, porque es un tío que habla de sí mismo y sólo de sí mismo, como debe ser. De lo que le concierne y punto. Serio y como medio cabreao, sin eufemismos ni rodeos (mucho menos con repeticiones), que es como hablan los hombres. Cada palabra suya pesa un kilate y no hay vuelta atrás. ¿A qué repetir?

 

En cuanto a sus incuestionables méritos como actor y director de cine, podemos afirmar que se consagró gracias al éxito de Vida conyugal sana (R. Bodegas, 1973) y se convirtió en uno de los actores más importantes de su generación, interviniendo en películas como Asignatura pendiente (José Luis Garci, 1976), la ya citada Un hombre llamado Flor de Otoño (Pedro Olea, 1977), Solos en la madrugada (José Luis Garci, 1977), Operación Ogro (G. Pontecorvo, 1979), La colmena (Mario Camus, 1982), Epílogo (Gonzalo Suárez, 1984), La noche más hermosa (Manuel Gutiérrez Aragón, 1984), La vaquilla (Luis García Berlanga, 1985), El vuelo de la paloma (José Luis García Sánchez, 1988), Un lugar en el mundo (Adolfo Aristarain, 1992), El pájaro de la felicidad (Pilar Miró, 1993), Madregilda (F. Regueiro, 1993), Adán y Eva (J. Leitao, 1995) y Pasiones rotas (N. Hamm, 1998).

 

En cuanto a la televisión, ha intervenido en las series ¿Quién da la vez? (1995) y Éste es mi barrio (1996).

 

Ha dirigido e interpretado Soldados de plomo (1983), Cara de acelga (1987) y Yo me bajo en la próxima, ¿y usted? (1992), ya comentada.

 

(1) Para situar lo que se cita como actualidad se debe tener en cuenta la fecha de redacción de este trabajo: octubre de 2005

 

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

 

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LUIS CUENCA Actor  multidisciplinar

 

Luis Cuenca, actor de revista, teatro y uno de los grandes intérpretes de reparto del cine español, murió en una clínica madrileña el 21 de enero de 2004 a los 82 años. Había nacido el 6 de diciembre de 1921. La causa: insuficiencia pulmonar.

 Uno recuerda, en efecto, su voz como una de sus principales características. También su gesto, versátil y chaplinesco, con esa seriedad dramática que se ve en los ojos de los niños, también en los ojos de los supervivientes que se ríen, lo primero, hasta de sí mismos. 

 Poco antes de su muerte tuve el honor de encontrármelo en la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) con ocasión de unos premios (creo que "José María Forqué") al cine español, y estaba guapísimo entonces en la sala aquella del cisne que se expande, hecho un galán, por lo que me asombró su muerte a los pocos meses.

 Recuerdo su bigote negrísimo y su extrema delgadez en aquella ocasión (siempre había sido delgado pero entonces más), su elegancia de estrella de larga trayectoria sólo recientemente al alcance del gran público gracias al cine y, sobre todo, gracias a la televisión. Parecía que tenía por delante toda una vida, por el empaque, el saber hacer y el entusiasmo que ponía en todo, aunque seguramente "él ya sabía lo suyo". Mayor mérito, como también queda dicho de Alberto Closas en estas mismas páginas.

 Antes había sido, durante muchos años (40 me dicen los que le conocieron bien ¡y con compañía propia!) la estrella indiscutible del Paralelo barcelonés, entorno en el que reinó desde el Teatro Apolo ("Ven al Paralelo" se titulaba el espectáculo de variedades) con un género tan genuinamente español y que tantas glorias dio a la escena patria como la Revista, al lado de otros indiscutibles como Pedro Peña y Tania Doris.

 Muchos años después se recreará este espectáculo para la televisión, como homenaje a aquellos actores pioneros, de la mano de Sara Montiel. Hay grandes nombres de hoy que, aunque jóvenes, le deben su fama y sus inicios en el género a Ven al Paralelo.

 A Luis Cuenca lo veríamos también en La Latina, por fin en Madrid, con el espectáculo de variedades titulado "La blanca doble", de la mano de Tony Leblanc.

 Tuvo dos hijos, uno que se mueve por todo el mundo como pianista, y otro veterinario, que vive en Alcorcón. Tal vez por esta circunstancia, últimamente se le viera más a menudo en Madrid que en Barcelona, ciudad en la que pasó más de media vida y sobre todo, ciudad en la que se hizo como artista de variedades. Y como artista total, que luego veremos.

 Había nacido Luis Cuenca García en Navalmoral de la Mata (Cáceres) el 6 de diciembre de 1921 en una familia de actores, por lo cual su vinculación con el teatro ha sido desde el mismo día de su nacimiento. Su debut, como corresponde, ocurrió por casualidad en el momento en que se necesitó un niño en el escenario, ya que sus padres, la actriz Carmen García Carrasco y el actor Eduardo Cuenca, formaban parte de una compañía de teatro con la que recorrían todo el Estado Español, la compañía Carrasco, propiedad de sus abuelos. 

 Hijo y nieto de cómicos, desde pequeño hizo Luis Cuenca absolutamente de todo sobre un escenario con la mayor naturalidad: Bailar claqué, interpretar comedia, drama, revista... Al comentar esta su circunstancia personal que lo hizo ser actor desde niño, dice el propio Luis Cuenca: "Yo no tenía vocación, yo tenía ganas". Como Gades, como tantos otros que mamaron el arte, la vocación, o el pensar en ella, les vendría más tarde. Entonces no se pensaba, no había tiempo.

Por eso, como la cosa más natural del mundo después de ese aprendizaje, entrará a trabajar, ya en la década de los 50, como actor de la empresa de Matías Colsada, a la que estará ligado durante 40 años, convirtiéndose en la estrella indiscutible del Paralelo barcelonés como ya quedó dicho.

En el cine, debutó como extra en la película Eugenia de Montijo (1944), de José López Rubio. Ya durante sus años de esplendor en los escenarios, Cuenca interviene en películas como la comedia musical Quiéreme con música, y  Las travesuras de Morucha, ambas dirigidas por Ignacio F. Iquino; después vendría ¿Pena de Muerte?, de José María Forn; Toto de Arabia y Perras callejeras, bajo las órdenes de José Antonio de la Loma; Las Alegres Chicas de Colsada, film que sirve de homenaje a la revista popular española durante sus años dorados, dirigida por Rafael Gil y con guión de Fernando Vizcaíno Casas.

 En los últimos años, Cuenca es reclamado de nuevo para participar en películas como Suspiros de España (y Portugal), de José Luis García Sánchez; Cachito, de Enrique Urbizu; Grandes Ocasiones, de Felipe Vega; las taquilleras Airbag y Torrente, el brazo tonto de la Ley, de Juanma Bajo Ulloa y Santiago Segura, respectivamente; y La hora de los valientes, de Antonio Mercero.

 Más recientemente ha actuado en Soldados de Salamina, de David Trueba; Mátame mucho, de Angel Bohollo, y en Vivancos 3, de Albert Sauger. En los dos últimos años, ha trabajado también en El furgón, de Benito Rabal; Dos tipos duros, de Juan Martínez Moreno; iBuen viaje, excelencia!, de Albert Boadella. 

En la televisión, ha trabajado en series como Farmacia de Guardia, Ketty no para, Ellas son así, así como en la miniserie Camino de Santiago, una coproducción internacional dirigida por Robert Young.

Premios: En 1997 gana el Goya al Mejor Actor de Reparto por su trabajo en La buena vida, ópera prima de David Trueba, con quien trabajará en Obra maestra (2000). Con este último trabajo consigue una nominación a los premios de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España.

En el 2001 obtiene el Premio de la Unión de Actores en el apartado de Mejor Actor de Reparto por su trabajo en Cuéntame cómo pasó, donde interpretaba a Federico.

 Luis Cuenca estaba satisfecho, tanto de su vida como de su trayectoria artística: "Mi vida ha sido una cuestión de suerte; siempre me he encontrado con la persona oportuna en el momento oportuno. En el teatro con Colsada, en el cine con David Trueba y en la tele con Mercero".  

Nota: Esta biografía de Luis Cuenca es deudora de la web Teatralnet, además de las aportaciones de su sobrino Eduardo García. 

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

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La Bardem. Nada menos que toda una autobiografía

 

La Bardem. Memorias. Plaza y Janés, abril 2005. 22 euros.

 

  Desconfío de entrada de los muy famosos. Pienso, casi siempre con razón, que todo ello puede deberse a una operación de marketing. Tampoco soy propensa a reírles las gracias ni a formar parte de su comparsa de admiradores porque ya son demasiados los que se dedican a eso. Por ello tardé en decidirme a leer este libro de memorias que se titula "Bardem", en letras muy grandes, y que lleva delante un "La" pequeñito, tan escondido que apenas se ve: La Bardem.

 

  Como Noticias Teatrales es una publicación que va dirigida a los 5 continentes, tengo que aclarar que el apellido Bardem da título a toda una raza de famosos actores españoles, cada vez más famosos y más grandes puesto que su fama se extiende gracias al más pequeño de ellos a todo el mundo globalizado, y que preside ahora mismo la matriarca, Pilar, autora del libro y persona de quien toman apellido sus hijos, de los cuales el coautor, Carlos, es el primero en edad. De todo esto me he enterado muy bien al leer el libro, que me he leído entero, repito, a pesar de su gordura, ¡y que no lo presto!

  

  Porque todos mis recelos contra el famoseo se disiparon en cuanto le hinqué el diente a este libro gordo, voluminoso, abriéndolo al azar "por mital medio", que es como mejor se sujeta un libro entre las sábanas, una noche de insomnio e inmediatamente vi que estaba muy bien escrito, con un estilo fluido y potente, ausente por completo de repeticiones, pero por encima de todo divertidísimo. Tanto que me dormí riéndome a carcajadas esa primera noche, lo que me hizo mucho bien. Después vendrían otras en que casi me hizo llorar y tendría que cerrarlo para no acabar haciéndolo, pero no muchas más noches ya que acabó ocupándome también los días desbancando así a todas mis otras devociones lectoras.

 

  Hay en él retratos, como el de Umbral, eficaces con sólo dos pinceladas definidoras de un carácter; el de Espartaco Santoni; el de Nieva, de quien tiene recuerdos entrañables y por el que guarda una admiración sin fisuras desde que la dirigió en La carroza de plomo candente y gracias al cual conoció al Nóbel Vicente Aleixandre, el poeta; de Jaime Salom, "extraordinario oculista que invierte todo lo que gana en estrenar sus obras de teatro"; de Adolfo Marsillach, quien la dirigió en Las Arrecogías del Beaterio de Santa María Egipciaca, de José Martín Recuerda, y en Silencio se rueda, para la TV de Pilar Miró; de Fernando Fernán Gómez, un genio de hombre, un verdadero extraterrestre que, además de dirigirla en la serie El Pícaro, para TV, descubrió como actor a Javierito, un niño a la sazón; de su hermano Juan, difícil y controvertida la relación entre hermanos; de Alfonso Lusón, Zori y Santos, que le dieron trabajo en sus cafés teatros; el de todos los compañeros de profesión con los que compartió rodaje o escenario, vivencias y roces múltiples: Helga Liné, Teresa Vico, Laly Soldevilla, Juanjo Menéndez, Lola Flores, Tina Sáinz, Julia Trujillo, Rosa Valenty, María Luisa Ponte, Fernando Delgado, Charo López, Damián y Paco Rabal, Asunción Balaguer, Analía Gadé, María Asquerino, Concha Velasco, Paco Marsó, Marieta Dúrcal, Juan Diego, Jesús Puente, Agustín González... De sus amores, siempre azarosos y contados de manera mágica, con actores que también son hoy devociones mías y que salen reforzados al verlos en este libro.

 

  Repasa así la actriz sus experiencias en cine y en teatro, en la televisión y en la pasarela, famosa o no, solvente o suplicante, compartiendo y compatibilizando hasta cuatro trabajos a la vez, sin tiempo para dormir y siempre a verlas venir en cuanto a  los dineros. De la lucha sindical, a la que ningún agobio la hizo renunciar. Y cómo no, los avatares de toda su familia, niños, padres, marido y criadas, heroicas algunas de éstas, como las de Galdós, que no sólo eran capaces de no cobrar sino que aportaban el fruto de otros trabajos al escaso peculio familiar porque consideraban a aquélla su verdadera familia.

 

  Todo está contado con una gran naturalidad, pero no se engañen, nada de desaliños del lenguaje ni faltas ni pecas que requieran comprensión para pasar adelante sino muy bien pensado todo y muy en limpio. Es como si Pilar Bardem recordara para sí misma y su hijo Carlos fuera mero transcriptor y eliminador de muletillas del habla, por la falta de concesiones al lagrimeo y una especie de distanciamiento que impide el regodearse, ni con lo bueno ni con lo malo. No sé cuál fue la división de tareas, pero hay una conjunción extraordinaria entre los dos y está escrito a la manera de una novela picaresca, en que los acontecimientos más serios, incluso los más dramáticos, se revisten de un humor cáustico y tremendista, pero sin una sola concesión a la frivolidad ni un solo guiño al lector, cuya complicidad se supone que se pide desde estas páginas de memorias. Es el libro de alguien que se lo pasa muy bien contando y que, salvo rarísimos segundos, no generaliza ni sermonea.

 

  Uno de los encantos del libro es que se detiene precisamente en los detalles ínfimos, aquellos que los clásicos llamaron primores de lo vulgar, y lo hace de una forma magistral, hablando sólo lo necesario y dándonos sin embargo todo un fresco de situaciones que a la manera galdosiana, sitúan ante nosotros la ya lejana postguerra y las gentes que la poblaron, ya sea en Madrid, Las Palmas, o en cualesquiera otras ciudades españolas. Es divertidísimo el viaje en tren, a la edad de 18 años, al encuentro de su novio, donde fue casi violada por uno de sus guardianes custodios.

 

  Con emoción creciente leí sobre la muerte de su madre, tan inesperada y viniendo de tan lejos, como un mazazo surrealista cuando era la del padre, más mayor, la que se anunciaba. La muerte del primer Javier, la de la primera Pilar, la lucha contra la miseria y la enfermedad, el encuentro con las buenas gentes (siempre aparece algún ángel protector, lo que justifica un cierto providencialismo en el relato aun viniendo de alguien que no se confiesa creyente). Emocionante, emocionante y emocionante. Emocionante y muy divertido. Apasionante es la palabra que mejor lo define y si no, no estaría yo aquí hablando de él. 

 

  Sorprende en las fotos ver siempre a esta mujer rodeada sólo de sus hijos, a cualquier edad, y de sus hijos y de su nieto a edad más avanzada. Es como una foto de las que se hubiera recortado una figura, falta algo y ese algo llama la atención, porque por muy modernos que seamos, la cosa es llamativa. Cuenta, en efecto, Pilar, cómo se casó enamorada y jovencísima y cómo se fue desmoronando todo en torno al amor, asfixiándolo, al tener que hacer ella frente, casi en solitario, a las responsabilidades del hogar y la crianza de los hijos. Sin embargo lo cuenta desde las consecuencias en la vida cotidiana de todos ellos de aquel comportamiento, nunca juzga al padre ante los hijos. Llegó un momento en que odiaba los libros porque todo el dinero se iba en ellos, cuando en casa faltaba lo más elemental, y así el encanto de los irresponsables contrasta con el drama que originan en torno. La falta de dinero hace que el otro se vuelva villano y práctico, lo cual es injusto para todos, los niños lo primero, al estar escindidos en el amor.

 

  Por eso pienso que tal vez la causa de este libro sea también el explicar a sus hijos el porqué de esa ausencia en las fotos, para que entiendan que no fue ella la causante de la misma.

 

  Tiene razones para ser una gran actriz Pilar Bardem, puesto que ha vivido mucho y así lo confiesa. Y sobre todas las cosas, es muy de agradecer ese grito valiente e irrenunciable, sean cuales sean las circunstancias y los peligros a que se expone, ese grito de "¡Delante de mí no se humilla a ningún ser humano!", algo que viene muy a cuento en esta sociedad tan cobarde, cada vez más, que tenemos.

 

Anunciación Fernández Antón María Anunciación Fernández Antón 

 

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CONCHA VELASCO: EL CARISMA INCANSABLE DE UNA CHICA YÉ-YÉ

 
 

  "Una señorita de Valladolid" ó "La chica yé-yé" son epítetos (bellísimos) que corresponden en exclusiva a una sola persona y todos sabemos quién es sin necesidad de mencionarlo: la actriz Concha Velasco. Como ocurre con todos los grandes personajes de la Historia con mayúsculas, ella ha hecho que palabras como éstas, tan ausentes de solemnidad por otra parte y que multitud de personas podrían apropiarse y atribuirse con toda lógica, porque en sí y por sí abarcan a multitud de seres, le pertenezcan por derecho a ella y sólo a ella hasta el punto de definirla por antonomasia. Y eso, repito, sólo ocurre con los grandes. 

 

  Ella es por antonomasia, gracias a una película definitoria de lo que ella fue, aquella joven en quien todos pensamos cuando oímos decir "una señorita de Valladolid" y ella es también, sin duda, "La chica yé-yé", por una canción tan afortunada que después se hizo película y que todos finalmente cantamos. Ha sido la musa y compañera de actuaciones del Dúo Dinámico y ha compartido pantalla y escenario con los más grandes del cine y del teatro español, además de ser la partenaire indiscutible, en decenas de películas, del inefable Manolo Escobar. Lo ha sido finalmente durante mucho tiempo para varias generaciones de españoles y de hispanohablantes, pues la fama le viene de muy lejos y ahora, con la misma presencia menuda y ligera, que sin embargo llena por completo el escenario por grande que sea, Concha Velasco es, aquí y ahora, una escuela viviente de actores. Porque nunca le falta trabajo, al contrario, y por ello, porque se sabe querida y necesaria, nunca envejece.

 

  Una figura de fama mundial (véase el Diccionario Mundial de Actores) que cuando ve una tarima (escenario) se vuelve loca y no para hasta subirse a él (es su medio natural). Pero también una gran maestra que aprende a diario y que se pone como un flan cada vez que tiene que subirse a un escenario, por la responsabilidad, de ahí la gran humildad y la gran humanidad que destella. Tal pude comprobar, hace tan sólo unas breves fechas, nada menos que en el Salón de Tapices el Ayuntamiento de Madrid, yo no me muevo por menos. Paso a contarlo:

 

  La tuve muy cerca el pasado viernes, 28 de enero de 2.005, cuando en el Salón de Cristales del Ayuntamiento de Madrid, actuó como madrina de la XXVI Semana de Cine Español de Carabanchel, que allí se presentaba. La habían elegido a ella y ella había vuelto a Madrid de su gira por España con la obra que ahora representa, junto a Nati Mistral, la obra de Gala Inés Desabrochada.

 

  Ya me resulta familiar el evento desde que en el mismo día y lugar conocí de cerca, pero el pasado año, al actor Agustín González, que oficiaba de padrino en aquella ocasión. Y entre la tristeza por el gran actor que nos acababa de abandonar y al que todos teníamos en el recuerdo y la necesidad de mirar hacia el futuro, todos estábamos un poco cariacontecidos y sobrecogidos. Casi nos parecía una traición empezar sin él una ceremonia en que se iba a hablar de cine español. Yo con más motivo, puesto que a raíz de conocerlo, inicié la sección de semblanzas de Noticias Teatrales titulada ¡A ESCENA! Mi gratitud hacia él considero que es, por tanto, doble o triple que la del todo el resto de la humanidad.

 

  Nos consolaban en el trance los ojos de Concha Velasco, que tenían un brillo de profundo sentimiento y a la vez de ánimo, porque Agustín González era uno de sus compañeros y amigos, pero la vida sigue. No hay más remedio. Estaba muy elegante Concha Velasco, de rubia y con abrigo a juego, negro y con pinceladas naranja, la chica yé-yé. Para colmo, se anunció allí mismo que el Cine España va a ser demolido en breve, con el propósito (al menos hay promesa, parece ser) de levantar en el solar un gran Centro de las Artes para el barrio de Carabanchel.

 

  Tuvo Concha, cuando le llegó el turno, una intervención absolutamente natural en que contempló a pie firme, con todos los allí presentes, un vídeo resumen de toda su carrera y a continuación, cuando por fin hizo uso de la palabra, dijo unas cuantas palabras verdaderas: "Qué va a ser del Cine Español cuando desaparezca el cine España (de Carabanchel), que está a punto de ser demolido en cuantito que termine esta XXVI Semana. ¿Será el viaje a ninguna parte?" Luego mencionó a multitud de compañeros que le habían ayudado en su carrera, dio las gracias a todos con sentidísimas palabras y posteriormente departió con todos hasta el final, pues para aliviar tanta tristeza, se sirvió una copa. El crítico Andrés Arconada, gran amigo de Concha Velasco, le leyó una carta cariñosísima que llevaba escrita (ya lo hizo el año pasado con Agustín González) en que destacó la huella dejada en todos con sus trabajos como actriz de teatro, de cine y de televisión, pero sobre todo resaltó su generosidad personal.

 

  Así, dijo Andrés, por poner un ejemplo de lo último, cómo agradecía a Nati Mistral el haberla puesto en cartel en la primera obra que hicieron juntas, siendo Concha entonces una casi desconocida, poniéndola ella a su vez en primer plano y cediéndole con ello tal puesto, en Inés desabrochada, obra de Antonio Gala con la que ambas recorren y han recorrido toda España. La obra ya lleva su rodaje, pues se estrenó en Santander en 2.003 antes de llegar a Madrid en 2.004, y después de triunfar en el Teatro La Latina, siguen de gira. 

 

  El autor Antonio Gala ha declarado escribir sus papeles de mujer madura pensando únicamente en ella, su Concha, y así lo hizo en Las manzanas del viernes (Teatro Fígaro, Madrid, 1977) y Más allá del jardín, película basada en la novela homónima de este autor que protagonizó Concha Velasco (c. 2.000).

 

  A Concha Velasco tuve la suerte de verla de cerca mucho antes por primera vez, aunque siempre sobre el escenario, varias veces en El Teatro Alcázar cuando representaba La rosa tatuada (1997), de Tennessee Williams, y su voz desgarrada respondía al drama de la mujer abandonada por el marido que era su papel en aquella ocasión. Sus gestos eran los de una heroína trágica, hasta el punto de que los entendidos no pudieron evitar compararla con Ana Magnani, que también había hecho el papel en su día. Raro es poner la televisión y que no salga ella en cualquiera de los canales, pero sobre todo, y ya que de televisión hablamos, es inolvidable su interpretación de Teresa de Jesús, cuya voz y gestos serán para siempre los de Concha Velasco, pues su trabajo constituyó una verdadera recreación del personaje. En las tablas, se consagró con el éxito de Filomena Maturano (1979) y continuó con una serie de títulos entre los que destaca Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?, de Adolfo Marsillach, junto a José Sacristán (1981), hasta el punto de convertir esta obra en un pequeño clásico que no deja de reponerse en televisión.

 

  Mucho antes, allá en sus comienzos por los años 50, fue bailarina antes que actriz, y hasta artista flamenca con Manolo Caracol, por lo que fue titular del ballet de La Coruña y por fin aterrizó en la Revista de la mano de Celia Gámez. Era por entonces la Revista un género de enorme prestigio y en él descollaron artistas que se consagraron en él, como Esperanza Roy. De su largo e imparable caminar dan fe los innumerables premios que van desde el otorgado por el Festival Internacional de Valladolid en 1985 hasta el Puente de Toledo, que acaba de recibir ayer mismo (6 de febrero de2. 005) otorgado por la XXVI Semana de Cine Español de Carabanchel.

 

  Géneros, se puede decir que los ha cultivado todos. La comedia fue durante décadas su género favorito, aunque con la madurez, ha demostrado su enorme carisma para hacer papeles dramáticos. Como digo, múltiples veces cerca en el escenario, nunca como hasta ahora en carne mortal. Y como dice Umbral, Concha gana con la cercanía, cuando se la ve sólo como mujer. Lo cual me parece un triunfo después de haber triunfado tanto en todos los escenarios.

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FERNANDO FERNÁN GÓMEZ: EL GENIO INABARCABLE  E INCOMPRENDIDO

 Hablar de Fernando Fernán Gómez obliga por fuerza a ser caótico a la vez que selectivo, pues pretender abarcar su inmensa filmografía al mismo tiempo que sus muchos trabajos teatrales y su obra literaria de diverso tipo, nos llevaría a llenar cientos de folios que, por otra parte, ya han sido escritos. Voy a ser por tanto muy personal y a ceñirme a los aspectos que más curiosidad pueden suscitar:  

 

Nació Fernando Fernán Gómez en Lima (Perú) en plena gira teatral de sus padres, actores españoles, por Iberoamérica. Tal vez sea esa la causa de que este españolísimo actor y director, genio y figura de fama mundial, se queje de que, mientras su infancia transcurrió de la manera más natural entre escenas de amor, al llegar a la edad adulta, vio cómo tales escenas se le prohibían. Sea como fuere, Fernando Fernán Gómez se licenció en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid y ya nunca renunció a esta formación, prueba de ello su ingreso en la Real Academia Española en el año 2.000 con un discurso de ingreso titulado La aventura de la palabra.

 

Actor de rápido y duradero triunfo, director a su vez de reconocido prestigio, a su faceta de guionista se deben también algunas de las versiones de los clásicos españoles para la escena, como las tituladas El pícaro o Defensa de Sancho Panza, que otros actores han encarnado para la posteridad sobre las tablas.

Pero su genialidad abarca también la pura creación literaria, y de ahí triunfos tan sonados como la obra teatral titulada Las bicicletas son para el verano, representada incesantemente hasta el día de hoy, o guiones de películas que llevan el sello indeleble de su personalidad y de su nombre, como El viaje a ninguna parte (1986), una de las muchas protagonizadas y dirigidas por él mismo, o Styco (1984) de cuyo guión y argumento es autor, además de protagonista.

 

 Es también columnista habitual del diario ABC, a la misma o parecida altura de Julián Marías o Francisco Nieva, y hasta llegó a finalista del Planeta con la novela El mal menor. De 2.001 data la publicación de otra novela titulada De capa y espada, sobre la muerte (y la vida) misteriosa y apasionante del conde de Villamediana, y todavía en 2.004, acaba de publicar la obra teatral El tiempo de los trenes, ambas en Espasa Calpe, editorial que tiene en depósito la mayor parte de sus obras publicadas hasta el momento, tanto en teatro (colección Austral) como narrativa y ensayo.

 

Esto que para nosotros es un mundo, al referirnos a tan diversos géneros literarios, lo resuelve él de la manera más sencilla:

"Empiezo a escribir y a medida que avanzo, veo si va a ir mejor para guión o para novela".

 

 Pero el libro más completo sobre Fernando Fernán Gómez es el que, sobre su persona y su obra, compuso el crítico Enrique Brasó con intención de abarcarlas completas y que, publicado también bajo el sello de la citada editorial en el año 2002, contiene una serie de entrevistas dedicadas a glosar de manera casi exhaustiva, su inabarcable figura. Este libro, titulado Conversaciones con Fernando Fernán Gómez, contiene un repaso completo de la labor de Fernando Fernán Gómez en cine, teatro y televisión, así como una biobibliografía de lo más completa de todo lo escrito sobre él hasta esa fecha.

 

Cuenta en él Fernando Fernán Gómez, cómo, por ejemplo, cuando conoció a Jardiel Poncela, era ya jardielista empedernido, pues había leído sus cinco novelas (entre ellas, Amor se escribe sin h ó Espérame en Siberia, vida mía) que lo habían apasionado. Jardiel era por entonces el autor de la casa en el Teatro de la Comedia, donde Fernán Gómez actuaba en Los ladrones somos gente honrada y era por entonces un autor de proyección internacional, dado que trabajó de manera fija en las versiones españolas de las películas que se hacían en Hollywood. Y fue precisamente actuando en dicho Teatro de la Comedia, como Fernando Fernán Gómez conoció a José Luis Sáenz de Heredia, quien se lo llevaría al cine mediante una tentadora oferta: la película Raza. Era el año 1941, en la más inmediata postguerra.  

 

A partir de ahí, la nómina de títulos cinematográficos de Fernando Fernán Gómez pasa de doscientos, y en algunos ha sido a la vez director y actor, tan larga la nómina de uno como de otro.

 

Su faceta de director se inicia con Manicomio (1953) y en una carrera fulgurante, dirige títulos ya clásicos de aquella etapa en blanco y negro, tales como El extraño viaje (1964) o Ninette y un señor de Murcia (1965), donde además es uno de los actores, amén de guionista.

En 1974 dirige y escribe para televisión la serie en seis capítulos El pícaro, basada en textos de autores clásicos del barroco español, como Cervantes, Quevedo, Mateo Alemán, Vicente Espinel y el anónimo autor de El Lazarillo. Mi hija Hildegart  llegaría a las pantallas en 1977 y El viaje a ninguna parte y Mambrú se fue a la guerra verían la luz ambas en el año 1986. En 1981 es la voz de Don Quijote de la Mancha en la serie televisiva de dibujos animados del mismo nombre.

 

Se vuelca de nuevo en la picaresca que tanto le apasiona con Lázaro de Tormes, en el 2000, obra con la que este mismo año obtiene de la Academia de Cinematografía el Goya al mejor guión adaptado. A sus órdenes, El Brujo y Agustín González, entre otros. En 1993 protagoniza la serie Los ladrones van a la oficina, para la televisión, gracias a la cual Manuel Alexandre confiesa haber podido, por fin empezar a ahorrar..

 

Actor a su vez en casi doscientas películas, en alguna de las cuales se ha dirigido a sí mismo, como las citadas El extraño viaje, o Ninette y un señor de Murcia, o La venganza de don Mendo (1961), no ha abandonado nunca el teatro: Ya hemos hablado de Las bicicletas son para el verano y de El Tiempo de los trenes, dos de sus obras de creación literaria específicamente teatral. En 1992 creó para el teatro una obra sobre el tema que nunca deja de apasionarle, la picaresca. Es así como compone El pícaro: Aventuras y desventuras de Lucas Maraña, estrenada ese mismo año en el Teatro Cervantes de Alcalá de Henares. En 2002 escribe para las tablas Defensa de Sancho Panza, un monólogo estrenado ese mismo verano en el Festival Internacional de Almagro, y finalmente traído a Madrid, al Teatro Infanta Isabel, siempre representado por el actor albaceteño Juan Manuel Cifuentes, con un éxito impresionante. Tanto, que la representación se prolongó en dicho teatro madrileño durante varios meses más de lo previsto.

 

Es, como no podía ser de otro modo, gran recitador de textos poéticos, entre ellos los de Bertolt Brecht. 

Y todavía hoy, mientras escribo estas líneas, pone la voz en off en el Teatro Reina Victoria, a la obra Tres hombres y un destino, que llevan a cabo sus colegas de tantas producciones José Luis López Vázquez, Manuel Alexandre y Agustín González.

 

Sin embargo es un genio insatisfecho, algo que debe ser inherente a su condición de tal, lo que hace de él un ser doblemente atractivo, rodeado, salvo excepciones de personas incondicionales, de la más absoluta incomprensión.

 

Con ocasión del estreno de La lengua de las mariposas (1988) en la que hace de maestro rural en la Galicia de postguerra, confesaría a Raúl del Pozo: "Cuando era joven, por luchar contra la timidez, ya era antipático. Siempre lo he sido". Ha protagonizado incluso algún escandalillo por mor de su carácter, lo que hace que yo lo admire más aún. Además, cualquier cosa que haga o diga este genio, tiene una repercusión enorme. Tanto mejor para los que no tenemos la oportunidad de hacernos oír.

 

En cuanto a los premios, tampoco es mala cosecha: Estrenó los Goya, en 1987, llevándose nada menos que cuatro galardones. Efectivamente, como que hubieran estado esperándole, para él fueron, seguidos uno detrás de otro, el Goya al mejor director, a la mejor película y al mejor guión por El viaje a ninguna parte; y el Goya al mejor actor por Mambrú se fue a la guerra.

En 1978 fue Premio Lope de Vega, que se concede cada año a la escritura dramática, por Las bicicletas son para el verano, obra genial que inmortalizara el actor Agustín González en el Teatro Español y que marcaría toda una época al retratar con mano indeleble la postguerra española en lo que Unamuno llamaría su intrahistoria. Posteriormente Las bicicletas son para el verano no ha dejado de reponerse y fue llevada al cine con gran éxito por Jaime Chavarri en 1983.

Fue Premio Nacional de Teatro en 1984 y, ya hemos dicho que llegó a ser finalista del Premio Planeta, en 1987, con El mal menor. En 1995 fue Príncipe de Asturias de las Artes y en 1999, Premio Donostia del Festival de Cine de San Sebastián.

 

"Los premios hacia la misma persona, por ser tantos, se desvalorizan unos a otros", dice él mismo para curarse en salud. Tal vez para compensar, hace más de treinta años que ostenta el Premio Limón, otorgado por la prensa. Ya hemos hablado más arriba de lo que él piensa sobre el mal carácter que injustamente se le achaca: es pura timidez.

 

Sin embargo, lo más grande le falta aún por hacer y reconoce que le quedan muchos territorios y muchos saberes por explorar, culpa de ello, en parte, su pasión reconocida por la interpretación de personajes vulgares. Ha abandonado ambiciosos proyectos cada vez que le ofrecen uno. De ser así, lo vulgar tendría una acepción distinta a la que entendemos por tal. Hace dos días que vi El Abuelo, de Galdós y de J. L. Garci (1888), por enésima vez. Espero verla muchas más veces. Él tiene la cualidad de convertir lo vulgar en inolvidable.

Anunciación Fernández AntónMaría Anunciación Fernández Antón 

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MANUEL ALEIXANDRE: GENIAL MAESTRO DE CEREMONIAS

 
 

  Dos ruedas de prensa he tenido ocasión de presenciar con él como protagonista (multitudinarias ambas, llenas de gente entendida, yo sólo ojos y oídos en un rincón) y en las dos pude ver el absoluto dominio de la situación por parte de este personaje de apariencia tan endeble, pero de una energía tan fuera de toda duda, como es el actor Manuel Alexandre.

 

  Lo que da idea de su extraordinaria salud es oírle afirmar con absoluta claridad desde la atalaya de la edad casi innombrable: "El pasado no existe para mí. Sólo siento el presente y el posible futuro". Condiscípulo de Fernando Fernán Gómez y Rafael Alonso en la Escuela de Arte Dramático de Madrid, reconoce sin embargo que "a veces me da un vuelco la memoria y me vienen de repente los años 50". Parece inevitable tener recuerdos. Pero como norma de vida, el pasado no existe. Otra norma tan sabia como la anterior es que cada vez le importa menos todo.   

 

  La primera vez que lo tuve enfrente fue con motivo del estreno inminente de Atraco a las tres, el ya clásico título de José María Forqué reconvertido al teatro, en el Centro cultural de la Villa (Madrid), hará cosa de un par de años. La segunda fue apenas hace un mes, en noviembre de 2004, con objeto del inminente estreno, aquella tarde misma, de Tres hombres y un destino, en el Reina Victoria, función que desempeña actualmente junto a José Luis López Vázquez y Agustín González.

 

  En ambas, parecía a primera vista que a Manuel Alexandre lo del protagonismo le venía grande, cualquier profano podía pensar que quizás le habían colocado a él de adorno en esa posición de premimencia jerárquica que ocupaba en el centro de la mesa. O en consideración a sus muchos años, o a su impresionante trayectoria artística, pero no porque tuviera que decir él&nb