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MARÍA ISBERT, GRAN CÓMICA DEL CINE
Y EL TEATRO (1917-2011)
María Vicenta Ysbert Soriano, más conocida como María
Isbert, nació en Madrid el 21 de abril de 1917 y murió
en Albacete el 25 de abril de 2011. Hija y madre de actores, murió a los
94 años después de 75 años en la profesión.
Su familia siempre estuvo muy vinculada a la localidad de
Tarazona de La Mancha, allí tienen una finca con sus viñedos y su ermita a
la Virgen de la Soledad, de ahí que ella se encontrara en Albacete cuando
le sobrevino la muerte. La capilla ardiente de María Isbert fue instalada
en el Teatro Circo de Albacete, donde permanecería abierta al público
hasta el momento de ser trasladada al panteón familiar del cementerio de
Tarazona de La Mancha, y por eso, más recientemente, el Circo Price de
Albacete le ha dedicado un homenaje al que asistieron todos sus hijos y
nietos y muchos amigos.
Esta actriz tan prolífica que intervino en 250
largometrajes, tuvo su debut en la obra dramática Nuestra Natacha, de
Alejandro Casona, en 1936, en la que compartía reparto con su padre, Pepe
Isbert. Junto a él trabajó a lo largo de ocho años en su propia compañía
teatral. "En el teatro siempre he sido muy feliz, ahora estoy muy vieja y
lo echo de menos, pero lo revivo otra vez a través de la memoria", eran
sus palabras cuando en 2008 recibió el homenaje de la Academia de Cine, la
placa que la reconocía, a sus 91 años, como
miembro de honor de esta institución.
En esta ocasión, acompañaban a la intérprete,
sus hijos, y amigos como
Manuel Alexandre,
Pepe Sancho, Álvaro de Luna,
Teresa Rabal o Tito Valverde.
Muchas son las instituciones que le ha rendido homenaje
por sus casi ocho décadas de carrera y ha tenido una vida larga en años y
rica en aventura, en hijos y en trabajos de teatro, cine o televisión."A
estas alturas lo único que sé es que la vida funciona como una
tragicomedia maravillosa. Se anda entre susto y susto entre muchas cosas
bonitas". Así era la vida para María Isbert, una de las grandes cómicas de
reparto que ha dado el cine y el teatro español del siglo XX. Y se va sin
celebrar sus bodas de platino con la profesión a la que se entregó durante
tantos años sin perder nunca la ilusión por actuar, qué joven era.
Su padre, el gran actor Pepe Isbert, hizo lo imposible
para que su hija no se dedicara a la revista sino que se preparara para la
vida estudiando una carrera. Aunque, eso sí, en muchas ocasiones la actriz
señaló que todo lo que logró fue gracias a su padre, que le advirtió que
para ser una buena actriz había que prepararse. Pero la guerra impidió su
proyecto y desde el principio no paró de trabajar.
Se casó a comienzos de los años 1950 con el profesor de
húngaro Antonio Spitzer y con él tuvo siete hijos, lo que haría que
abandonase el teatro para dedicarse a su familia. No así el cine, en el
que realizaría trabajos tan reconocidos como Recluta con niño, de
Pedro L. Ramírez (1955); El rey de la carretera (1956),
de Juan Fortuny; Lo que cuesta vivir (1957), de Ricardo Núñez;
Los ángeles del volante (1958), de Ignacio F. Iquino; y El gafe
(1958), de Pedro L. Ramírez, El indulto, de José Luis Sáenz de
Heredia; Un rayo de luz, de Luis Lucía (1960); Viridiana
de, Luis Buñuel (1961), La gran familia, de Fernando Palacios
(1962), El verdugo, de Luis García Berlanga; Un demonio con
ángel, de Miguel Lluch (1963); Más bonita que ninguna, de Luis
César Amadori (1965); o La mujer perdida, de Tulio Demicheli
(1966).
La muerte de su marido en 1968 le hace volver al teatro,
esta vez con la Alfonso Paso ¡Cómo está el servicio! para la
compañía de la actriz Florinda Chico. A esta obra la seguirían otros
éxitos teatrales como Milagro de Londres, Lo mío es de
nacimiento, Los chaqueteros, Un espíritu burlón, El
cianuro solo o con leche y El día que secuestraron a papá.
Igualmente en la pequeña pantalla dejó memorables
interpretaciones, casi siempre de registro cómico, en series como
Escuela de maridos (1963-64), La casa de los Martínez
(1967-1971), al igual que en el exitoso Estudio 1.
A pesar de que su pasión era el teatro, llegó a participar
en más de 300 películas. Su actividad en el cine hizo que estuviera unos
años retirada de los escenarios, aunque en 1968 se reincorporó al teatro
para intervenir en la compañía de Florinda Chico, en la obra de Alfonso
Paso ¡Cómo está el servicio! En 1981 reapareció, una vez más, con
Los chaqueteros, de Antonio D. Olano y un año después, estrenó
Rematadamente locos, de Víctor Valldey bajo la dirección de Eugenio G.
Toledano.
En noviembre de 1986 celebró sus bodas de oro en el teatro
y ya convertida en una actriz de gran presencia en la televisión,
interpretando un papel de cómica en la obra Patatús, dos años
después rodó en Albacete Amanece que no es poco, del director José
Luis Cuerda. Durante 1994 intervino en la grabación de la serie de TVE
Villarriba y Villabajo. Sus últimas apariciones en el cine han sido en
La Gran aventura de Mortadelo y Filemón, bajo la dirección de
Javier Fesser, R2 y el caso del cadáver sin cabeza y Semen, una
historia de amor de Inés París y Daniela Fejerman.
Muchos son los que han aportado testimonios de su forma
de ser en el escenario y fuera de él, con ocasión de los homenajes
recibidos y todos los periódicos importantes le han dedicado sentidas
despedidas:
En teatro trabajó ya octogenaria con el escritor y
humorista José Luis Coll en Cianuro... ¿solo o con leche?, obra de
humor negro de Juan José Alonso Millán, que fue dirigida por el propio
autor. Era una adicta al humor negro. Llegó a afirmar que había heredado
de su padre el gusto por las noticias de sucesos: "Las veo todas, y
mientras lo hago, paso un rato muy amargo. ¡Cómo son las cosas!".
El actor Pepe Viyuela fue uno de los últimos que trabajó
con la actriz, haciendo de hijo suyo en Mortadelo y Filemón, la
versión cinematográfica de los populares personajes de Ibáñez, que dirigió
Javier Fesser. "Aunque Fesser la decía que no se forzara, ella replicaba
que había que intentarlo, por encima de todo", relataba ayer Viyuela.
"Ella preguntaba antes que nada qué había que hacer, lo intentaba y lo
conseguía. Aunque era muy impactante trabajar con una cómica de su talla,
ella te preguntaba, te consultaba, y te hacía sentir importante, nunca
pretendía enseñarte nada y su humildad, y la capacidad de hacerte sentir
actor, era impresionante", sostiene Viyuela.
Andrés Peláez, director del Museo Nacional del Teatro,
trató a María Isbert en profundidad durante la entrega del Premio José
Isbert de Teatro, en Albacete, a Mari Carrillo, gran amiga de la actriz
desparecida: "El diálogo entre las dos actrices era absolutamente
delirante. Como si lo hicieran Mihura y Jardiel Poncela. Es decir, el
absurdo total. Pero si algo me quedó en el recuerdo, de María, era el amor
infinito de una madre con sus hijos y nietos. Y viceversa. No he visto
nunca tan claramente desarrollar en esto el papel de una primerísima
cómica como lo hacía la Isbert", señala Peláez.
Creyente y practicante desde antes de hacer la primera
comunión, Isbert declaró en más de una ocasión que desde muy pequeña
comulgaba diariamente: "Los actores somos muy creyentes, todos tenemos los
camerinos llenos de estampitas y hasta el más ateo se santigua tres veces
antes de salir al escenario", decía. (Testimonios publicados por
Rosana Torres, El País
26/04/2011)
Y éste es el testimonio que aportaba el 25 Abril de 2011
Lluís Fernández en la edición de Valencia de La Razón:
María Isbert fue una de las actrices cómicas más queridas
y respetadas de la profesión. Su inclusión en un reparto era garantía de
éxito popular.
María Isbert pertenece a la vieja estirpe de las geniales
damas del teatro y el cine español, encabezadas por Guadalupe Muñoz
Sampedro, Julia Caba Alba, Isabel Garcés, Mari Carmen Prendes, Rafaela
Aparicio, Aurora Redondo y Mary Santpere. Muchas de ellas figuras
centrales de las sagas de actores que han configurado la escena española
como una gran familia. A falta de grandes intérpretes y galanes
portentosos, España ha proporcionado a la escena patria geniales actores y
actrices de reparto, cuyo físico, no muy agraciado, los empujaron a la
comedia y a protagonizar colectivamente lo mejor y lo peor del cine
español.
«A mí, por ejemplo, me ha merecido la pena no ser guapa
porque había tantos papeles de secundaria que he trabajado en más de 300
películas con mis papeluchos», confesaba María Isbert en una entrevista.
Además, la Isbert era parte fundamental de otra de esas sagas que unen el
ayer del cine español con el presente. Su padre, Pepe Isbert, es sin duda
uno de los mayores actores del cine español y ella una magistral
intérprete y madre del actor Tony Isbert.
Fueron tantos los papeles cómicos que protagonizó María
Isbert en las comedias en blanco y negro de la posguerra, en el cine en
color del desarrollismo y el destape del cine de la Transición que
resulta fácil encasillarla en el papel de chacha o maruja respondona y
metete, de pelo alborotado y ojos abiertos y desafiantes pero siempre con
un aire triste, conmovedor. Una actriz que robaba el protagonista a sus
compañeros de reparto sin apenas notarlo en los pocos minutos que le
dejaban los directores. Cada vez que aparecía la Isbert, la cámara se
detenía, apenas un instante, para celebrar su singular fotogenia y
lamentar las pocas veces que tuvo la oportunidad de demostrar lo gran
actriz que era. Como hizo en el teatro y en películas tan dispares como
«Amanece que no es poco» (1989), «La gran aventura de Mortadelo y Filemón»
(2003) y en el corto «Envejece conmigo» (2005), de Alberto Moreno, en el
que lograba una de sus mejores caracterizaciones en un papel de viejecita
que encara, sin diálogo alguno, la recta final de su vida.
Yo, quien les habla, la conocí personalmente una mañana no
hace muchos en años en el Ministerio de Cultura, un día en que se
presentaba el Festival de Teatro de Málaga. Qué mujer tan espontánea,
natural y acogedora. Trataba a todo el mundo por igual, no se le iban los
ojos detrás de los organizadores, ni de los reporteros del corazón, sino
que estaba agusto rodeada de gente anónima y joven que se reía con sus
ocurrencias y admiraba su forma de expresarse, tan natural y tan cómica,
lo llevaba en la sangre. De repente, ella tenía ojos sobre todo para su
Tony, el actor Tony Isbert, único de sus hijos allí presente, y me dio la
impresión de que ambos estaban muy unidos. Él iba y venía al tiempo que
merodeaba a su alrededor, siempre pendiente de ella, y en un momento dado
vi que ella le cogía la mano y ya no se la soltaba hasta que él,
forcejeando, se ponía de nuevo en marcha. Era un diálogo mudo que había
entre ellos dos y que discurría paralelo al que ella mantenía con todos
nosotros. Luego conocí a otro de sus hijos, empresario de éxito y escritor
en la Costa Azul, en Cannes, José
Spitzer Isbert, uno de
cuyos libros contiene precisamente sus Historias inmortales, glosando la
amistad entre su abuelo Pepe Isbert y Jacinto Benavente. Estas lecturas y
estas amistades me dieron la oportunidad de conocer mejor en lo humano a
esta gran actriz que se nos ha ido, y su gran conexión sentimental con sus
raíces de La Mancha.
Nunci de León

 
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FERNANDO
CONDE, ACTOR
El nombre de su Compañía
Darek Teatro hace honor a su pueblo Daroca (Zaragoza) pues Fernando Conde
lleva muy a gala el ser aragonés y por eso vive en el Centro de Madrid,
como tanta gente de provincias que aquí hemos llegado en busca de mejores
oportunidades.
Me lo encuentro con
frecuencia por el Barrio de la Letras, bien (o muy bien, mejor dicho)
cruzando la Plaza de Santa Ana, bien (maravillosamente bien) leyendo
teatro en el Ateneo de Madrid a petición de uno grupo de amigos, bien
compartiendo tertulia improvisada en la barra de un bar (un bar cualquiera
de los que se abren en cada portal de los de la zona más barera de
España), dando con su porte, y sobre todo con su voz, lustre y carácter a
unos lugares (los bares, el Ateneo) desde los que se accede fácilmente a
los Teatros, ámbito genuino de su trabajo de actor. Allí, entre la gente
que puebla y pulula sin mirar, encuentra él el trampolín necesario y justo
para subir a los escenarios donde se cuece lo irrepetible. Porque Fernando
Conde lleva con su humildad y bonhomía, el Teatro en el cuerpo, y por eso
es fácil saludarlo, no se ofende ni se asusta de que lo reconozcas fuera
de él, tampoco se enorgullece, puedes dirigirle y te contesta el saludo,
con toda naturalidad intercambia contigo un buenos días o lo que
corresponda sin más explicaciones, sin más complicaciones.
Curiosa y ejemplar la
trayectoria de Fernando Conde que ha dedicado las dos últimas décadas de
su vida al Teatro. Lo que no sabe mucha gente es que este actor perteneció
al mítico grupo humorístico Martes y Trece del que se salió en pleno
éxito, como los toreros. Así es como narra él lo que fue esta azarosa
hazaña para el periódico El Mundo en 2009, mientras hacía el personaje de
Shylock en El mercader de Venecia: "Fue como un cuento de hadas. Éramos
tres actores en paro y, con un atrezzo que cabía en una caja de cartón,
ideamos un 'minishow'. Entonces,
la CBS nos hizo un disco
que, aunque no se vendió, nos permitió ir a un programa de Íñigo. En 24
horas, y gracias a un sketch de las trillizas de oro que acompañaban a
Julio Iglesias, nos convertimos en un fenómeno". Éstos fueron los inicios
de Martes y Trece, el exitoso trío humorístico que fundó en 1977 y que,
con "las ideas agotadas" y una gran nostalgia por el Teatro, decidió
abandonar en 1984.
Desde entonces, ha
compaginado las tablas con trabajos para el cine y la televisión, pero el
Teatro -y en especial las obras clásicas- han guiado sus pasos. A la
altura de sus casi 60 años, uno de los mejores intérpretes de la escena
española ha resuelto que no está dispuesto a encarnar personajes que no le
gusten.
CREADOR DE SU
PROPIA COMPAÑÍA
Con el nombre árabe de su
pueblo (Darek - Daroca), bautizó a la compañía que creó junto a su mujer,
después de una amplia experiencia sobre las tablas a las órdenes de
directores como Tamayo, Narros y Alonso de Santos, o de Pilar Miró en la
película El perro del hortelano. Porque en plena madurez, llegado
el momento como decían los antiguos de formar compañía para preparar, con
cierta independencia, los títulos que más le conmueven, tiene en mente
subir a escena un Molière que podría animarse a dirigir.
De este modo, Fernando
Conde produce sus espectáculos y Darek Teatro se estrenó en la producción
con El lindo don Diego, de Moreto, en el Teatro Real Cinema; siguió
adelante con El mercader de Venecia, de William Shakespeare, que se
estrenó hace dos años en el teatro Infanta Isabel tras una larga gira por
ciudades y festivales, y posteriormente, en el momento en que escribo,
representa en el Teatro Lara David & Eduardo, una excelente comedia
de Lionel Goldstein. Al interpretar al despiadado y rencoroso judío
Shylock, un papel muy goloso para cualquier actor en su madurez, Fernando
Conde se convierte en el principal atractivo de un montaje muy fiel a la
tradición y con un respeto exquisito por este texto. Su voz, su gesto, su
entonación y presencia escénica componían una actuación sobresaliente de
Fernando Conde, aplaudidísima por el público que siguió con interés y sin
cansancio un montaje que dura tres horas en adaptación de Rafael Pérez
Sierra con dirección de Denis Rafter. Junto a Fernando Conde, Natalia
Millán y Juan Gea, dos compañeros de armas de gran prestigio en la escena
actual, entre otros.
VERANO DEL
2011. DAVID Y EDUARDO EN EL TEATRO LARA
Precisamente con Juan Gea
interpreta en el Teatro Lara (Madrid) la obra David & Eduardo,
Lionel Goldstein, un canto a la amistad entre hombres "ya maduros" surgida
en las circunstancias menos apropiadas, una pareja extraña que surge de la
maravillosa - espinosa- casualidad de haber compartido el amor por una
misma mujer, de la cual cada uno de ellos descubrió facetas insospechadas
para el otro, lo que habla de lo difícil que es conocer a una persona,
sobre todo si creemos tenerla para nosotros en exclusiva y sin fisuras.
Poner la mano en el fuego, que se diría, por ella, por la imagen que nos
hemos forjado de ella. La aceptación de esta realidad sobrevenida dará
nobleza al poseedor de la verdad absoluta, sobre su matrimonio y sobre él
mismo, todo ello contado con las palabras más certeras y avalado por las
voces y ademanes de estos dos genios de las tablas.
Una pieza preciosa y
extraordinariamente divertida en medio de su profundo contenido filosófico
y moral.
Fernando Conde es,
además, un entusiasta aficionado a la tauromaquia, a la pintura, a las
antigüedades, a la vida vivida con decoro y al refugio que proporciona el
arte. Vive de alquiler, una forma más de no encadenarse.
En su casa del Barrio de
las Letras, atesora muchos recuerdos a los que le une un gran vínculo
sentimental, como la oreja que le brindó Paquirri en la corrida anterior a
la de su cogida mortal en Pozoblanco. El actor aprecia la fiesta en su
condición de tragedia griega y le otorga la categoría de arte efímero,
como el teatro, algo con lo que no puedo menos que estar de acuerdo.
UNA TRAYECTORIA
ÚNICA Y ENVIDIABLE DE COHERENCIA
Para completar su
trayectoria, es emocionante recordar las palabras del periódico El Mundo
en su reportaje ya aludido de 2009: "Su condición de "mal estudiante"
le acercó a Madrid en 1971,
tras ser reclamado por su hermano mayor -auténtico 'pater familias' desde
el fallecimiento de su padre, cuando Fernando contaba 10 años- con la
intención de quitarle "los pajaricos" de la cabeza. En la capital comenzó
a estudiar para, comenta jocoso, opositar a la banca. Como no le fue bien,
inició en una academia de la calle de Montera, sin mucha convicción, la
preparación del acceso a una carrera de tres años, hasta que coincidió con
un profesor "determinante" en su
vida. Se llamaba Antonio Cruz y pensó en
incentivar a los
chavales montando 'La venganza de don Mendo'. Advirtiendo en el joven
verdaderas dotes para la interpretación, le animó a realizar las pruebas
de la Escuela de Arte Dramático. Una vez superadas, un Fernando "vago y
poco madrugador" se transmutó en alumno "aplicado y lleno de ilusión".
Adolfo Marsillach le contrató para la serie de televisión 'Silencio,
estrenamos', lo que le apartó
definitivamente de la escuela. Después llegaría el musical
'Gospel' y a continuación los
tiempos "hermosos" de Martes y Trece. "Pasamos de actuar
en un pub de Guzmán el Bueno, donde nos pagaban 5.000 pesetas por fin de
semana a los tres, a cobrar
150.000 por gala en el 78", recuerda. A finales del 84,
cuando dejó el grupo, su caché había subido a las
900.000. "Tuve tres
pisos en Madrid, entre ellos un ático estupendo en Capitán Haya y un
apartamento precioso en la calle del Prado". El montaje fallido de una
obra de teatro le obligó a vender este último, pero Fernando Conde se
siente, hoy, "cómodo y a gusto" de alquiler. "Mi casa es lo que hay
dentro, no me embarcaría en créditos de por vida", afirma, aunque sí le
gustaría tener una segunda
residencia en Daroca." Pues, siguiendo con los
clásicos, "es de bien nacidos ser agradecidos."
Nunci de León

 
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LA VIDA DE LA VIDAL: MEMORIAS DE UNA VIDA LIGADA AL TEATRO
Ana María Vidal nace en el centro mismo de Madrid, Calle
Esparteros, en 1944, muy cerca de la Puerta del Sol y de la iglesia de
Santa Cruz, lugares ambos muy amados por su memoria. Era de origen humilde
pero su padre era un hombre culto, gran aficionado al teatro, aunque por
desgracia se le murió muy joven. Tras cursar estudios en la Escuela de
Arte Dramático de Madrid, donde ingresó con apenas 9 años, al acabar el
primer curso fue la niña en La rosa tatuada de Tennesee Williams,
con Miguel Narros, y con él se fue de giras por España ese verano. Empero,
su primera experiencia interpretativa de fuste fue en la obra Los años
del Bachillerato (1960), con dirección de José Luis Alonso, director
al que nombra con holgura, obra en la que conoció a la también debutante
Tina Sainz. Eran los años en que las compañías se iban de gira por toda
España, particularmente en época de Ferias, en las que coincidían con los
toros.
También son amados por su memoria directores teatrales como
Modesto Higueras, José Luis Alonso, Miguel Narros, Pedro Osinaga y su
familia, Antonio Guirau, Gustavo Pérez Puig y su mujer Mara Recatero, hay
tantos y tantos amados en sus memorias que prácticamente la escena
española del último medio siglo tiene cabida en ella. Y cabida amada.
Entre los actores, son legión los que compartieron protagonismo y reparto:
Sus queridísimos Tina Sáiz y Pepe Rubio, Fernando Delgado (padre e hijo) y
otra vez Pedro Osinaga (también padre e hijo), Jaime Blanch, su ídolo y
maestro Vicente Parra, Jesús Puente, Alicia Hermida, Lola Herrera, Ester
Bellver...
Por citar sólo un estreno en el María Guerrero, Cerca de
las estrellas de Ricardo López Aranda (1961), el reparto era el
siguiente: Milagros Leal, Antonio Ferrandis, José Bódalo, Lola Cardona,
Enriqueta Carballeira, Fernando Marín, Manuel Galiana, Carlos Villafranca,
Gonzalo Cañas, Alberto Alonso, Sonsoles Benedicto, Luisa Hermosa...
Baste decir que todo el que era alguien en la escena, amén de
todos los teatros en todas las plazas importantes de España (por el verano
hacían con sus giras la misma ruta que los toreros) salen en sus memorias
como protagonistas de las mismas y amados por su corazón: Bilbao, San
Sebastián, Gijón, Vigo, Sevilla, Cádiz. Habría que enumerar a toda España
con todos sus teatros y muchas de sus familias ilustres, dentro y fuera de
la escena, para dar un resumen cumplido de lo que ella ha vivido en su
rica carrera de actriz.
Pero es que en general la actriz Ana María Vidal es una
persona tan amable, tan bella en el más puro y genuino sentido de la
palabra, que raro es el compañero de giras, o director de casting,
o compañero de fatigas en general (no es fácil encontrar pensión barata en
las Ferias veraniegas de España) del que no hable bien. Se llevaba bien
con todo el mundo, tenía compañeros maravillosos de los que era devota y
aprendía a rabiar, idolatraba a su familia y todos se adoraban entre sí y
se apoyaban como leones: Su madre cuidándole a su hijo, bien en casa bien
yéndose de gira todos juntos, sus tatas tan entrañables hasta que se
morían de viejas o se iban para casarse.
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Cuando en su vida hay un pequeño incidente (como cuando su
padre la llevó a que la conocieran los familiares de Jaén), ella lo cuenta
con todo sentimiento. O como cuando le robaron la paga del bolso, dejado
en el camerino durante la función. Eso cuando se anda justito, y los
inicios de Ana María fueron humildes por lo que su paga hacía falta en
casa, sienta muy mal. Sus desgracias familiares son vividas por el lector
como propias y en carne viva, merced a esa empatía que ella transmite: la
muerte de su padre, la enfermedad de su hermano... Son golpes demoledores
que sólo supera con más trabajo y apoyándose mucho en los que la quieren.
Pero la mayor parte de su vida está jalonada de sucesos
extraordinarios, encuentros maravillosos y casualidades salvadoras. Estas
Memorias son, por ello, una bendición, y su lectura deja la sensación de
alguien que ha pasado por los escenarios haciendo amigos, viviendo y
aprendiendo de todo y de todos. Y que sigue en activo, aunque ahora más
calmada, en cine y sobre todo en la televisión.
Su vida privada ha transcurrido paralela al teatro: Eran una
familia, sus relaciones eran estrechas, era la época en que había dos
funciones diarias. Por ello, las dos parejas de las que habla en sus
memorias, las conoció cómo no, en los ámbitos del Teatro: Estuvo casada
con el director, productor y actor Vicente Haro. Su hijo, que aunque
abogado de carrera, se dedica a la promoción de artistas, también se llama
así, y su actual compañero se llama José Manuel Paulino y es regidor,
mientras escribo estas líneas, en el Teatro Español.
Vive en Brunete, pueblo que con su nombre le dedica un
Festival desde hace años, como antes vivió en General Pardiñas, más tarde
en calle Viriato, tuvo el primer piso comprado en el edificio Galaxia de
Moncloa... Todo te lo cuenta con amenidad y sencillez en estas memorias
que acaba de publicar la editorial T&B bajo los auspicios de AISGE en una
colección que bajo el título Memorias de la Escena Española dirige el
actor Juan Jesús Valverde, a quien debo que este ejemplar haya llegado a
mis manos
Entre otras obras, destacan: Ocho mujeres (1961).
El cianuro ¿sólo o con leche? (1963). Nunca es tarde (1964).
Enseñar a un sinvergüenza (1968). Juegos de medianoche (1971).
Sé infiel y no mires con quién (1979). Entre mujeres (1988).
Durante los años en que Gustavo Pérez Puig dirigió el Teatro Español, fue
la protagonista indiscutible de funciones que tuve la suerte de
presenciar: La venganza de Don Mendo (1998). Los habitantes de
la casa deshabitada (1999). Misión al pueblo desierto de Buero
Vallejo, (1999). Don Juan Tenorio (2000), Celos del aire
(2003), Melocotón en almíbar (2005). La decente, de Mihura
(2008).
Televisión.- Fue durante los años sesenta y setenta, una de
las actrices que más se prodigó en los espacios de teatro televisado que
por aquella época emitía Televisión Española. Sus viajes a Prado del Rey
eran diarios y, cuando se terciaba, compaginados con sus dos actuaciones
diarias en los Teatros de Madrid. Su primer contacto con el medio fue un
papel en la obra Matrícula de humor en 1960. Siendo una de las
actrices más fieles al medio televisivo, en los siguientes años los
personajes que interpretó en espacios llamados Estudio 1 o
Novela teatral superaron el centenar.
Ana María Vidal sigue en activo. Y sigue siendo espléndida.
María
Anunciación Fernández Antón

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KITI MANVER
La actriz Kiti Manver nació en Málaga, concretamente en Antequera, hace
57 años. Mujer trabajadora y a la que le gusta ganarse los trabajos por
méritos propios, mujer amable y afable, humilde y que procura estar
siempre de buen humor para facilitarles las cosas a todos los que la
rodean, no ha desdeñado ninguno de los medios en que el oficio de actriz
se hace. Se hace y se nace, porque ella es muy consciente de que éste es
un oficio que hay que ganárselo día a día, como si uno estuviera de
continuo examinándose.
Acabo de verla en el Salón de Cristales del antiguo Ayuntamiento de
Madrid recibiendo el Premio Puerta de Toledo en su XXXI edición y veo que
está de gira por España con la obra de Teatro “Tres”, de Juan Carlos
Rubio, actividad que compagina con la televisión donde protagoniza, en un
formato sitcom, la obra de teatro “Los quien”, junto a Javier
Cámara, Julián López y María Pujalte.
En cine, ha sido premio Goya a la mejor actriz de reparto en 1991 por
“Todo por la pasta”, de Enrique Urbizu, y ha trabajado con grandes
directores en múltiples papeles, desde la comedia hasta el drama.
En Teatro, se ha puesto desde
1969 a las órdenes de los
más grandes directores que en el teatro de España han sido: Pilar Miró,
Miguel Narros, José Tamayo y el citado más arriba Juan Carlos Rubio. Con
ellos ha representado obras inolvidables con títulos como “Hijos de un
dios menor”, “Divinas palabras” , “Ay Carmela” y “Tres”, actualmente de
gira por España.
Para todos sus compañeros tiene siempre palabras de ánimo y aprecio:
“Siempre traía alegría, jamás se quejaba”, dice a propósito de Juanito
Navarro, el actor de comedia fallecido recientemente. Pero Kiti Manver es
además una chica de revista, una actriz de esas todoterreno que lo mismo
canta y baila que actúa, en un género dificilísimo, tan aparentemente
banal, pero en el que hay que ganarse a pulso al público: con las curvas,
la simpatía y la gracia para no quemarse entre tanta lentejuela.
Se emociona la actriz con la música que Ennio Morricone compuso para “La
Luz prodigiosa”, de Miguel Hermoso, película en la que ella es también
protagonista y cuya banda sonora acompaña por un momento las palabras de
agradecimiento de Kiti Manver al recibir el Premio Puerta de Toledo el 24
de enero de este recién estrenado año 2011, que recibe como madrina del
XXXI Festival de Cine español de Carabanchel.
Y después, ¿qué? Después, hala, a trabajar, a contestar una y otra vez a
las mismas preguntas que parece que nadie ha escuchado lo que ha dicho un
momento antes, a dejarse retratar cuantas veces quieran, a ser encantadora
y accesible con todos sin perder la pátina esa tan difícil del glamour que
ella tiene. De cerca resulta todavía más bella y así se explica que no
deje de recibir ofertas de trabajo. Ella misma se encargó de subrayar muy
bien que muchos de sus compañeros, como Manuel Galiana, ausentes de
aquella Gala de Presentación que tenía lugar al mediodía soleado de
Madrid, lo eran por razones de agenda. Pues que siga la buena racha
laboral. Y que no falte
María
Anunciación Fernández Antón

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ASUNCIÓN BALAGUER
Asunción Balaguer nació en Manresa en 1926 y
vive actualmente en Alpedrete, una localidad cercana a Madrid. Es conocida
por el gran público por haber sido la compañera y esposa, madre de sus
hijos, etc. del actor Paco Rabal. Por él dejó el teatro, al que ella se
dedicaba cuando le conoció (él estaba intentando llegar: era electricista
y cuantos oficios se terciaran de camino a lo que sería su gran pasión, el
oficio de actor). Ella lo dejó todo al casarse, para cuidar a los hijos,
acompañar al marido y llevar la casa. Sólo mucho más tarde, muerto ya Paco
Rabal (que había nacido en Águilas y murió en Burdeos en 2001) pudo
Asunción volver a plantearse el hecho de volver a pisar las tablas, cosa
que hizo en 2005 con “Al menos no es Navidad”, de Carles Alberola, en el
Teatro Bellas Artes, tan ligado a sus orígenes.
En sus memorias, escritas bajo el título “Si
yo te contara” por el periodista Agustín Cerezales, cuenta Paco Rabal cómo
conoció a su Asunción: “Era el año 1947 y acababa de ingresar en la
Compañía Lope de Vega, de José Tamayo, que representaba a los clásicos:
Tamayo me fue presentando a todo el mundo, había muchos granadinos (Tamayo
lo era): Carlos Lemos, qué grandísimo actor, Maruchi Fresno y Asunción
Balaguer… Qué hermosa estaba María Asunción. Rebosaba alegría y juventud.
Llevaba puesto un jersey con un cangrejo rojo que no se me olvidará en la
vida. Consideré imprescindible tener un detalle con ella y sabiendo que
era catalana le dije: Oye, sabes el chiste de aquel negro que decía: Quién
fuera blanco aunque fuera catalán.”
“Más tarde me diría que le parecí un botarate.
Buen comienzo.”
Precisamente en estas memorias, cuenta Paco
que sus dos referentes en la vida eran su hermano Damián y Luis Buñuel.
Cuando algo no sabía qué hacer con ello ni qué dirección tomar, bastaba
con que pensara la cara que iban a poner ellos para saber si estaba bien o
mal. Y si estaba mal y lo hacía, no era hombre. Más tarde, su referente
sería cada vez más y más su mujer Asunción, con la que a fuerza de
trabajos, alegrías y dolores, pasó a tener una relación de amistad mucho
más grande que el amor que en un primer momento podían sentir. Ella era en
efecto conocedora de sus debilidades y precisamente apreciaba la grandeza
y la sinceridad de que se las contara.
Con él tuvo dos hijos, Teresa y Benito, ambos
dedicados a la interpretación. Su nieto Liberto Rabal también es actor y
director, recientemente lo hemos visto en la serie “Amar en tiempos
revueltos” en un papel de periodista duro y malo, perverso.
Contaba una vez Asunción Balaguer que su
marido cobraba más derechos por dos cositas hechas en Francia que por
todas las películas de su vida en España. Espero que no fuera ésa la razón
para que María Asunción cogiera de nuevo los trastos de actuar. Desde que
volvió, no ha parado de hacerlo, se ve que el talento seguía latente en
ella. Y no necesita más, dice que para ella eso es como el pitillito de la
risa.
En la primavera del año 2009, Asunción
Balaguer vuelve a los escenarios con "El tiempo es
un sueño", un homenaje a una obra homónima de Lenormand que ella había
interpretado a los 18 años sin comprender nada, dice ella. Sólo que ahora
la protagonista es ella, la obra trata de ella misma, de su vida al lado
del Paco Rabal, sus más de 50 años juntos, lo reído y lo llorado junto a
él y aún después de morir él. La obra, compuesta y dirigida por Rafael
Álvarez el Brujo, a partir de una grabación de 16 horas en que ella se
explaya, es una verdadera terapia para ella, que sólo en presencia de
amigos se podía dar.
Siempre habrá secretos que no cuente, y hará
bien, “en ese momento nos dimos cuenta Damián y yo de la gran persona que
era Asunción”, constata Paco en una frase de sus citadas memorias.
Yo también he hablado alguna vez con Asunción
Balaguer y he visto lo gran persona, humana y naturalísima, que es. Tanto
que a su lado te sientes tranquila y la dejas que hable, ella te trata
como de la familia sin preguntarte nada. La he visto retratada en una
galería de arte de la Costanilla de los Ángeles, algún fotógrafo que se
enamoró de su cara y no me extraña. El domingo 16 de enero de este 2011
recién estrenado ha declarado a un periodista que ahora, por fin, es
completamente feliz y que además se siente con derecho a serlo. Y yo me
alegro.
María
Anunciación Fernández Antón

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PEPE SANCHO: MEMORIAS DE UN
HOMBRE DE ACCIÓN
Media entrada del Teatro Bellas Artes en una
fría mañana de noviembre de 2008. Pepe Sancho presenta sus memorias
tituladas como él mismo, Pepe Sancho. El libro, grueso pero que luego
resultará de una gran amenidad, se edita bajo el sello de Ediciones B. La
media entrada es toda entera de famosos. "Si esto fuera una función, las
he tenido peores", se felicita el protagonista.
Pepe Sancho está pletórico al inicio de la
presentación de su libro en el Teatro Bellas Artes. Este teatro perteneció
a José Tamayo, personaje que lo influyó grandemente al dirigirlo en
Enrique IV, de Pirandello, por eso la obra que estrenará de nuevo el 3 de
diciembre [de 2008] en esta misma sala del Bellas Artes, el Teatro de
Tamayo: Enrique IV de Pirandello. Las celebridades que casi llenan la sala
al final de la presentación (han ido llegando unos tarde, otros medio
tarde, ya a función empezada) son compañeros de rodajes y de montajes,
periodistas y hasta presentadores de telediarios y gentes de la cultura en
general que apoyan al actor, tan ensalzado por la crítica seria como
vapuleado por la prensa del corazón a la que él llama basura y ha mandado
más de una vez "a mamarla". La expresión la repite Raúl del Pozo con
fruición, acompañante en la mesa, recreándose en ella, regocijándose de
que alguien haya tenido las agallas de usarla ante las cámaras.
"He escrito este libro para poder expresarme
con libertad. Trabajando desde los 6 años, creo que tengo suficiente
bagaje para poder decir lo que quiera. Lo que me dé la gana -enfatiza-. No
pretendo que sean unas memorias al uso, sino los episodios de mi vida que
más me apetece mostrar".
No habla Pepe Sancho sobre su vida privada,
no quiere y punto, ni contestará más tarde a preguntas, calificando de
basura a los compañeros que tal esperan, que a tal le incitan con el
manido pretexto de que "tienen que ganarse la vida". "Sois basura", señala
Pepe con su índice de campesino una y otra vez sin entrar a considerar que
sí, que existe esa forma de ganarse la vida hoy en día que los de pueblo
no entendemos: El preguntar por lo que duele, revolver en lo que jode
hasta que el grano (o el callo, o la llaga) reviente. Lo cierto es que
Pepe Sancho en el teatro ha hecho de todo, desde empresario arruinado que
fue del Alfil, tras lo cual tuvo que huir al Paralelo barcelonés acosado
por las deudas, hasta galán joven en un teatro ambulante, y maduro por
España y América (mas varias pérdidas personales dolorosísimas), para
llegar a su consagración definitiva con Memorias de Adriano, de
Marguerite Yourcenar, primero en Mérida luego por toda España (Madrid y
los teatros de la Generalitat) de la mano del director italiano Maurizzio
Scaparro.
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El libro puede leerse como una novela de
aventuras y a ratos como una novela picaresca por donde desfilan los más
curiosos y aguerridos personajes de la Historia de España (el marqués de
Villaverde y las nietas y nietos de Franco, sin ir más lejos) compañeros
que fueron en ocasiones de quien tuvo que ingeniárselas para engañar al
destino y que llegó a robar hasta el pan (o las mantecadas y el vino de
misa a un cura samaritano) para sobrevivir.
De una familia humildísima, veía cómo sus
honrados padres eran incapaces de salir de la miseria. Esto, junto con el
hecho de ver en el cine de su pueblo (Manises, de que es hijo adoptivo)
que Humphrey Bogart tiraba los cigarrillos nada más encenderlos, le llevó
a creer firmemente que quería ser actor porque allí tenía que haber mucho
dinero. Fue así como, siendo aún adolescente, se fugó hasta tres veces de
su pueblo y llegó a acabar en la cárcel porque estas fugas constituían
todo un delito. Aventura tras aventura y las desventuras
entremezclándose, siempre vio la manera de salir del fango y cuando más
metido estaba en él, lo llama Maurizzio Scaparro para hacer de Adriano, "a
Maurizzio le importaban un pito tus andanzas, lo único que le importaba es
que fueras un actor", algo sorprendente en el panorama español al uso, por
lo que se ve. '
Divertidísima lectura y toda una lección de
vida.
María
Anunciación Fernández Antón

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PACO ALGORA
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Uno de mis descubrimientos del FIT 08, amén de la tumba de
Camarón que descubrí en una de mis personales navegaciones por aquellas
mañanas de encerrona en medio de la laguna salada que son Las Marismas de
San Fernando, fue el actor y personaje Paco Algora, que ambas categorías
reúne en sí y por sí mismo, tal vez por lo bien que ha asimilado los
muchos y monumentales papeles que ha desempeñado sobre las tablas o ante
las cámaras a lo largo de su carrera, que para un actor es como decir "su
vida". Por supuesto que lo conocía muy bien del cine (La colmena, de Camus,
Tiovivo, de Garci) y sobre todo del teatro (Romance de Lobos, Luces de
Bohemia) y que había charlado alguna vez con él en Madrid, pero siempre de
pasada, un actor que ahora escribe libros, qué extravagancia, y que los
vende al que se deje, en fin, para salir corriendo. No imaginaba yo el
pedazo de persona ante el que me encontraba. Una persona que, cabreada y
todo hasta la médula, se te hace presente de una manera tan amena y
divertida, que sólo su intensa preparación clásica y sus largas y
obstinadas peleas sobre las tablas pueden lograr. A esta vida se unen una
cara y una voz que se te hacen ya inolvidables.
Unforgetable Paco, el rato que
nos hiciste pasar aquella aburrida mañana del FIT.
Día 18. Amanece con lluvia, pero luego levanta. Tengo la
mañana errante, aquí dentro veo pasar las horas sin salir más que al
centro comercial (claro, he venido a Cádiz a comprar), veo los foros desde
la puerta del salón Bahía 4, así llamado, donde se celebran los eventos
FIT, asomo la jeta pero ni entro: estoy como si acabara de oírlos a todos.
Soy la única que falto en las listas de las
teatrólogas moderadoras de foros,
se ve que no tengo ningún conocido en la
confección de las mismas, lo que me llena de agradecimiento
casi hasta las lágrimas.
Me interesó, y no me decepcionó al final de la mañana, la
lección magistral de Paco Algora. Nos leyó un extracto de sus versos,
versos bruñidos y radiantes que muy pronto verán la luz, y que ahora están
en folios que él alza y abandera, su autor, como un cruzado mágico del
cabreo unamuniano y salmantino: escribir en España es llorar, dicen que
dijo Larra o cualquiera de ellos, con el cabreo muy bien ganado desde su
casi retiro de Jerez.
El libro se titulará, si no le disuado a tiempo,
Romance de locos. Yo, por su
condición de octosilábico y por el contenido, lo titularía así:
Romance de ciegos que, además, son locos,
y va sobre qué (c...)
ha pasado con el teatro en España en las últimas décadas, que es para
llorar, de ahí el título, tan valleinclaniano, que de esto Paco sabe
mucho: los antes perseguidos por el sistema, fundadores de teatros
alternativos y el que tenga oídos para oír que oiga, son los que ahora,
desde sus puestos de poder, desde sus nombramientos de
patacón y tente tieso, excluyen al que se niega a someterse.
Lobos -lobitos- de la corrección política, que han descubierto a última
hora qué es lo que les va, que es el poder: hacer y deshacer a su antojo
manejando sin piedad vidas y haciendas.
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Y lo que les ha vuelto locos es la pasta, de modo que el que
antes era un compañero de fatigas, no te pone en la función que dirige con
dinero público porque "ahora tenemos que ser todos ateos por narices" y no
consiente que tú te empeñes en que se respete un verso del clásico en que
no lo seamos. Narra Paco Algora cómo en Voces de Gesta se corta la
conversión del rey, fundamental en la obra, que Paco recita entera en todo
lo que le falta, y es posible que para siempre: El amor, el dolor, el
arrepentimiento, eso hay que quitarlo todo, fuera, que sólo quede la
"oscura sombra". Negra sombra tienes tú, canalla. "Y el alma, ¡fuera!
Fuera el alma", eso es de beatas y aquí todos somos muy laicos. Lo mismo
se hace con La Gaviota, de Chéjov, donde se elimina toda idea de
sufrimiento asumido como valor para forjarse uno mismo frente a...:
"La vocación, eso es de monjas, y el dolor, la cruz de cada cual... Todo
eso ¡fuera!"
-No se pude hacer esto a costa del contribuyente -brama
Paco, al que no cogieron en el último montaje con dinero público (ya no sé
si del María Guerrero o del Español, que de todos es amigo "que a María
Guerrero la hubieran tratado hoy peor que cuando intentó volver a España")
porque los que tal hacen, y eso es lo más desesperante, son sus colegas de
antes, los antiguos luchadores por la libertad del arte, podridos de
dinero público, y el que correspondía seleccionarlo en la presente
ocasión, se pronunció de esta guisa:
"¡Que no tengo suficiente cara de malo!"
Veo
en Internet que el Festival Internacional de Teatro Contemporáneo
Lazarillo-Manzanares, evento castellano-manchego, ha contado a lo largo de
su andadura, de treinta años largos, con la colaboración y visitas de
personajes tan relevantes dentro de la cultura como Antonio Buero Vallejo,
Francisco Nieva, Javier Tomeo, Nuria Espert, Ana Marzoa, Alfonso Carreño,
Gloria Fuertes, José Sanchis Sinisterra, Helena Pimenta, Juan Diego, Paco
Tous, Fernando Delgado, Francisco Algora, Mario Gas, José Luis Gómez.
Yo
a Paco lo veo al mismo nivel que a Fernando Fernán Gómez, Agustín
González, Paco Rabal, Juan Diego... Pues eso, hombre, tus compañeros de
navegación. Uno de los grandes, Paco.
¡Con esa cara y esa
voz, decir que no tiene cara de malo el hombre! Que venga Dios y lo vea.
Un bendito con cara de truhán es lo que eres, Paco. Gracias por haberme
hecho reír aquella mañana terrible y
fitera.
Nota: FIT 08 es el
Festival Iberoamericano de Teatro (Cádiz) en la edición de este año 2008,
que se celebró entre los días 14 y 25 de octubre.
Ilustraciones: Carteles de
alguna películas en las que ha participado Paco Algora
María
Anunciación Fernández Antón

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QUIQUE CAMOIRAS: UN CHICO DE LA
CRUZ ROJA
Me pareció oportuno titular con "Un chico de
la Cruz Roja" esta semblanza porque Quique Camoiras, el actor que hoy, 18
de abril de 2007, a las 11'30 de la mañana, anuncia en rueda de prensa
celebrada en el Teatro Príncipe de Madrid, su retirada, está muy ligado de
siempre a esta institución y tiene entre sus títulos y distinciones
honoríficas, la Medalla de la Cruz Roja Española, ganada por sus muchos
trabajos en este sentido, colaborando en funciones benéficas en teatros,
en hospitales y allí donde fuera requerido. Un chico de La Cruz Roja, por
tanto, aunque él matiza en seguida, y al quite de la ocurrencia mía, allí
presente en la rueda, que "el que hizo la película fue mi hermano Paco, no
yo. Y menuda suerte tiene el tío, que todavía cobra derechos. Cada año, el
Día de la Cruz Roja, se planta la peluca, se echa a la calle y a cobrar."
O sea, que en la familia son varios los
dedicados al arte de hacer reír.
Esto de la familia es tan sagrado para Quique
Camoiras, que por eso se retira, para poder dispensar a sus nietos las
atenciones que, dice, no pudo dispensar a sus hijos a fuerza de tener que
trabajar para mantenerlos: "Aquello sí eran trabajos. Seis meses fuera de
casa, de tournée, sin ver a los hijos, cada año lo mismo. Cuando ellos
tenían vacaciones, me los llevaba conmigo, pero empezaba el colegio y
vuelta a no verlos, no quiero que me pase lo mismo con los nietos. De mi
nieta, sobre todo, quiero disfrutar viéndola crecer y que ella me vea a
mí."
Además, Quique Camoiras no queda, digamos,
desprovisto al dejar de actuar, como quedaría de ser un jubilado
cualquiera, que es lo que en realidad está deseando ser, pero no puede: Él
es empresario y, como trabajador inquieto que siempre fue, se ha
especializado en compatibilizar oficios varios, por si la suerte se ponía
de espaldas.
"Trabajé en el Teatro Español con Aurora
Bautista (haciendo Calderón de la Barca) y compatibilizándolo con un show
en Pasapoga. No era correcto políticamente hacer esto, hasta que dijeron:
¿Por qué no? En El Español hice también "El avaro", de Molière, con
grandísimo éxito de crítica y público, a dos funciones diarias todos los
días. Todos los días, ¿eh?"
De hecho, la enumeración de sus trabajos y sus
años como actor asombra: "Estuve 12 años seguidos en el Teatro de La
Latina, temporadas de 8 y 10 meses; luego 9 más en el Cómico (ahora un
supermercado, en Delicias) cuenta el que todavía hoy rebosa vitalidad."
Y ya puestos a recordar: ¿Quién no recuerda al renombrado DON ARMANDO
GRESCA? Pues era Quique Camoiras.
Así que, para trabajos, mejor hablar de los de
antes: "Es que ahora -se explica Quique Camoiras- yo me quedo "asombrao".
Que empiezas a las 8 y a las 10 y media ya estás en tu casa, si me dicen a
mí que esto iba a llegar, cuando lo de librar un día costó sangre y
lágrimas a algunos... Hicimos una plantada para conseguir un día libre,
uno a la semana, siguiendo con las dos funciones diarias, y muchos no la
apoyaron porque decían que eso era imposible, si es que yo durante años no
paré ni un día. Así que ahora me parece que esto es como estar de
vacaciones. Dos funciones diarias hacía yo, más ensayos, y encima a las 8
de la mañana, ¡a trabajar a mi oficina del Ministerio!, que yo he sido
funcionario toda mi vida, compatibilizándolo, claro está, con lo de
actor."
Es evidente que este hombre es una mina.
¿Cuándo dormía? Y todo por la familia. Sí. Para que no tuvieran que pasar
las penalidades que él pasó.
Pero el público para un cómico es lo primero,
y por eso Quique Camoiras se despide con una obra que haga reír de una
manera inolvidable: Y ESTE HIJO... ¿DE QUIÉN ES?, de Adrián Ortega, porque
dice: "Quiero que me recuerden como actor y sobre un escenario. Mi último
homenaje lo quiero sobre las tablas".
En la mesa que preside para anunciar su
despedida, lo rodean los compañeros de reparto, uno de ellos es Vicky
Lusson, hija de su eterno compañero de tantas escenas cómicas Alfonso
Lusson. Se llena de nostalgias hablando de los años sobre las tablas y de
los actores y directores que había entonces: Lina Morgan entre los
primeros, Muñoz Román y Colsada entre los segundos:
-No he visto hombre más activo y polifacético
en toda mi vida-, dice uno de sus acompañantes en la mesa, Alberto Agudín.
-Porque no conociste a Muñoz Román -contesta
rápido Quique Camoiras-. Aquello ya eran eran directores. Ni a Colsada,
que tuvo 13 compañías a la vez y que abarcaba todos los géneros. 13
compañías, se dice bien y pronto, cuando los Paso tenían, el que más, 3.
¡Pero es que 13! Se dice pronto, no ha habido igual. A ése tampoco se le
ha hecho justicia, mira. Ni a Muñoz Román. Que ése sí que era ensayar, que
había noches que nos daban las 4 ensayando, porque ése era de los que como
dijera que la botella tenía que estar aquí, y medio llena, pongo por caso,
que no se la tocara nadie. Y quien dice la botella, lo que fuera. Él lo
quería todo perfecto, y en lo que no lo lograba, no nos dejaba descansar.
Así llegaba yo al Ministerio, roto, y me dormía en el guardarropa, una
cabezadita encima de las chaquetas. Se llevaba entonces chaqueta, para no
desgastar los codos de la de uno, la buena, y cada cual tenía la suya. Así
que llegaban, ya les oía yo decir en sueños: "Ya me han cogido la
chaqueta". Y yo, sin decir ni mu, planchando la oreja en las chaquetitas
hasta que llegaba el jefe de negociado.
-Él es igual de perfeccionista que Muñoz Román
-sentencia otro de los actores que van a acompañarlo en la obra, José Luis
Gago. Nos reímos y él, entusiasmado a la vez que preocupado, sigue:
-Y quiero pediros perdón por eso. Soy
demasiado exigente. (Todos protestan y con razón, cuando es de agradecer
el que te corrijan, sobre todo si lo hace un maestro). Para un actor,
actuar no es trabajo, es vocación. A mí no me gusta hablar de trabajo. Yo
subo al escenario a pasarlo yo bien y a hacerlo pasar bien. Si no, para
otra cosa no salgo.
Sobre las motivaciones de la obra que ha
elegido para su despedida de los ruedos (perdón, de las tablas), dice:
-Escogí esta obra porque me gustó al
considerarla afín a mi temperamento artístico. Ahora bien, yo la he
adaptado de tal manera que, si el autor levantara la cabeza, no la
reconocería.
VAMOS CON LOS DATOS MÁS CONOCIDOS DE LA
BIOGRAFÍA DE ESTE GENIO, QUE ES LA DE DE LA REVISTA Y LOS ESPECTÁCULOS DE
VARIEDADES DE NUESTRO SIGLO XX
Nace Quique Camoiras en Madrid, de una familia
modesta (tal vez ahí le venga esa afición al trabajo, inagotable) y desde
pequeño destaca por sus actitudes para las artes. Con su hermano forma
pareja de lo que se llamaba por entonces "clownws musicales": Hacían de
bomberos toreros, por ejemplo, en las plazas de toros y en el circo. Creo
que así comenzó también alguna de las grandes figuras del toreo, como
Espartaco, haciendo de payaso torero por las plazas, actuando en un show
burlesco siendo aún niño, lo que más tarde le permitiría tener su
oportunidad en los ruedos (Digo esto aquí por si nunca tengo oportunidad
de decirlo en un periódico taurino, y por que los lectores se hagan una
idea de cómo debía de ser un show de éstos).
Aprende a bailar claqué, también hace la
carrera de piano... Y sin dejar de trabajar con su hermano Paco, pasa a
llamarse "El gran Quiqui" en el tiempo glorioso de los espectáculos de
Variedades. Compatibiliza su trabajo con el de funcionario hasta que un
día da el gran paso: dedicarse en cuerpo y alma a hacer reír al público.
En los años 50 el espectáculo era la Revista.
Ahí trabajó como galán cómico aprovechando su juventud y su gracia para
"pasar la batería". Muñoz Román, empresario de leyenda de la Revista, le
hizo triunfar en el Teatro Martín.
En 1955 conoce a Adrián Ortega padre y
comienza a trabajar con él en la revista "Mujeres odiosas", donde también
trabajaba Lina Morgan. El invento se prolongó 3 años y a esa revista
siguió otra, hasta que el maestro Cabrera, gran autor, compositor y
empresario, le ofreció ser el primer actor de su Compañía de Revistas.
Poco después apareció en su vida Matías Colsada, el más importante
empresario de revistas del siglo XX. Con él estuvo como primer actor y
director casi 14 años, siendo el titular del Teatro La Latina 12 años
consecutivos.
En el año 80 pasó a trabajar en el género que
más le gustaba, la Comedia. Antes de fundar su propia compañía Comedias
Cómicas, trabajó en el Español, como queda dicho más arriba.
En el 82 debuta en el Teatro Cómico, hoy
desaparecido, y en él estuvo, excepto 18 meses en el Teatro Fuencarral,
hasta 1991: Don Armando Gresca, Ponte el bigote, Manolo, El tonto es un
sabio, Qué solo me dejas... son títulos representativos que todavía
resuenan como éxitos.
Todo esto, que hoy puede parecer un milagro,
no evitó que también hiciera una treintena de películas: La corte del
faraón (Concha de plata en San Sebastián), Tú estás loco, Briones,
Juana
la Loca de vez en cuando.
En salas de fiestas, como el desaparecido Lido,
o Pasapoga, compatibilizó su trabajo con el teatro. Montones de programas
de televisión. Series para la primera como La Revista; o Los Poyatos, para
tele 5. En total, más 40 revistas, 12 comedias, giras por toda España.
Calcula que más de 10 millones de personas lo han visto.
María
Anunciación Fernández Antón

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PILAR MIRÓ: NADIE ME ENSEÑÓ A VIVIR
No era una actriz, aunque alguna vez se puso
ante las cámaras, sino una directora de cine y de teatro, aunque en éste
pocas veces obtuviera el éxito anhelado. Ironías del destino, su mayor
éxito teatral fue una película y su mayor éxito cinematográfico, la
filmación de una boda. Pero el personaje interesa por muchas otras
vertientes (políticas, laborales, afectivas) y ya en sí mismo es una obra
dramática que lleva el sello de toda una época (la España de la transición
democrática), y ello no sólo en cuanto al cine y al teatro se refiere sino
también en cuanto toca a la televisión, que entonces empezaba, y en todo
lo referente a la vida misma, en su diario discurrir, de alguien que
intentaba abrirse camino con los dientes. Por eso tiene sentido sacarla en
esta sección donde llamamos ¡A ESCENA! a los más grandes que por ella han
pasado.
La vida de Pilar Miró que ha escrito Diego
Galán (Nadie me enseñó a vivir, Plaza y Janés) es un verdadero
thriller. Así se lee y así debió de ser, tanto en el arte y en el
trabajo como en el amor y en la amistad, no es de extrañar que su corazón
estallara en múltiples ocasiones antes de pararse definitivamente agotado.
Siempre necesitaba empezar algo nuevo, nunca estaba satisfecha con una
sola cosa entre las manos: Si lo anterior había sido un fracaso, para
olvidarlo; y si por el contrario había sido un éxito, para no dormirse en
los laureles y aprovechar el tirón. Y no hacía esto por ambición, es que
ella necesitaba proponerse nuevos retos a cada paso como en una
apasionante y apasionada huida hacia adelante.
En el amor era lo mismo: Nadie que despertara
en ella una chispa dejaba que pasara de largo y pocos, muy pocos, se le
resistieron. Siempre necesitaba amor y por otra parte, no podía detenerse
en nada ni en nadie, se quejaba de la cobardía de los hombres que,
amándola, no se decidían, pero lo cierto es que ella era muy exigente en
lo personal y en lo laboral, tenía que mantener vivo y activo su débil y
quebradizo corazón. Que no se le ocurriera detenerse, pues siempre había
amigos y enemigos a los que atender con amor o con odio, con gratitud o
con venganza.
¡Qué mujer esta que llegó a ser llamada John
Ford con faldas! Para ella todo era una película o una obra de teatro,
valga como ejemplo el episodio de la cena con Gabo (García Márquez)
durante la cual, temiendo Pilar que se aburriera, obligó al resto de los
comensales a rotar a su lado sin que él entendiera a qué se debía aquel
baile de cubiertos que nunca se detenía más de 10 minutos.
De niña, era tan mala como Ana Torrent en
Cría cuervos, de Antonio Saura, a quien también admiró y con quien
polemizó, así como con Marsillach, por poner un ejemplo teatral de gente
que se admira y se ama pero que por incompatibilidad de caracteres, no
pueden seguir trabajando juntos. ¿Verdad que es todo muy teatral? Pues así
era en carne viva (nunca mejor, ya que se la jugaba en cada lance) según
el libro que tengo entre manos y que no me canso de releer, qué pena no
haberla conocido en persona.
La muerte, sin embargo, la sorprendió a solas,
en su propia casa, en un descansillo de la escalera que en aquel momento
descendía, y aunque había gente en casa (su hijo Gonzalo trató de
reanimarla por todos los medios cuando la encontró caída), ya no volvió en
sí. Tenía 59 años y había dirigido decenas de películas, documentales,
teatro... Y había sido, en fin, directora general de Cinematografía y
directora del ente público de RTVE, cargos que había aceptado por
compromiso político con los chicos del PSOE y que le trajeron más
disgustos que cualquier obra dramática, no sabía en qué se metía la muy
ingenua. O la muy vanidosa, depende.
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Las relaciones de Pilar Miró con el teatro
fueron también de todo menos tranquilas: A instancias de José Antonio
Campos, dirigió ópera para el Teatro de la Zarzuela (Carmen, a
quien ella dio un vuelco con un nuevo giro escenográfico, pero que se
estrenó con gran estruendo de fracaso, después del escándalo de El
Crimen de Cuenca que todavía coleaba pues le había valido un juicio
ante un tribunal militar, con innovaciones que el público conservador de
los abonos no le perdonó, por lo que fue insultada con verdadera crueldad
la misma noche del estreno y aún después), comedia (sobre todo las de Lope
de Vega, que le parecían un prodigio de actualidad: El anzuelo de
Fenisa, por ejemplo, que representaba, de hecho, su ideal de mujer que
ella era incapaz de incorporar en su vida práctica: la mujer que vende
humo a los hombres y se queda con todo lo que ellos tienen dejándolos
desplumados y burlados) y, sobre todas ellas, llamaba su atención La
verdad sospechosa, de Ruiz de Alarcón, que dirigió por la época en que
ella misma no era creída por los jueces por más que dijera la verdad sobre
la compra de trapos. De ahí que le cautivara la frase desesperada de Don
García en la obra de Alarcón: "¿Es posible que diciendo la verdad nadie me
crea?"; también dirigió Estudio 1 (Como las secas cañas del
camino, de Martín Recuerda, muy polémica por unas frases que ofendían
a los de Murcia), la ópera Sigfredo en Estalingrado, que no
triunfó, y la que triunfaba en Nueva York y Londres, Hijos de un dios
menor, de Mrak Medoff, que tampoco obtuvo el éxito que las
expectativas levantaban y que ella esperaba con tanta fuerza. Se trataba
de un texto difícil en que un profesor (Emilio Gutiérrez Caba) se empeñaba
en hacer hablar a una sordomuda. El propio actor abandonó el proyecto ante
las dificultades de todo tipo y por la inflexibilidad de la directora
quien, no obstante, no dudó en llamarlo más tarde para otros papeles.
Por todo lo cual, irónicamente, hacia el final
de su vida comentaba: "Es extraño que mi mayor éxito teatral sea una
película y que mi mejor película sea el reportaje de una boda real." Se
refería a El perro del hortelano, de Lope de Vega, que arrasó en
las taquillas con Carmelo Gómez y Enma Suárez, y a la boda de la Infanta
Elena. Después vendría la de la infanta Cristina, en Barcelona, otro éxito
para cuya dirección fue elegida por el mismo Rey, a quien había conocido
en la Facultad de Derecho y cuyos discursos de fin de año también había
dirigido de modo exigente, algo con lo que el monarca estaba encantado.
Curiosamente, su primer trabajo en TVE lo consiguió gracias a una
influencia de Blas Piñar, todo es curioso y divertidísimo en un libro que
no tiene desperdicio y que como digo, se lee como un thriller.
Efectivamente por solicitud del Rey Juan Carlos, había dirigido las
transmisiones de las bodas de sus dos hijas, una desde Sevilla y otra
desde Barcelona, y en ambas ocasiones fue felicitada por ello. En ambas,
el éxito obtenido fue mundial, pues las vieron más de 900 millones de
personas en cada ocasión.
Pero nadie que la haya visto olvidará nunca
El crimen de Cuenca, ni Gary Cooper, que estás en los
cielos, por ejemplo. Y en esto sí logró, en verdad, su sueño. Porque ella lo único
que quería en realidad "era ser la chica que va a la grupa del caballo de Gary Cooper". Un Gary Cooper defensor y salvador que ella encontró en la
figura de sus abogados.
En resumen, que después de ver todas las
contradicciones del personaje, uno se queda admirado de la mujer tan
enorme y tan auténticamente genial que fue. Y siente el orgullo de poder
escribir algo sobre ella, aunque sean sólo unas líneas como éstas.
María
Anunciación Fernández Antón

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JOSÉ SACRISTÁN: EL ÚLTIMO CÓMICO DE LA LEGUA
Hablo ahora de él porque para mí, dramatúrgicamente hablando, José Sacristán, con su actuación en
Almacenados, significa la joya del otoño 2005 en Madrid, a pesar del
inmenso esfuerzo que me supone abarcar toda su obra cuando lo acabo de
tener tan cerca. Cuando estoy todavía bajo su influjo:
José Sacristán nació en Chinchón (Madrid) e
inició su carrera teatral en 1962. Pertenece por su oficio a una estirpe
de cómicos ya casi extinguida y de la que tal vez sea el último
representante. Uno de los últimos podemos decir. Nombres ilustres de la
escena española como Pepe Isbert, Juan Antonio Riquelme,
Fernando Morán, y el mismo Fernando Fernán Gómez, fueron sus maestros en
el arte de representar. De la misma manera que Manuel Aleixandre, Agustín
González y Adolfo Marsillach fueron, además de maestros, sus compañeros
de oficio, como él reconoce.
Tan consolidada es su carrera artística que se
puede afirmar de José Sacristán que sus papeles estelares, allí donde roza
la perfección, son aquellos en que se representa a sí mismo. Tal sucede en
la última obra de teatro que podemos disfrutar en estos días
(1),
Almacenados, de David Desola, en el Teatro Fígaro, donde el
personaje que representa Sacristán no es otro que él mismo, salvadas,
claro está, las diferentes circunstancias profesionales y vitales, pero en
todo lo demás, clavados: los mismos gruñidos (malhumorados o tiernos), la
misma actitud corporal (cabreada e indefensa a la vez), y me pregunto
cuánto le habrá costado a Sacristán conseguir esa maravillosa naturalidad,
que tan fácil nos parece, de representarse a sí mismo.
Recuerda con especial pasión, ahora que vuelve
al Fígaro, cómo en el año 1972 hubo de trasladarse aquí desde el Teatro Benavente para
seguir con el éxito de Balada de los tres inocentes, de Pedro Mario
Herrero, que se vio desbordado más allá de las previsiones de la empresa y
por eso hubo de buscar otra sala.
Poco después de iniciar su carrera teatral,
arrancaría también la cinematográfica, en 1965, y demás se ha dirigido a
sí mismo y a otros en varias películas, con lo que también es director.
Sus inicios en el cine lo fueron en la comedia
de género, que tenía fuerte demanda por aquel entonces en el mercado
español (se hacían 200 películas al año), gracias en parte a unos
productores heroicos que se lanzaban a la piscina sin miedo -y hasta sin
agua-, sin subvenciones y con la censura apuntando cual espada de
Damocles.
Pero el miedo agudiza el ingenio y de ahí que
un género que satirizaba los usos y costumbres españoles, amén de poner en
solfa los mitos consagrados como el del macho ibérico, daba cabida al
ansiado destape y se nutría del turismo nórdico, la libertad sexual y
otras "asignaturas pendientes".
Género que más tarde caería, ya con
la modernidad conquistada y todas las asignaturas
aprobadas, en el desprestigio y que hoy se rescata del olvido gracias a
las televisiones con programas como "Cine de barrio", en la primera cadena,
al que pronto seguirían otros en los nuevos canales. Y a un público que,
libre de complejos, se ha dado cuenta de los valores de aquellos trabajos
enormes y de aquellas gentes pioneras.
De aquella época recuerda Sacristán con
especial cariño a Alfredo Landa, actor al que también se había unido
indisolublemente a una vis cómica y que dio sus frutos como talento
dramático cuando tuvo ocasión. Y a José Sazatornil, compañero además de
teatro. Y a tantos otros, pues su filmografía no tiene fin como veremos
más abajo.
Sin embargo, allá en sus orígenes más
remotos, antes de empezar a ser conocido por el gran público, en la vida
de Sacristán está el teatro. Sólo que, como ocurre con tantos actores,
sean de la generación que sean, la contratación impone sus reglas y muy
tempranamente se decanta por el cine y la televisión, si bien, cuando
vuelven a pisar las tablas, lo hace con ganas.
En el caso de José Sacristán, y escribo estas
líneas bajo el influjo de las palabras que acabo de oírle con motivo de la
rueda de prensa para presentar "Almacenados", mejor oírle a él:
-Es un
gusto -dijo- poder elegir después de 40 años de ganarse el pan (y algo más
para untar con el pan), poder elegir, digo, lo que uno quiere, para
dedicarse por completo a una obra sólo por el placer de hacer lo que te
gusta. Y es una gozada, cuando todos se quejan del síndrome postvacacional,
que yo no sé lo que es, tener un oficio en que estás deseando volver al
trabajo. Porque para nosotros la verdadera tragedia postvacacional es no
trabajar".
Parece evidente que lo de actuar ante un
público es un lujo que a veces se compagina con otros trabajos y que
sólo en el caso de unos pocos privilegiados se puede hacer con dedicación
exclusiva.
A Sacristán lo hemos visto recientemente (20
años no es nada) en Las guerras de nuestros antepasados, de Delibes,
estrenada en 1990 en el Teatro Bellas Artes. Más tarde vimos a Manuel
Galiana en el mismo papel, también magistral (qué suerte ha tenido esta
obra con los intérpretes), porque Sacristán había dejado el listón muy
alto y era dificilísimo no pensar en él a cada paso viendo a Primitivo
Pérez o como se llame el loco aquel inolvidable. También tocó y
profundizó el mundo tétrico de Strindberg en Danza macabra, sin desdeñar
autores españoles totalmente distintos como Arniches (Anacleto se
divorcia ó ¡Que viene mi marido!), en el teatro La Latina de Madrid.
Cuando se puso a cantar, que también tiene la
carrera de canto, hizo un Caballero Don Quijote extraordinario con su voz
de barítono en el musical El hombre de La Mancha, junto a Paloma San
Basilio. Fue por entonces cuando la Gran Vía empezó a parecer Broadway,
por la fiebre de los musicales que iniciaron ellos y luego siguieron otros
para aprovechar el tirón que sigue hasta hoy. También probó su voz en un
montaje sobre Mozart, Amadeus, que cosechó un gran éxito.
A mí me gustó Sacristán sobre todas las cosas
cuando hizo Flor de otoño, de José María Rodríguez Méndez, para el
cine, papel que bordó como nadie y que ahora que la obra se ha vuelto a
hacer en teatro, se vuelve inolvidable en su papel, pesa y gravita sobre
la función, pero me divertí muchísimo con Yo me bajo en la próxima, ¿y
usted?, de Marsillach, al lado de Concha Velasco como partenaire. Ésta
también en cine, pero después se la he visto hacer a otros en las tablas y
para mí no hay parangón.
Haciendo de argentino Sacristán está de
escacharrarse, y eso hizo que por entonces yo le perdonara la cara de
acelga, y de antipático en una palabra, que a mí se me hacía que tenía
para todo lo que no fuera él mismo. Hasta el otro día.
Que el ego lo tiene, nadie lo duda, narices,
¡que es un actor!, pero justo por eso son una gozada las ruedas de prensa
con él, porque es un tío que habla de sí mismo y sólo de sí mismo, como
debe ser. De lo que le concierne y punto. Serio y como medio cabreao,
sin eufemismos ni rodeos (mucho menos con repeticiones), que es como
hablan los hombres. Cada palabra suya pesa un kilate y no hay vuelta
atrás. ¿A qué repetir?
En cuanto a sus incuestionables méritos como
actor y director de cine, podemos afirmar que se consagró gracias al éxito
de Vida conyugal sana (R. Bodegas, 1973) y se convirtió en uno de
los actores más importantes de su generación, interviniendo en películas
como Asignatura pendiente (José Luis Garci, 1976), la ya citada
Un hombre llamado Flor de Otoño (Pedro Olea, 1977), Solos en la
madrugada (José Luis Garci, 1977), Operación Ogro (G.
Pontecorvo, 1979), La colmena (Mario Camus, 1982), Epílogo
(Gonzalo Suárez, 1984), La noche más hermosa (Manuel Gutiérrez
Aragón, 1984), La vaquilla (Luis García Berlanga, 1985), El
vuelo de la paloma (José Luis García Sánchez, 1988), Un lugar en el
mundo (Adolfo Aristarain, 1992), El pájaro de la felicidad
(Pilar Miró, 1993), Madregilda (F. Regueiro, 1993), Adán y Eva
(J. Leitao, 1995) y Pasiones rotas (N. Hamm, 1998).
En cuanto a la televisión, ha intervenido en
las series ¿Quién da la vez? (1995) y Éste es mi barrio
(1996). Ha dirigido e interpretado Soldados de
plomo (1983), Cara de acelga (1987) y Yo me bajo en la
próxima, ¿y usted? (1992), ya comentada.
(1) Para situar lo que se cita
como actualidad se debe tener en cuenta la fecha de redacción de este
trabajo: octubre de 2005
María
Anunciación Fernández Antón

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LUIS CUENCA Actor multidisciplinar
Luis Cuenca, actor de revista,
teatro y uno de los grandes intérpretes de reparto del cine
español, murió en una clínica madrileña el 21 de enero de 2004 a
los 82 años. Había nacido el 6 de diciembre de 1921. La causa:
insuficiencia pulmonar.
Uno recuerda, en efecto, su voz
como una de sus principales características. También su gesto,
versátil y chaplinesco, con esa seriedad dramática que se ve en
los ojos de los niños, también en los ojos de los supervivientes
que se ríen, lo primero, hasta de sí mismos.
Poco antes de su muerte tuve el
honor de encontrármelo en la SGAE (Sociedad General de
Autores y
Editores) con ocasión de unos premios (creo que "José María Forqué") al cine español, y estaba guapísimo entonces en la sala
aquella del cisne que se expande, hecho un galán, por lo que me
asombró su muerte a los pocos meses.
Recuerdo su bigote negrísimo y su
extrema delgadez en aquella ocasión (siempre había sido delgado
pero entonces más), su elegancia de estrella de larga
trayectoria sólo recientemente al alcance del gran público
gracias al cine y, sobre todo, gracias a la televisión.
Parecía que tenía por delante toda una vida, por
el empaque, el saber hacer y el entusiasmo que ponía en todo,
aunque seguramente "él ya sabía lo suyo". Mayor mérito, como
también queda dicho de Alberto Closas en estas mismas páginas.
Antes había sido, durante muchos
años (40 me dicen los que le conocieron bien ¡y con compañía
propia!) la estrella indiscutible del Paralelo barcelonés,
entorno en el que reinó desde el Teatro Apolo ("Ven al Paralelo"
se titulaba el espectáculo de variedades) con un género
tan genuinamente español y que tantas glorias dio a la escena
patria como la Revista, al lado de otros indiscutibles como
Pedro Peña y Tania Doris.
Muchos años después se recreará
este espectáculo para la televisión, como homenaje a aquellos
actores pioneros, de la mano de Sara Montiel. Hay grandes
nombres de hoy que, aunque jóvenes, le deben su fama y sus
inicios en el género a Ven al Paralelo.
A Luis Cuenca lo veríamos también
en La Latina, por fin en Madrid, con el espectáculo de
variedades titulado "La blanca doble", de la mano de Tony
Leblanc.
Tuvo dos hijos, uno que se mueve
por todo el mundo como pianista, y otro veterinario, que vive en
Alcorcón. Tal vez por esta circunstancia, últimamente se le
viera más a menudo en Madrid que en Barcelona, ciudad en la que
pasó más de media vida y sobre todo, ciudad en la que se hizo
como artista de variedades. Y como artista total, que luego
veremos.
Había nacido Luis Cuenca García en
Navalmoral de la Mata (Cáceres) el 6 de diciembre de 1921 en una
familia de actores, por lo cual su vinculación con el teatro
ha sido desde el mismo día de su nacimiento. Su debut, como
corresponde, ocurrió por casualidad en el momento en que se
necesitó un niño en el escenario, ya que sus padres, la actriz
Carmen García Carrasco y el actor Eduardo Cuenca, formaban parte
de una compañía de teatro con la que recorrían todo el Estado
Español, la compañía Carrasco, propiedad de sus abuelos.
Hijo y nieto de cómicos,
desde pequeño hizo Luis Cuenca absolutamente de todo sobre un
escenario con la mayor naturalidad: Bailar claqué, interpretar
comedia, drama, revista... Al comentar esta su circunstancia
personal que lo hizo ser actor desde niño, dice el propio Luis
Cuenca: "Yo no tenía vocación, yo tenía ganas". Como Gades, como
tantos otros que mamaron el arte, la vocación, o el pensar en
ella, les vendría más tarde. Entonces no se pensaba, no había
tiempo.
Por eso, como la cosa más natural
del mundo después de ese aprendizaje, entrará a trabajar, ya en
la década de los 50, como actor de la empresa de Matías Colsada,
a la que estará ligado durante 40 años, convirtiéndose en la
estrella indiscutible del Paralelo barcelonés como ya quedó
dicho.
En el cine, debutó como extra en la película Eugenia de Montijo
(1944), de José López Rubio. Ya durante sus años de esplendor en
los escenarios, Cuenca interviene en películas como la comedia
musical Quiéreme con música, y Las travesuras de Morucha, ambas
dirigidas por Ignacio F. Iquino; después vendría ¿Pena de
Muerte?, de José María Forn; Toto de Arabia y Perras callejeras,
bajo las órdenes de José Antonio de la Loma; Las Alegres Chicas
de Colsada, film que sirve de homenaje a la revista popular
española durante sus años dorados, dirigida por Rafael Gil y con
guión de Fernando Vizcaíno Casas.
En los últimos años, Cuenca es reclamado de nuevo para
participar en películas como Suspiros de España (y Portugal), de
José Luis García Sánchez; Cachito, de Enrique Urbizu; Grandes
Ocasiones, de Felipe Vega; las taquilleras Airbag y
Torrente, el
brazo tonto de la Ley, de Juanma Bajo Ulloa y Santiago Segura,
respectivamente; y La hora de los valientes, de Antonio Mercero.
Más recientemente ha actuado en Soldados de Salamina, de David
Trueba; Mátame mucho, de Angel Bohollo, y en Vivancos 3, de Albert Sauger. En los dos últimos años, ha trabajado también en
El furgón, de Benito Rabal; Dos tipos duros, de Juan Martínez
Moreno; iBuen viaje, excelencia!, de Albert Boadella.
En la televisión, ha trabajado en series como Farmacia de
Guardia, Ketty no para, Ellas son así, así como en la miniserie
Camino de Santiago, una coproducción internacional dirigida por Robert Young.
Premios: En 1997 gana el Goya al Mejor Actor de Reparto por su
trabajo en La buena vida, ópera prima de David Trueba, con quien
trabajará en Obra maestra (2000). Con este último trabajo
consigue una nominación a los premios de la Academia de las
Artes y las Ciencias Cinematográficas de España.
En el 2001 obtiene el Premio de la Unión de Actores en
el apartado de Mejor Actor de Reparto por su trabajo en Cuéntame
cómo pasó, donde interpretaba a Federico.
Luis Cuenca estaba satisfecho, tanto de su vida como de su
trayectoria artística: "Mi vida ha sido una cuestión de suerte;
siempre me he encontrado con la persona oportuna en el momento
oportuno. En el teatro con Colsada, en el cine con David Trueba
y en la tele con Mercero". |
Nota: Esta
biografía de Luis Cuenca es deudora de la web Teatralnet, además de las
aportaciones de su sobrino Eduardo García.
María
Anunciación Fernández Antón

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La Bardem. Nada menos que toda una
autobiografía
La Bardem. Memorias. Plaza y Janés, abril 2005. 22 euros.
Desconfío de entrada de los muy famosos. Pienso, casi siempre con
razón, que todo ello puede deberse a una operación de marketing. Tampoco
soy propensa a reírles las gracias ni a formar parte de su comparsa de
admiradores porque ya son demasiados los que se dedican a eso. Por ello
tardé en decidirme a leer este libro de memorias que se titula "Bardem",
en letras muy grandes, y que lleva delante un "La" pequeñito, tan
escondido que apenas se ve: La Bardem.
Como
Noticias
Teatrales es una publicación que va dirigida a los 5
continentes, tengo que aclarar que el apellido Bardem da título a toda
una raza de famosos actores españoles, cada vez más famosos y más
grandes puesto que su fama se extiende gracias al más pequeño de ellos a
todo el mundo globalizado, y que preside ahora mismo la matriarca,
Pilar, autora del libro y persona de quien toman apellido sus hijos, de
los cuales el coautor, Carlos, es el primero en edad. De todo esto me he
enterado muy bien al leer el libro, que me he leído entero, repito, a
pesar de su gordura, ¡y que no lo presto!
Porque todos mis recelos contra el famoseo se disiparon en cuanto le
hinqué el diente a este libro gordo, voluminoso, abriéndolo al azar "por
mital medio", que es como mejor se sujeta un libro entre las sábanas,
una noche de insomnio e inmediatamente vi que estaba muy bien escrito,
con un estilo fluido y potente, ausente por completo de repeticiones,
pero por encima de todo divertidísimo. Tanto que me dormí riéndome a
carcajadas esa primera noche, lo que me hizo mucho bien. Después
vendrían otras en que casi me hizo llorar y tendría que cerrarlo para no
acabar haciéndolo, pero no muchas más noches ya que acabó ocupándome
también los días desbancando así a todas mis otras devociones lectoras.
Hay en él retratos, como el de Umbral, eficaces con sólo dos pinceladas
definidoras de un carácter; el de Espartaco Santoni; el de Nieva, de
quien tiene recuerdos entrañables y por el que guarda una admiración sin
fisuras desde que la dirigió en La carroza de plomo candente y
gracias al cual conoció al Nóbel Vicente Aleixandre, el poeta; de Jaime
Salom, "extraordinario oculista que invierte todo lo que gana en
estrenar sus obras de teatro"; de Adolfo Marsillach, quien la dirigió en
Las Arrecogías del Beaterio de Santa María Egipciaca, de José
Martín Recuerda, y en Silencio se rueda, para la TV de Pilar
Miró; de Fernando Fernán Gómez, un genio de hombre, un verdadero
extraterrestre que, además de dirigirla en la serie El Pícaro,
para TV, descubrió como actor a Javierito, un niño a la sazón; de su
hermano Juan, difícil y controvertida la relación entre hermanos; de
Alfonso Lusón, Zori y Santos, que le dieron trabajo en sus cafés
teatros; el de todos los compañeros de profesión con los que compartió
rodaje o escenario, vivencias y roces múltiples: Helga Liné, Teresa Vico,
Laly Soldevilla, Juanjo Menéndez, Lola Flores, Tina Sáinz, Julia
Trujillo, Rosa Valenty, María Luisa Ponte, Fernando Delgado, Charo
López, Damián y Paco Rabal, Asunción Balaguer, Analía Gadé, María
Asquerino, Concha Velasco, Paco Marsó, Marieta Dúrcal, Juan Diego, Jesús
Puente, Agustín González... De sus amores, siempre azarosos y contados
de manera mágica, con actores que también son hoy devociones mías y que
salen reforzados al verlos en este libro.
Repasa así la actriz sus experiencias en cine y en teatro, en la
televisión y en la pasarela, famosa o no, solvente o suplicante,
compartiendo y compatibilizando hasta cuatro trabajos a la vez, sin
tiempo para dormir y siempre a verlas venir en cuanto a los dineros. De
la lucha sindical, a la que ningún agobio la hizo renunciar. Y cómo no,
los avatares de toda su familia, niños, padres, marido y criadas,
heroicas algunas de éstas, como las de Galdós, que no sólo eran capaces
de no cobrar sino que aportaban el fruto de otros trabajos al escaso
peculio familiar porque consideraban a aquélla su verdadera familia.
Todo está contado con una gran naturalidad, pero no se engañen, nada de
desaliños del lenguaje ni faltas ni pecas que requieran comprensión para
pasar adelante sino muy bien pensado todo y muy en limpio. Es como si
Pilar Bardem recordara para sí misma y su hijo Carlos fuera mero
transcriptor y eliminador de muletillas del habla, por la falta de
concesiones al lagrimeo y una especie de distanciamiento que impide el
regodearse, ni con lo bueno ni con lo malo. No sé cuál fue la división
de tareas, pero hay una conjunción extraordinaria entre los dos y está
escrito a la manera de una novela picaresca, en que los acontecimientos
más serios, incluso los más dramáticos, se revisten de un humor cáustico
y tremendista, pero sin una sola concesión a la frivolidad ni un solo
guiño al lector, cuya complicidad se supone que se pide desde estas
páginas de memorias. Es el libro de alguien que se lo pasa muy bien
contando y que, salvo rarísimos segundos, no generaliza ni sermonea.
Uno de los encantos del libro es que se detiene precisamente en los
detalles ínfimos, aquellos que los clásicos llamaron primores de lo
vulgar, y lo hace de una forma magistral, hablando sólo lo necesario y
dándonos sin embargo todo un fresco de situaciones que a la manera
galdosiana, sitúan ante nosotros la ya lejana postguerra y las gentes
que la poblaron, ya sea en Madrid, Las Palmas, o en cualesquiera otras
ciudades españolas. Es divertidísimo el viaje en tren, a la edad de 18
años, al encuentro de su novio, donde fue casi violada por uno de sus
guardianes custodios.
Con emoción creciente leí sobre la muerte de su madre, tan inesperada y
viniendo de tan lejos, como un mazazo surrealista cuando era la del
padre, más mayor, la que se anunciaba. La muerte del primer Javier, la
de la primera Pilar, la lucha contra la miseria y la enfermedad, el
encuentro con las buenas gentes (siempre aparece algún ángel protector,
lo que justifica un cierto providencialismo en el relato aun viniendo de
alguien que no se confiesa creyente). Emocionante, emocionante y
emocionante. Emocionante y muy divertido. Apasionante es la palabra que
mejor lo define y si no, no estaría yo aquí hablando de él.
Sorprende en las fotos ver siempre a esta mujer rodeada sólo de sus
hijos, a cualquier edad, y de sus hijos y de su nieto a edad más
avanzada. Es como una foto de las que se hubiera recortado una figura,
falta algo y ese algo llama la atención, porque por muy modernos que
seamos, la cosa es llamativa. Cuenta, en efecto, Pilar, cómo se casó
enamorada y jovencísima y cómo se fue desmoronando todo en torno al
amor, asfixiándolo, al tener que hacer ella frente, casi en solitario, a
las responsabilidades del hogar y la crianza de los hijos. Sin embargo
lo cuenta desde las consecuencias en la vida cotidiana de todos ellos de
aquel comportamiento, nunca juzga al padre ante los hijos. Llegó un
momento en que odiaba los libros porque todo el dinero se iba en ellos,
cuando en casa faltaba lo más elemental, y así el encanto de los
irresponsables contrasta con el drama que originan en torno. La falta de
dinero hace que el otro se vuelva villano y práctico, lo cual es injusto
para todos, los niños lo primero, al estar escindidos en el amor.
Por eso pienso que tal vez la causa de este libro sea también el
explicar a sus hijos el porqué de esa ausencia en las fotos, para que
entiendan que no fue ella la causante de la misma.
Tiene razones para ser una gran actriz Pilar Bardem, puesto que
ha vivido mucho y así lo confiesa. Y sobre todas las cosas, es muy de
agradecer ese grito valiente e irrenunciable, sean cuales sean las
circunstancias y los peligros a que se expone, ese grito de "¡Delante de
mí no se humilla a ningún ser humano!", algo que viene muy a cuento en
esta sociedad tan cobarde, cada vez más, que tenemos.
María
Anunciación Fernández Antón

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CONCHA VELASCO: EL CARISMA INCANSABLE DE UNA
CHICA YÉ-YÉ
"Una señorita de Valladolid" ó "La chica yé-yé" son epítetos
(bellísimos) que corresponden en exclusiva a una sola persona y todos
sabemos quién es sin necesidad de mencionarlo: la actriz Concha
Velasco. Como ocurre con todos los grandes personajes de la
Historia con mayúsculas, ella ha hecho que palabras como éstas, tan
ausentes de solemnidad por otra parte y que multitud de personas
podrían apropiarse y atribuirse con toda lógica, porque en sí y por sí
abarcan a multitud de seres, le pertenezcan por derecho a ella y sólo
a ella hasta el punto de definirla por antonomasia. Y eso, repito,
sólo ocurre con los grandes.
Ella es por antonomasia, gracias a una película definitoria de lo que
ella fue, aquella joven en quien todos pensamos cuando oímos decir
"una señorita de Valladolid" y ella es también, sin duda, "La chica yé-yé",
por una canción tan afortunada que después se hizo película y que
todos finalmente cantamos. Ha sido la musa y compañera de actuaciones
del Dúo Dinámico y ha compartido pantalla y escenario con los más
grandes del cine y del teatro español, además de ser la partenaire
indiscutible, en decenas de películas, del inefable Manolo Escobar. Lo
ha sido finalmente durante mucho tiempo para varias generaciones de
españoles y de hispanohablantes, pues la fama le viene de muy lejos y
ahora, con la misma presencia menuda y ligera, que sin embargo llena
por completo el escenario por grande que sea, Concha Velasco es, aquí
y ahora, una escuela viviente de actores. Porque nunca le falta
trabajo, al contrario, y por ello, porque se sabe querida y
necesaria, nunca envejece.
Una figura de fama mundial (véase el Diccionario Mundial de Actores)
que cuando ve una tarima (escenario) se vuelve loca y no para hasta
subirse a él (es su medio natural). Pero también una gran maestra que
aprende a diario y que se pone como un flan cada vez que tiene que
subirse a un escenario, por la responsabilidad, de ahí la gran
humildad y la gran humanidad que destella. Tal pude comprobar, hace
tan sólo unas breves fechas, nada menos que en el Salón de Tapices el
Ayuntamiento de Madrid, yo no me muevo por menos. Paso a contarlo:
La tuve muy cerca el pasado viernes, 28 de enero de 2005, cuando en
el Salón de Cristales del Ayuntamiento de Madrid, actuó como madrina
de la XXVI Semana de Cine Español de Carabanchel, que allí se
presentaba. La habían elegido a ella y ella había vuelto a Madrid de
su gira por España con la obra que ahora representa, junto a Nati
Mistral, la obra de Gala Inés Desabrochada.

Ya me resulta familiar el evento desde que en el mismo día y lugar
conocí de cerca, pero el pasado año, al actor Agustín González, que
oficiaba de padrino en aquella ocasión. Y entre la tristeza por el
gran actor que nos acababa de abandonar y al que todos teníamos en el
recuerdo y la necesidad de mirar hacia el futuro, todos estábamos un
poco cariacontecidos y sobrecogidos. Casi nos parecía una traición
empezar sin él una ceremonia en que se iba a hablar de cine español.
Yo con más motivo, puesto que a raíz de conocerlo, inicié la sección
de semblanzas de Noticias Teatrales titulada ¡A ESCENA! Mi gratitud
hacia él considero que es, por tanto, doble o triple que la del todo
el resto de la humanidad.
Nos consolaban en el trance los ojos de Concha Velasco, que tenían un
brillo de profundo sentimiento y a la vez de ánimo, porque Agustín
González era uno de sus compañeros y amigos, pero la vida sigue. No
hay más remedio. Estaba muy elegante Concha Velasco, de rubia y con
abrigo a juego, negro y con pinceladas naranja, la chica yé-yé. Para
colmo, se anunció allí mismo que el Cine España va a ser demolido en
breve, con el propósito (al menos hay promesa, parece ser) de levantar
en el solar un gran Centro de las Artes para el barrio de Carabanchel.
Tuvo Concha, cuando le llegó el turno, una intervención absolutamente
natural en que contempló a pie firme, con todos los allí presentes, un
vídeo resumen de toda su carrera y a continuación, cuando por fin hizo
uso de la palabra, dijo unas cuantas palabras verdaderas: "Qué va a
ser del Cine Español cuando desaparez ca
el cine España (de Carabanchel), que está a punto de ser demolido en
cuantito que termine esta XXVI Semana. ¿Será el viaje a ninguna
parte?" Luego mencionó a multitud de compañeros que le habían ayudado
en su carrera, dio las gracias a todos con sentidísimas palabras y
posteriormente departió con todos hasta el final, pues para aliviar
tanta tristeza, se sirvió una copa. El crítico Andrés Arconada, gran
amigo de Concha Velasco, le leyó una carta cariñosísima que llevaba
escrita (ya lo hizo el año pasado con Agustín González) en que destacó
la huella dejada en todos con sus trabajos como actriz de teatro, de
cine y de televisión, pero sobre todo resaltó su generosidad personal.
Así, dijo Andrés, por poner un ejemplo de lo último, cómo agradecía a
Nati Mistral el haberla puesto en cartel en la primera obra que
hicieron juntas, siendo Concha entonces una casi
desconocida, poniéndola ella a su vez en primer plano y cediéndole con
ello tal puesto, en Inés desabrochada, obra de Antonio Gala con la que
ambas recorren y han recorrido toda España. La obra ya lleva su
rodaje, pues se estrenó en Santander en 2003 antes de llegar a Madrid
en 2.004, y después de triunfar en el Teatro La Latina, siguen de
gira.
El autor Antonio Gala ha declarado escribir sus papeles de mujer
madura pensando únicamente en ella, su Concha, y así lo hizo en Las
manzanas del viernes (Teatro Fígaro, Madrid, 1977) y Más allá del
jardín, película basada en la novela homónima de este autor que
protagonizó Concha Velasco (c. 2000).
A Concha Velasco tuve la suerte de verla de cerca mucho antes por
primera vez, aunque siempre sobre el escenario, varias veces en El
Teatro Alcázar cuando representaba La rosa tatuada (1997), de
Tennessee Williams, y su voz desgarrada respondía al drama de la mujer
abandonada por el marido que era su papel en aquella ocasión. Sus
gestos eran los de una heroína trágica, hasta el punto de que los
entendidos no pudieron evitar compararla con Ana Magnani, que también
había hecho el papel en su día. Raro es poner la televisión y que no
salga ella en cualquiera de los canales, pero sobre todo, y ya que de
televisión hablamos, es inolvidable su interpretación de Teresa de
Jesús, cuya voz y gestos serán para siempre los de Concha Velasco,
pues su trabajo constituyó una verdadera recreación del personaje. En
las tablas, se consagró con el éxito de Filomena Maturano (1979) y
continuó con una serie de títulos entre los que destaca Yo me bajo en
la próxima, ¿y usted?, de Adolfo Marsillach, junto a José Sacristán
(1981), hasta el punto de convertir esta obra en un pequeño clásico
que no deja de reponerse en televisión.
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En sus comienzos por los años 50, fue
bailarina antes que actriz, y hasta artista flamenca con Manolo
Caracol, por lo que fue titular del ballet de La Coruña y por fin aterrizó en la
Revista de la mano de Celia Gámez. Era por entonces la Revista un
género de enorme prestigio y en él descollaron artistas que se
consagraron en él, como Esperanza Roy. De su largo e imparable caminar
dan fe los innumerables premios que van desde el otorgado por el
Festival Internacional de Valladolid en 1985 hasta el Puente de
Toledo, que acaba de recibir ayer mismo (6 de febrero de 2005)
otorgado por la XXVI Semana de Cine Español de Carabanchel.
Géneros, se puede decir que los ha cultivado todos. La comedia fue
durante décadas su género favorito, aunque con la madurez, ha
demostrado su enorme carisma para hacer papeles dramáticos. Como digo,
múltiples veces cerca en el escenario, nunca como hasta ahora en carne
mortal. Y como dice Umbral, Concha gana con la cercanía, cuando se la
ve sólo como mujer. Lo cual me parece un triunfo después de haber
triunfado tanto en todos los escenarios.
María
Anunciación Fernández Antón

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FERNANDO FERNÁN GÓMEZ: EL GENIO INABARCABLE E
INCOMPRENDIDO

Hablar
de Fernando Fernán Gómez obliga por fuerza a ser caótico a la
vez que selectivo, pues pretender abarcar su inmensa filmografía al
mismo tiempo que sus muchos trabajos teatrales y su obra literaria
de diverso tipo, nos llevaría a llenar cientos de folios que, por
otra parte, ya han sido escritos. Voy a ser por tanto muy personal y
a ceñirme a los aspectos que más curiosidad pueden suscitar:
Nació Fernando Fernán Gómez en Lima (Perú) en plena gira teatral de
sus padres, actores españoles, por Iberoamérica. Tal vez sea esa la
causa de que este españolísimo actor y director, genio y figura de
fama mundial, se queje de que, mientras su infancia transcurrió de
la manera más natural entre escenas de amor, al llegar a la edad
adulta, vio cómo tales escenas se le prohibían. Sea como fuere,
Fernando Fernán Gómez se licenció en Filosofía y Letras por la
Universidad Complutense de Madrid y ya nunca renunció a esta
formación, prueba de ello su ingreso en la Real Academia Española en
el año 2.000 con un discurso de ingreso titulado La aventura de la
palabra.
Actor de rápido y duradero triunfo, director a su vez de reconocido
prestigio, a su faceta de guionista se deben también algunas de las
versiones de los clásicos españoles para la escena, como las
tituladas El pícaro o Defensa de Sancho Panza, que otros actores han
encarnado para la posteridad sobre las tablas.
Pero su genialidad abarca también la pura creación literaria, y de
ahí triunfos tan sonados como la obra teatral titulada Las
bicicletas son para el verano, representada incesantemente hasta el
día de hoy, o guiones de películas que llevan el sello indeleble de
su personalidad y de su nombre, como El viaje a ninguna parte
(1986), una de las muchas protagonizadas y dirigidas por él mismo, o
Styco (1984) de cuyo guión y argumento es autor, además de
protagonista.

Es también columnista habitual del diario ABC, a la misma o
parecida altura de Julián Marías o Francisco Nieva, y hasta llegó a
finalista del Planeta con la novela El mal menor. De 2.001 data la
publicación de otra novela titulada De capa y espada, sobre la
muerte (y la vida) misteriosa y apasionante del conde de
Villamediana, y todavía en 2.004, acaba de publicar la obra teatral
El tiempo de los trenes, ambas en Espasa Calpe, editorial que tiene
en depósito la mayor parte de sus obras publicadas hasta el momento,
tanto en teatro (colección Austral) como narrativa y ensayo.
Esto que para nosotros es un mundo, al referirnos a tan diversos
géneros literarios, lo resuelve él de la manera más sencilla:
"Empiezo a escribir y a medida que avanzo, veo si va a ir mejor para
guión o para novela".
Pero el libro más completo sobre Fernando Fernán Gómez es el que,
sobre su persona y su obra, compuso el crítico Enrique Brasó con
intención de abarcarlas completas y que, publicado también bajo el
sello de la citada editorial en el año 2002, contiene una serie de
entrevistas dedicadas a glosar de manera casi exhaustiva, su
inabarcable figura. Este libro, titulado Conversaciones con Fernando
Fernán Gómez, contiene un repaso completo de la labor de Fernando
Fernán Gómez en cine, teatro y televisión, así como una
biobibliografía de lo más completa de todo lo escrito sobre él hasta
esa fecha.
Cuenta en él Fernando Fernán Gómez, cómo, por ejemplo, cuando
conoció a Jardiel Poncela, era ya jardielista empedernido, pues
había leído sus cinco novelas (entre ellas, Amor se escribe sin h ó
Espérame en Siberia, vida mía) que lo habían apasionado. Jardiel era
por entonces el autor de la casa en el Teatro de la Comedia, donde
Fernán Gómez actuaba en Los ladrones somos gente honrada y era por
entonces un autor de proyección internacional, dado que trabajó de
manera fija en las versiones españolas de las películas que se
hacían en Hollywood. Y fue precisamente actuando en dicho Teatro de
la Comedia, como Fernando Fernán Gómez conoció a José Luis Sáenz de
Heredia, quien se lo llevaría al cine mediante una tentadora oferta:
la película Raza. Era el año 1941, en la más inmediata postguerra.
A partir de ahí, la nómina de títulos cinematográficos de Fernando
Fernán Gómez pasa de doscientos, y en algunos ha sido a la vez
director y actor, tan larga la nómina de uno como de otro.
Su faceta de director se inicia con Manicomio (1953) y en una
carrera fulgurante, dirige títulos ya clásicos de aquella etapa en
blanco y negro, tales como El extraño viaje (1964) o Ninette y un
señor de Murcia (1965), donde además es uno de los actores, amén de
guionista.
En 1974 dirige y escribe para televisión la serie en seis capítulos
El pícaro, basada en textos de autores clásicos del barroco español,
como Cervantes, Quevedo, Mateo Alemán, Vicente Espinel y el anónimo
autor de El Lazarillo. Mi hija Hildegart llegaría a las pantallas
en 1977 y El viaje a ninguna parte y Mambrú se fue a la guerra
verían la luz ambas en el año 1986. En 1981 es la voz de Don Quijote
de la Mancha en la serie televisiva de dibujos animados del mismo
nombre.
Se vuelca de nuevo en la picaresca que tanto le apasiona con Lázaro
de Tormes, en el 2000, obra con la que este mismo año obtiene de la
Academia de Cinematografía el Goya al mejor guión adaptado. A sus
órdenes, El Brujo y Agustín González, entre otros. En 1993
protagoniza la serie Los ladrones van a la oficina, para la
televisión, gracias a la cual Manuel Alexandre confiesa haber
podido, por fin empezar a ahorrar..
Actor a su vez en casi doscientas películas, en alguna de las cuales
se ha dirigido a sí mismo, como las citadas El extraño viaje, o
Ninette y un señor de Murcia, o La venganza de don Mendo (1961), no
ha abandonado nunca el teatro: Ya hemos hablado de Las bicicletas
son para el verano y de El Tiempo de los trenes, dos de sus obras de
creación literaria específicamente teatral. En 1992 creó para el
teatro una obra sobre el tema que nunca deja de apasionarle, la
picaresca. Es así como compone El pícaro: Aventuras y desventuras de
Lucas Maraña, estrenada ese mismo año en el Teatro Cervantes de
Alcalá de Henares. En 2002 escribe para las tablas Defensa de Sancho
Panza, un monólogo estrenado ese mismo verano en el Festival
Internacional de Almagro, y finalmente traído a Madrid, al Teatro
Infanta Isabel, siempre representado por el actor albaceteño Juan
Manuel Cifuentes, con un éxito impresionante. Tanto, que la
representación se prolongó en dicho teatro madrileño durante varios
meses más de lo previsto.
Es, como no podía ser de otro modo, gran recitador de textos
poéticos, entre ellos los de Bertolt Brecht.
Y todavía hoy, mientras escribo estas líneas, pone la voz en off en
el Teatro Reina Victoria, a la obra Tres hombres y un destino, que
llevan a cabo sus colegas de tantas producciones José Luis López
Vázquez, Manuel Alexandre y Agustín González.
Sin embargo es un genio insatisfecho, algo que debe ser inherente a
su condición de tal, lo que hace de él un ser doblemente atractivo,
rodeado, salvo excepciones de personas incondicionales, de la más
absoluta incomprensión.
Con ocasión del estreno de La lengua de las mariposas (1988) en la
que hace de maestro rural en la Galicia de postguerra, confesaría a
Raúl del Pozo: "Cuando era joven, por luchar contra la timidez, ya
era antipático. Siempre lo he sido". Ha protagonizado incluso algún
escandalillo por mor de su carácter, lo que hace que yo lo admire
más aún. Además, cualquier cosa que haga o diga este genio, tiene
una repercusión enorme. Tanto mejor para los que no tenemos la
oportunidad de hacernos oír.
En cuanto a los premios, tampoco es mala cosecha: Estrenó los Goya,
en 1987, llevándose nada menos que cuatro galardones. Efectivamente,
como que hubieran estado esperándole, para él fueron, seguidos uno
detrás de otro, el Goya al mejor director, a la mejor película y al
mejor guión por El viaje a ninguna parte; y el Goya al mejor actor
por Mambrú se fue a la guerra.
En 1978 fue Premio Lope de Vega, que se concede cada año a la
escritura dramática, por Las bicicletas son para el verano, obra
genial que inmortalizara el actor Agustín González en el Teatro
Español y que marcaría toda una época al retratar con mano indeleble
la postguerra española en lo que Unamuno llamaría su intrahistoria.
Posteriormente Las bicicletas son para el verano no ha dejado de
reponerse y fue llevada al cine con gran éxito por Jaime Chavarri en
1983.
Fue Premio Nacional de Teatro en 1984 y, ya hemos dicho que llegó a
ser finalista del Premio Planeta, en 1987, con El mal menor. En 1995
fue Príncipe de Asturias de las Artes y en 1999, Premio Donostia del
Festival de Cine de San Sebastián.
"Los premios hacia la misma persona, por ser tantos, se desvalorizan
unos a otros", dice él mismo para curarse en salud. Tal vez para
compensar, hace más de treinta años que ostenta el Premio Limón,
otorgado por la prensa. Ya hemos hablado más arriba de lo que él
piensa sobre el mal carácter que injustamente se le achaca: es pura
timidez.
Sin embargo, lo más grande le falta aún por hacer y reconoce que le
quedan muchos territorios y muchos saberes por explorar, culpa de
ello, en parte, su pasión reconocida por la interpretación de
personajes vulgares. Ha abandonado ambiciosos proyectos cada vez que
le ofrecen uno. De ser así, lo vulgar tendría una acepción distinta
a la que entendemos por tal. Hace dos días que vi El Abuelo, de
Galdós y de J. L. Garci (1888), por enésima vez. Espero verla muchas
más veces. Él tiene la cualidad de convertir lo vulgar en
inolvidable.
María
Anunciación Fernández Antón

 
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MANUEL ALEIXANDRE: GENIAL MAESTRO DE
CEREMONIAS
Dos ruedas de prensa he tenido ocasión de presenciar con él como
protagonista (multitudinarias ambas, llenas de gente entendida, yo
sólo ojos y oídos en un rincón) y en las dos pude ver el absoluto
dominio de la situación por parte de este personaje de apariencia tan
endeble, pero de una energía tan fuera de toda duda, como es el actor
Manuel Alexandre.
Lo que da idea de su extraordinaria salud es oírle afirmar con
absoluta claridad desde la atalaya de la edad casi innombrable: "El
pasado no existe para mí. Sólo siento el presente y el posible
futuro". Condiscípulo de Fernando Fernán Gómez y Rafael Alonso en la
Escuela de Arte Dramático de Madrid, reconoce sin embargo que "a veces
me da un vuelco la memoria y me vienen de repente los años 50". Parece
inevitable tener recuerdos. Pero como norma de vida, el pasado no
existe. Otra norma tan sabia como la anterior es que cada vez le
importa menos todo.
La primera vez que lo tuve enfrente fue con motivo del estreno
inminente de Atraco a las tres, el ya clásico título de José María
Forqué reconvertido al teatro, en el Centro cultural de la Villa
(Madrid), hará cosa de un par de años. La segunda fue apenas hace un
mes, en noviembre de 2004, con objeto del inminente estreno, aquella
tarde misma, de Tres hombres y un destino, en el Reina Victoria,
función que desempeña actualmente junto a José Luis López Vázquez y
Agustín González.
En ambas, parecía a primera vista que a Manuel Alexandre lo del
protagonismo le venía grande, cualquier profano podía pensar que
quizás le habían colocado a él de adorno en esa posición de
premimencia jerárquica que ocupaba en el centro de la mesa. O en
consideración a sus muchos años, o a su impresionante trayectoria
artística, pero no porque tuviera que decir él gran cosa allí, sólo
representar.
Todo esto se disipó en cuanto empezó a hablar y todos comprendimos que
le reservaban a él ese sitio fijo precisamente para que resolviera.
Que los del equipo confiaban plenamente en su capacidad resolutiva
para todo tipo de cuestiones, ya que como dice él mismo: "Yo ya no me
pongo nervioso con nada porque en el fondo me importa todo un pito,
¡verdad?". Afirma y pregunta a la vez, todos le ríen la gracia, que
cada cual piense, y por eso lo habían puesto en el medio.
Manuel Alexandre era, en efecto, el centro de la reunión en ambas
ruedas y, sin pretenderlo, el objetivo de la mayoría de las preguntas.
Con su voz nada estridente, más bien bajita, muy delgada pero
perfectamente audible, muy bien timbrada, haciendo gala de una
naturalidad en apariencia carente del menor esfuerzo, respondía con
mucha calma a las preguntas, todas banales y repetitivas por otra
parte, que indefectiblemente iban dirigidas a él.
Y al final se cabreó. Las dos veces. ¡No se iba a cabrear si las
preguntas iban todas en este plan!: ¿Cómo se siente al interpretar de
nuevo este papel? ¿Por qué piensa que se acordaron de usted al
elegirlo? ¿Para cuándo la próxima actuación al lado de Menganito? ¿Qué
pensó cuando le concedieron tal premio? ¿Y de la crisis del teatro,
qué piensa un veterano como usted? Hasta que él, con la actitud de
aquel a quien cada vez le importa menos todo, se lanzó: "Vamos a ver,
ustedes y perdónenme, pero es que ya estoy harto: Resulta que los
periodistas españoles tienen ustedes fama de ser los más sagaces y de
hacer unas preguntas muy interesantes porque son grandes
entrevistadores. ¿Cómo es entonces, y créanme que me gustaría saberlo,
que en las ruedas de prensa ustedes preguntan siempre lo mismo sin
sustancia? (Con un hilo de voz y sonrisa de niño:) ¿Están esperando a
que me levante? Llevamos aquí media hora y nadie pregunta nada
interesante... Interesante para ustedes (Risas del auditorio),
oigan. ¿Qué pasa, que están esperando que acabemos para cogerme a
solas y preguntarme ya de verdad y de una vez lo que quieren saber de
la obra? Si ya lo he oído yo, que ustedes no preguntan nada en público
para que no se lo roben (Risas de los periodistas y de la empresa) y
por eso lo guardan para sacar cada uno la entrevista con las preguntas
que tiene preparadas y que ahora me harán en cuanto acabemos de hablar
aquí todos. ¿Verdad? Pues ya me las pueden ir haciendo ahora, que
después me voy".
Y mientras argumenta de esta manera poderosa y sin posible marcha
atrás ni propósito de la enmienda, parece que la voz se le va a
quebrar en cualquier momento, ya que no ha dejado de sonreír como
pidiendo disculpas. Pero qué va, está tan tranquilo como antes de
empezar. Ahora, lo de irse lo cumple, genio y figura. La última vez,
en la sede del productor Cornejo (Tres hombres y un destino), lo viví
escasamente a cinco milímetros: Trío de jóvenes micro en mano y cámara
en ristre, cuaderno de notas también, que se le acercan no bien
acabada la reunión, después de la diatriba que acaba de lanzar: "No,
no, ni hablar. Han tenido ustedes todo el tiempo del mundo para
preguntarme, no me vengan ahora a avasallarme, por favor". Y lo hizo.
Y no hubo más.

Veamos ahora ese curriculum tan maravilloso, que empieza 1945, cuando
debuta en los escenarios. Ya antes, con el estallido de la Guerra
Civil, había abandonado la carrera de periodista para lanzarse al TEU
(Teatro Español Universitario). Se inicia en la compañía de Társila
Criado y Jesús Tordesillas, que representaba en el Reina Victoria
"Cuando las Cortes de Cádiz", luego pasó a la compañía del Eslava y
más tarde a la del Español. Con "Las de Caín", llevada en gira por
toda España con Tina Gascó y Fernando Granada, se decantó
definitivamente hacia lo cómico. Desde entonces, ha participado como
actor en las más importantes obras de humor teatrales de los últimos
treinta años, también en televisión: La petición de mano, de Chéjov,
La venganza de don Mendo, de Muñoz Seca, esta última para el famoso
programa de teatro Estudio 1. Más tarde Luces de bohemia, de Valle
Inclán, Madre coraje y sus hijos, de Beretold Brecht, en versión de
Buero Vallejo para la compañía de Lluis Pasqual. En 1993 le fue
concedio de premio Pepe Isbert al mejor actor de reparto por todos sus
trabajos en teatro.
Actualmente expresa sus mayores preferencias por la televisión, que
ofrece mejores condiciones y trabajos más cómodos y mejor pagados que
el teatro e incluso que el cine. En ella, lo han consagrado series
como Fortunata y Jacinta, Los ladrones van a la oficina (Premio Ondas
1993), Esa clase de gente, hecha con José Luis Prendes, Maruchi Fresno
y Fernando Delgado... Gracias a Los ladrones... dice que pudo empezar
a ahorrar en su vida, al llegar la serie a la segunda temporada. Hasta
entonces, nunca.
Tal vez por imperativos económicos, ha trabajado también más en cine
que en teatro, ya desde 1947, con casi 300 películas en su haber: Con
Berlanga ha rodado Bienvenido Mr Marshall, Calabuch, Los jueves,
milagro, Plácido (que le valió el Premio Nacional de Cinematografía en
1962), Tamaño natural, París Tombuctú, Todos a la cárcel; con Juan
Antonio Bardem, Calle Mayor, La venganza; Extramuros con Manuel
Picazo; El bosque animado y Amanece que no es poco, ambas con José
Luis Cuerda. La lista es interminable y llena más de medio siglo.
Fue premio de la Crítica Cinematográfica en 1980 por el conjunto de su
obra y Goya de Honor en 2002, también por el conjunto de su obra.
Tan discreto de carácter y con esa débil salud de hierro, es de
esperar que nos dé muchos otros éxitos. Tiene que haber alguien que,
como él, nos diga las verdades necesarias a los que nos acercamos a
él. Si no, esto sería un desierto.
María
Anunciación Fernández Antón

 
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JOSÉ LUIS LÓPEZ VÁZQUEZ:
40 AÑOS DE ESCENA ESPAÑOLA

Así es como define el Diccionario Mundial de Actores, de la editorial
JC (1998), a José Luis López Vázquez:
"Figurinista y ayudante de dirección de teatro antes que actor, José
Luis López Vázquez forma parte, por derecho propio, de los últimos
cuarenta años de la escena internacional. A principios de los 50
empieza en el mundo del cine y su trayectoria combina la comedia de
sus inicios con el drama de su última época. Premiado como mejor actor
en dos ocasiones por el Festival de Cine de Chicago y Medalla de Oro
de las Bellas Artes en 1985, posee un historial impresionante y
difícilmente superable de nuestra cinematografía". Y se suceden, acto
seguido en el citado Diccionario, varias páginas repletas con la
enumeración, año a año, de sus incontables películas, obras de teatro
y trabajos para televisión.
Sin embargo, preguntado hace pocos años, en una entrevista para la
televisión, acerca de por qué seguía en el candelero,
confesaba José Luis López Vázquez que, si seguía trabajando, era
únicamente por necesidad. Pero no por necesidad existencial, sino "por
mantener mi status. Que es muy alto. Bueno... (dudando). Bastante
bueno". Y aseguraba que, de tener una posición económica holgada,
dejaría de trabajar. Acto seguido añadía, aludiendo sin duda a su
estado físico, pero también a sus cualidades en general: "Es que te
tienes que cuidar mucho, porque si no... Que te quedas hasta sin
músculos. Y eso exige un status muy alto".
Impresionaba tanta sinceridad en un gran mito (no suelen hacer gala de
sus lacras si no es delante del fisioterapeuta) y no dudé de que tenía
toda la razón. Mantenerse activo y vigoroso cumplidos los 70, exige,
quién lo duda, además de no bajar la guardia, cuidados que requieren
muchísimo dinero, o al menos una cierta despreocupación por el vil
metal. Ahora bien, en lo de dejar de trabajar, me quedó cierta duda
porque, viendo su trayectoria, y sobre todo viéndolo a él, da la
impresión de que José Luis López Vázquez no podría estar parado. Ni
forrado en oro podría dejar el teatro.
Efectivamente, desde que a los 17 años empezara a trabajar como actor
en el TEU (Teatro Español Universitario), hasta que obtuvo los
primeros éxitos como protagonista, ya en 1951, y hasta el día de hoy
en que sigue en perfecto activo ("Tres hombres y un destino",
comedia estrenada en noviembre de 2004 en el Reina Victoria, de
Madrid), José Luis López Vázquez no ha parado nunca de trabajar.
Debutó en el María Guerrero en 1946, con "El Anticuario", al que
sucedieron "El vergonzoso en palacio" y "La dama boba". No era él el
protagonista ni fueron papeles sonados, por lo que se pasó al cine
donde pronto cosecharía los mayores éxitos, primero bajo la dirección
conjunta de G. Berlanga y Juan Antonio Bardem (Esa pareja feliz, 1951)
y más tarde de la mano de Conchita Montes y Alberto Closas
sucesivamente (Una señorita de Valladolid, 1958).
Inició así una carrera meteórica en cine y a él están ligados para
siempre, en nuestro recuerdo colectivo, títulos de películas tales
como "Plácido" y "El Verdugo", ambas de Berlanga, o "El pisito", de
Marco Ferreri, o "Atraco a las tres", de José María Forqué, a cuyo
inefable cajero puso rostro, voz y ademanes José Luis López Vázquez.
Por no hablar de la antológica "Mi querida señorita", de Jaime de
Armiñán, con la que ganó el premio al Mejor Actor Protagonista,
concedido por la Asociación de Periodistas y Críticos de cine, en
1975. Todavía hoy, cuando se repone alguna de estas películas, algunas
en riguroso blanco y negro, resulta admirable de todo punto constatar
la extraordinaria calidad de aquellos trabajos. Seguiría después una
intensa colaboración con Carlos Saura, del que fue casi el actor totem:
"Pipermint frappé"; con Antonio Mercero: "La cabina"; con Mario Camus:
"La colmena".
Cuenta en su haber con más de 300 películas, amén de las innumerables
obras de teatro en las que ha tenido un papel protagonista, así como
las incontables actuaciones en televisión, pues en su larga e intensa
carrera ha cultivado todos los géneros dramáticos:

Baste decir, en lo que al teatro se refiere, que trabajó cuatro años a
las órdenes de Luis Escobar, uno de cuyos frutos fue la representación
como protagonista de Equus, de Peter Schaffer. Valgan también como
ejemplos, títulos tan diferentes como "La muerte de un viajante", de
Arthur Miller, en el Teatro Bellas Artes, y "Que viene mi marido", de
Arniches, estrenada en el Alfil, trabajos por los que mereció en
Premio José Isbert al mejor actor en 1996. A este último autor
español, Carlos Arniches, se puede decir que nadie lo ha sabido
interpretar como José Luis López Vázquez y José Sazatornil (Saza). O
"César y Cleopatra", estrenada en versión de Manuel Martínez Mediero,
en el Festival de Teatro de Mérida 2001. A ellos sucedieron más tarde
"Cena para dos", de Santiago Moncada, repuesta en dos ocasiones con
gran éxito, el ya clásico de Brodway "La extraña pareja", en el Teatro
Alcázar, así como la actualísima "Tres hombres y un destino", de
Lorente y otros, en la que comparte actualmente papel con Agustín
González y Manuel Aleixandre, en el Teatro Reina Victoria.
En el año 2002, José Luis López Vázquez fue premiado con el Nacional
de Teatro y le acaba de ser concedido el Goya de Honor 2004 por la
Academia Española de Cinematografía, galardón cuya entrega tendrá
lugar en enero de 2005.
Y ahí sigue. Ojalá que por mucho tiempo.
María
Anunciación Fernández Antón

 
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EN HOMENAJE A ALBERTO CLOSAS,
LA SALA PRINCIPAL DEL TEATRO MUÑOZ SECA, DE MADRID, LLEVARÁ SU NOMBRE

El pasado día 13 de octubre
tuvo lugar un homenaje a
Alberto Closas en el teatro Muñoz Seca, de Madrid. En la mesa
estaban la poeta Fina de Calderón, las actrices Julia
Gutierrez Caba y Analía Gadé, el actor Alberto Closas hijo,
que momentos antes había descubierto la placa conmemorativa, y el
empresario teatral Enrique Cornejo, que hizo las veces de presentador y
de anfitrión.
Además asistieron al acto un nutrido número de personalidades del
espectáculo y de la cultura en general, como José Sazatornil (SAZA),
el antiguo alcalde de Madrid José María Álvarez del Manzano,
Asunción Balaguer, Rosa Valenty, Federico Luppi y un
sin fin de rostros famosos, compañeros todos de andanzas y fatigas del
gran actor homenajeado.
Julia Gutierrez Caba improvisó un discurso destacando las
cualidades de Alberto Closas, no sólo como actor con el que compartió
escena en contadas ocasiones, sino también como director, una faceta
menos conocida por el gran público. Analía Gadé leyó una emotiva carta
en la que glosó su figura de caballero infatigable, amigo incondicional
y trabajador inagotable, que hacía planes hasta para mucho después de su
muerte, incluso cuando ésta ya estaba anunciada, aceptada y sabida.
Porque sencillamente Alberto Closas no quería irse, esperaba el milagro.
Así que, cuando le tocó el turno a su hijo, éste no pudo hablar porque,
con ser un hombre hecho y derecho, las lágrimas se lo impedían por
completo y hubo de disculparse.
Pero antes que todos ellos,
había intervenido la poeta Fina de Calderón y lo había hecho con un
discurso que llevaba muy bien preparado, tanto que casi se lo sabía de
memoria, y que me parece interesante reproducir aquí por dos razones:
La primera, porque en él se
mezclan todas las facetas de la riquísima personalidad de Alberto Closas,
artísticas y humanas, y la segunda, por la gracia con que fue leído por
esta mujer entusiasta. Tanto, que del esfuerzo hubo de ser atendida,
acto seguido, por el SAMUR, pero esta pequeña debilidad fue sólo un
momento, y ello sin duda a causa de la emoción, pues casi de inmediato,
esta valerosa mujer insistió en volver a casa en su propio coche.
Reproduzco, pues, el discurso que ella misma me prestó a insistencias
mías en cuanto se lo oí leer:
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"Queridos amigos: Ante todo, perdón por mi voz que ha pasado,
después de una insoportable gripe, de ser soprano a mezzosoprano o
casi barítono.
Era de rigor un homenaje a ese
inolvidable actor que fue Alberto Closas.
Para ello, mi buen amigo
Enrique Cornejo me ha pedido unas palabras y un poema. Pese a
estar inundada de trabajo, he querido complacerle y complacerme a
mí misma tratándose de aquel gran hombre de teatro y de cine, que
gozaba de tantos amigos actores, entre ellos José Luis López
Vázquez.
Por cierto, que reconozco entre
el público caras admiradas y conocidas como la de Asunción
Balaguer, con la que pienso próximamente estrenar al alimón una
obra de teatro de la que me siento muy satisfecha y de la que no
dudamos les gustará.
A Alberto Closas lo conocí en París a través de otro gran actor de
La Comédie Française, Robert Manuel, que poseía una magnífica
colección de estatuillas de Molière fabricadas en toda clase de
materiales. Había Molières negros, amarillos, blancos..., en fin,
de todas las razas.
A este propósito, la hija de
Robert Manuel, Cathérine Salviat, también actriz de La Comédie
Française, que en estos días está representando en París "El gran
teatro del mundo", tomará parte en uno de mis "Miércoles de la
poesía".
Con Robert Manuel y Alberto Closas frecuentábamos tanto los bistrots
bohemios de Montmartre (sin obviar los de la Place du Tertre) como
los más intelectuales de la Rive Gauche. En mi piso parisino del
boulevard Saint Germain (¡qué habrá sido de éste!) a menudo
aparecían ambos cargados de flores, e incluso recitaban para mí
algunos poemas de mi predilección.
Los tres amores de Alberto,
todos lo sabemos, eran el teatro, las mujeres, los hijos y las
flores. A su paso por las floristerías parisinas, iba vaciándolas
y acopiando lo mismo rosas que azaleas u orquídeas... exceptuando,
claro está, los crisantemos, que, como en nuestro país, tienen un
significado en parte funerario.
¡Cuántos encuentros maravillosos me unen a estos grandes artistas de las
tablas! Yo sabía todo o casi todo de Alberto Closas: que nació en
Barcelona, donde transcurrió su niñez y su adolescencia; que más
adelante marchó a Argentina. Allí estudiaría en la Escuela de Arte
Dramático siendo partenaire, nada menos, que de Margarita Xirgu y
convirtiéndose pronto en primer actor y rompecorazones. Su vida
estuvo ligada a esas dos tierras que él tanto amó: Argentina y
España, transcurriendo por igual su estancia en los dos países: 6
meses en cada uno.
En Buenos Aires, tan pronto en los teatros de la calle Cervantes (tan
justamente bautizada "la calle que nunca duerme" por el bullicio
que la caracteriza, así como en el grandioso teatro Cervantes
conoció mismas ovaciones. ¿Condecoraciones? Muchas. Citaré la
Medalla de Buenas Artes, que recibió a la par que Buero Vallejo, y
el San Jordi en Cataluña.
Fundó también su propia empresa
cinematográfica. Pero hay que destacar que, pese a sus elogiados
papeles en el celuloide, nunca abandonó el teatro. Debutó en el
Teatro de la Comedia y, luego, en el Marquina, que en gran parte
era de su propiedad. Dignas de mención serían sus interpretaciones
en la serie televisiva "Estudio Uno".
Se puede decir que su vida la culminó en la escena, pues cuando
interpretaba junto a Amparo Rivelles "El canto del cisne", le fue
diagnosticada una implacable enfermedad, causa de su muerte."
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Aquí termina el discurso de Fina de Calderón al que siguieron nada
menos que DIEZ ZÉJELES, compuestos también por ella misma y dedicados a
glosar la figura de Alberto Closas, es decir, diez poemas cuya forma se
remonta a nuestra primitiva lírica castellana (siglo XIV), y que constan
de un estribillo, varias mudanzas y un verso de vuelta que rima con el
estribillo. El estribillo dice así: "Recordemos las famosas/ comedias de
Alberto Closas". Y éste, el estribillo, nos lo hizo recitar a todos a
coro al final de cada mudanza, para que todos participáramos. Una
verdadera fiesta. Después vendrían el cava y las delicatessen, a
las que todos nos apuntamos también, menos ella, por lo que he contado
más arriba.
María
Anunciación Fernández Antón

 
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SAZA. EL PEQUEÑO DE LOS SAZA

"Yo soy Saza. Saza a secas,
como mi padre, mi abuelo y todos los hombres de mi familia. En mi
familia todos los varones hemos sido siempre Saza y sólo Saza. Y yo de
pequeño era 'el pequeño de los Saza', que estaba loco porque me aprendía
de memoria los personajes del teatro y los repetía en voz alta en el
patio durante los recreos: El pequeño de los Saza está loco, decían,
pero a mí no me importaba, yo a lo mío. Aunque luego en la función de
clase no actuara, por mal comportamiento.
Yo iba al teatro con mi padre los domingos. Los domingos, al salir
de misa, íbamos a comprar un postre y mi padre sacaba las dos entradas.
Después de comer, mi padre tenía una tertulia, era comerciante en
Barcelona, y yo lo acompañaba a la tertulia. Y mientras charlaban, yo,
que andaba por allí, me acercaba de vez en cuando ¡con mucho respeto! a
la mesa donde estaba mi padre. Sin decir nada, claro, esto no se podía,
hasta ahí podíamos llegar. Y él me decía: Todavía no, todavía no."
Quien así nos tiene embobados se para un momento antes de continuar
con sus andanzas de aprendizaje como actor. Es el otoño de 2.001,
Tertulia de Garibaldi, Lunes de Teatro, que nunca antes lo había tenido
yo tan cerca a José Sazatornil, Saza, tan cerca como para mirarlo a mis
anchas fuera de los escenarios. Y es verdad que parece un personaje del
barroco con esa palidez tan grande, con esa estilización tan suya, uno
de aquellos que a él tanto le gustaba aprenderse de memoria en el
colegio para recitarlos en el patio a solas mientras los demás niños
jugaban. Y desde luego lo sería, si no fuera por ese bigote delgado como
una línea, tan característico.

"Yo iba para galán serio -continúa- y mis primeros papeles fueron
de galán. Pero la gente empezó a reírse cada vez que yo salía a escena y
claro, aquello no se podía. Y a mí me sentaba muy mal, eh, porque yo
quería ser galán. (Risas). Yo era galán, ojo. (Más risas). Galán serio,
trágico. Me sentaba muy mal que se me rieran en las barbas, pero no
había manera. Hasta que no hubo más remedio que empezar a darme papeles
cómicos. Dijeron: oye, que con éste se ríen. Y así fue como empecé.
(Silencio. Estamos embobados.) A mí esto al principio me sentó muy mal,
fatal. Pero eso fue sólo al principio, porque ahora, cuando oigo que se
ríen me entra una alegría tan grande, que bajaría al patio de butacas y
daría un beso a cada uno de los espectadores. (Pausa.) A las señoras
primero, claro."
-¿Cuál es tu personaje preferido, Saza? -pregunta un tertuliano,
uno de los pocos que han salido de su asombro.
"Ninguno. Los quiero a todos por igual, no tengo predilecciones,
les debo a todos muchísimo. A todos les estoy muy agradecido".
-¿Y cuál te falta por hacer? -se anima otro tertuliano-. Ese con el
que sueñas y que todavía no has hecho.
"Ninguno. Estoy encantado con todos los que he hecho y no echo de menos
a ninguno. No hubiera deseado hacer ningún otro más que los que he
hecho. Por otra parte, con el personaje no se sabe nunca qué es lo que
va a pasar, porque uno hace lo que puede pero luego todo depende del
público. Mira, ahora llevamos año y medio en El Español cuando sólo
contábamos estar tres meses. Y ahí seguimos. Y que dure por muchos
años". (Risas. Se refiere a "Los habitantes de la casa deshabitada" de
Jardiel Poncela, un éxito rotundo de público y totalmente inesperado).
"Y yo hago de esqueleto en la
función, así que ustedes dirán. (Sin transición:) ¿Saben ustedes que
estoy muy contento de estar aquí? Y estaba muerto de miedo, que conste.
Pero eso era antes de venir aquí porque pensaba que ustedes iban a ser
muy duros conmigo y que me iban a someter a todo tipo de preguntas
incómodas. Sobre todo después de ver al señor del otro día, que ése sí
que era un sabio. Pero ahora que los veo a todos ustedes tan risueños y
tan simpáticos, pues ya me encuentro mucho mejor. Son ustedes muy majos,
sí señor, y les estoy muy agradecido. Y ahora me sacarán ustedes en
brazos y gritarán: A la de tres! ¡A la de tres! Y yo me creeré que van
ustedes a llevarme a un restaurante de tres tenedores, pero será que me
van a dar tres coscorrones contra el dintel de la puerta antes de
arrojarme a la calle, que es lo que se hacía con los malos actores".

-¿Cómo te haces con el personaje, Saza? -se anima a preguntar otro
de los asistentes a la tertulia.
"Yo empiezo a leerlo y el personaje me va diciendo cosas. Y así una
y otra vez hasta que me lo aprendo de memoria. Y entonces ya me dice de
todo porque ya es mío. O yo de él, según se mire. Así es como yo me hago
con ellos, o ellos conmigo. Y ésta es la razón por la que no trabajo más
en televisión. Lo digo con toda humildad, eh, que yo para eso no valgo
porque me lo tengo que estudiar hasta aprendérmelo de memoria: Que
cuando mandan un taxi a buscarte a las 6 de la mañana, bien temprano, te
vas repasando el guión que te dieron el día antes, y eso para mí es
fatal, que ya digo que me lo tengo que llevar sabido al dedillo, y si
no, no sirvo. Pero es que cuando llegas al estudio, te quitan el papel y
te dicen: éste no es, es este otro. Y yo no puedo. Ahora, en cine sí,
porque esto me lo respetan, Berlanga me ha llamado para todas desde que
hice La escopeta nacional, lo que pasa es que no siempre puedo, pero
llamarme, siempre. (Sin transición.) Yo estoy muy bien aquí con todos
ustedes.
Son ustedes muy majos y no me han hecho ninguna pregunta incómoda, les
estoy muy agradecido".
Y un día lunes, algunas fechas más tarde, en la misma Tertulia de
Garibaldi, alguien habló de las grandes figuras del teatro que habían
muerto literalmente de hambre, o en estado de abandono casi completo. Y
del miedo que tenían algunos a acabar igual por la misma razón, lo que
motivaba una enorme austeridad en bastantes de ellos. Tacañería, dijo
alguno. Maledicencias de
cómicos, salió a relucir el nombre de Saza:
-Uy, ése no sale nunca por las noches, nunca le verás por ahí. Y
cenar, cena una sopa. Una sopa y una loncha de jamón York, no cena nada
más.
-Pues a mí Saza me ha invitado a comer -dijo Cornejo, el
productor-. Y a cenar -añadió alzando la voz y creciéndose varios palmos
ante mis asombrados ojos.
-Pues si vas ahora (eran las 10 de la noche) a su casa, ya sabes lo
que vas a cenar: una sopa -concluyó el maldiciente, que era un autor de
éxito.
Y yo pensé para mis adentros: Si yo tuviera la suerte de llegar una
noche de invierno a una casa. Y que esa casa fuera la de Saza. Y que
después de informarse por la criada de quién era yo, me invitara a pasar
y a compartir su cena, con esos modales educadísimos de gran señor
barcelonés asentado en Madrid. Y que una vez sentados los dos en torno a
la mesa camilla, bien abrigadas las rodillas con el faldón de paño,
empezara él a decirme entre sorbo y sorbo a la sopa: "Yo, sabe usted,
soy Saza. Saza a secas. Y todos los varones de mi familia hemos sido
siempre Saza y nada más que Saza. El pequeño de los Saza..."
¡Y qué más quisiera yo que ser esa viajera!
Nota: Este texto
fue publicado por la revista ACTORES en el número de diciembre de 2003 y nos
ha sido cedido por la autora.
María
Anunciación Fernández Antón

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MARY PAZ PONDAL

Conocí en persona a Mary Paz Pondal hace tan sólo unos pocos meses
en la Casa de Asturias, de Madrid, donde ella "formaba mesa" junto con
otros (es cargo de la noble Institución), y lo que más me llamó la
atención fue la gran simpatía que emanaba de ella y su enorme capacidad
de comunicación, de dirigirse con claridad y sencillez a las gentes
anónimas y de toda edad y condición que allí nos congregábamos.
Tan es así, que en aquella ocasión, yo que no me sabía el programa
y la oía desde muy lejos, al fondo de la sala, no pude menos de
preguntar a mis vecinos de butaca quién era. Era, me dijeron, Mary Paz
Pondal, y bien orgullosos que estaban de contar con ella en la Casa.
Como que pertenece a la Junta Directiva, lo que lleva tan a gala como
ser miembro de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas.
Su nombre me trajo de inmediato resonancias de algo grande pero ya
distante, dejado atrás y como muy alejado del momento actual y de mis
propios intereses de crítico teatral. ¿Cómo es posible que yo no
manejara a diario ese nombre y no lo oyera pronunciar por doquier en los
ámbitos en que me muevo? Mary Paz Pondal, Mary Paz Pondal, repetí
intentando recordar.
Sin duda tenía la culpa de todo una época en que todo envejece de
inmediato. Pero sonarme, claro que me sonaba, muchísimo, y no me pareció
justo que tan gran señora quedara relegada a una época ya lejana de
nuestra historia cinematográfica y teatral, cuando lo cierto es que se
encuentra tan viva como entonces. Viva en todos los sentidos. Y
bellísima. Enseguida me planteé ahondar un poco más en tan ilustre
persona que debió poseer una belleza poco común, tal como lo demuestra
la que aún hoy, ya entrada en años, atesora. Por dentro y por fuera.
Primero, lo que dice de ella el Diccionario del Cine Español
(Alianza Editorial), que dirige José Luis Borau: "Nacida en Oviedo, a
los 16 años se traslada a Madrid para realizar estudios de Arte
Dramático en la Escuela Superior. A finales de los años 60 se produce su
lanzamiento artístico con papeles teatrales en La Celestina (Melibea) y
con el inicio de películas como Club de solteros (P. M. Herrero, 1967)",
en las que ya apuntaba su gran carisma de actriz erótica.

Esta caracterización de erótica, en la que el diccionario insiste
mucho como si de un cliché se tratara, ofende a una gran actriz que,
sólo a causa de su gran belleza y de la estrechez mental de quien la
juzga, sería acreedora de tal calificativo sin más. Pero los
diccionarios son así, encasillan, y lo que es peor, se limitan a copiar
lo que dicen otros y consagran a Mary Paz Pondal como erótica y a Aurora
Bautista como declamatoria... Aunque peor, peor... Peor es que no te
saquen en absoluto.
Para comprender esto del erotismo, hay que situarlo en su contexto:
Eran los años finales de la censura. Trabajos que combinaban el duro y
difícil oficio de hacer reír en tiempos de penuria con un cierto
aperturismo en lo social y en lo político. Fue algo muy propio de la
transición democrática y un movimiento que dio grandes éxitos en
películas en que se combinaba el llamado "landismo" con la pretensión de
moralidad política y en las que Mary Paz Pondal actuaba junto a
estrellas indiscutibles de la talla de Paco Martínez Soria (El padre de
la criatura, de Pedro Lazaga, 1971, Estoy hecho un chaval y La Tía de
Carlos, de L. Mª Delgado, 1981). Y en el que títulos como Aunque la
hormona se vista de seda, de Vicente Escribá, 1971, Mi primer pecado, de
Manolo Summers,1976, Esa cosa con plumas, de O. Ladoire,1987, se hacían
merecedores del "erotismo desenfadado y opulento" de que habla el
diccionario. Pero Mary Paz Pondal hizo más de CIEN películas.
Tal vez por no aceptar encasillamientos, aunque éstos fueran
motivados por el éxito arrollador, y porque sus inquietudes artísticas
la empujaban a explorar otros territorios, Pondal decidió dedicarse
paralelamente al teatro, actividad en la que se había iniciado en el
papel de Melibea al lado de Milagros Leal: Los inocentes de La Moncloa,
de Rodríguez Méndez, El deseo bajo los Olmos, de O'Neill, Ninette y un
señor de Murcia y A media luz los tres, de Mihura, La barca sin
pescador, de Casona, El baúl de los disfraces, de Jaime Salom, El baile,
de Edgar Neville, son títulos en los que hizo papeles destacados. De
nuevo el papel de Melibea, esta vez al lado de María Guerrero haciendo
de Celestina... Y sólo cito por encima, saltándome las tres cuartas
partes de todo lo que hizo, porque en el 73 tuvo que abandonar el
trabajo momentáneamente para asistir al nacimiento de su hijo David.
¿Hay quien dé más? Pues suma y sigue:
En 1974 forma Mary Paz Pondal compañía propia en la que, bajo la
dirección de su compañero Fernando Pereira, muerto recientemente en
abril de 2.004, consigue grandes éxitos de taquilla y de crítica: La
zorra y el escorpión, de Alfonso Paso, con Armando Calvo; Amando Amanda,
de Arteche, con Gracita Morales; Educando a un idiota, de A. Paso, con
Máximo Valverde; La decente, de Mihura, con Vicente Parra. De gira por
España, lleva El Hotelito, de Antonio Gala, por Guatavo Pérez Puig; La
condecoración, de Luis del Olmo, por Vergel; El rayo, de José Osuna, Don
Juan Tenorio, en El Español.

En 1992 estrena espectáculo propio en el Centro Cultural de la
Villa. Se trata de un montaje de diseño original para dar a conocer la
obra del poeta García Lorca titulado Mi querido Federico. A éste
seguirán los homenajes a otros poetas contemporáneos: Compañero del alma
(Miguel Hernández) o Tres poetas (los citados y Antonio Machado), La paz
y la palabra (Blas de Otero), trabajos con los que sigue recorriendo los
teatros de España y de todo el mundo de habla hispana allí donde se lo
soliciten. No descarta volver al cine. De nuevo pregunto: ¿Hay quien dé
más? Si además tuvo tiempo de ser erótica, mejor para ella.
Lo cierto es que a mí siempre me ha parecido totalmente serio el
trabajo de gentes como Paco Martínez Soria, Alfredo Landa, Mary Paz
Pondal, y el de todos cuantos se dedicaron con mayor o menor fortuna a
hacernos reír o sonreír durante los años difíciles. A estas figuras
gigantescas, épicas en cierto modo, se unen también nombres de grandes
autores teatrales que iluminaron los años oscuros con su falta total de
prestigio para sus contemporáneos (Mihura, Jardiel, Arniches), lo que
les hizo trabajar por encima de sus posibilidades, en un verdadero
descenso a los infiernos, para dejar una obra grande, inmensa, hecha
contra el rechazo de las élites.
Recuerdo a este propósito algo que dijo en su día Paco Martínez
Soria: "el que tiene miedo de llegar hasta el fondo en todo lo que se
propone, es que tiene miedo de lo que va a encontrar dentro de sí
mismo".

Algunos adoptaron desde el principio el humor, a otros les vino de
refilón sólo a fuerza de desastres, porque de repente descubrieron que
tenían éxito en lo más inesperado, en lo menos serio y nunca querido (Arniches,
Saza) cuando ellos pretendían nada menos que lo sublime, como cualquier
hijo de vecino.
Además de todas las virtudes descritas, su gran belleza y sus grandes
dotes dramáticas, Mary Paz Pondal es la propietaria de algo envidiable,
algo que me causa una envidia enfermiza, tremenda: Se trata de un molino
en Asturias, un molino a 60 kilómetros de Oviedo, su tierra natal, el
Molino de Oviñana, convertido ahora en Casa Rural y donde ella pasa el
mes de agosto. Situado en plena naturaleza, el Molino se ubica en un
entorno paradisíaco, muy cerca del mar y de la villa de Cudillero,
capital del Concejo al que pertenece Oviñana. Cercanas quedan las playas
del Silencio, del Aguilar y de San Pedro.
Pues que sigas cosechando
éxitos, Mary Paz, o que hagas lo que te guste y seas feliz. Te lo
mereces.
María
Anunciación Fernández Antón
 
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TEÓFILO CALLE

Tiene la cabeza de vate galaico
y visionario, de mendigo ciego y poeta de los caminos que tan bien
inmortalizara Ramón María del Valle-Inclán. Pero no es Max Estrella
(aunque bien pudiera porque, como él, también escribe libros) sino uno
de aquellos ciegos de la Galicia más profunda, la llamada Tierra del
Salnés porque, como ellos, es sobre todo actor y vive de la palabra y
del gesto.
Hablo de Teófilo Calle, a quien veo por primera vez en escena, su
voz la conocí mucho antes gracias a la radio. Está sobre el escenario de
la Sala Fernando de Rojas (Círculo de Bellas Artes, Madrid) y yo, con el
resto de las novecientas personas que llenan el patio de butacas, creo
que su mirada encendida (hace de San Juan de la Cruz en un texto de
Martín Recuerda) se dirige a mí y que sus palabras me están en exclusiva
destinadas. En el calabozo, a oscuras, habla con Cristo mismo, que se le
ha aparecido, y su cabeza resplandece como si un foco cenital la
iluminara, pero es sólo el resplandor de su mirada. No hay otro igual.
Al lunes siguiente, en Garibaldi, la tertulia semanal a la que él
había acudido esta vez como ponente, en su día de descanso, no pude
menos de preguntarle: -¿Me mirabas, Teófilo? -Sí -respondió. -¿A mí?
-insistí, temerosa de la broma que imaginaba típica actoral. -Claro. Eso
no tienes que dudarlo nunca.
Comenté el hecho con otros de los asistentes a la función, allí
presentes, y a todos les había pasado lo mismo: habían sido mirados a
los ojos por él, desde el escenario, y se habían sentido impelidos,
directa e individualmente, por las palabras inspiradas del Santo Poeta.
Ese famoso "Saint John of The Cross" que tanto estudian las
universidades extranjeras y que llena los pies de página de tantísimos
libros de poesía ilustrada, había tomado cuerpo por unos momentos en la
estructura física de Teófilo Calle. Y era sólo teatro leído. ¿Qué no
será éste cuando interprete "de verdad" y sin leer?, pensé yo para mis
adentros.
Por entonces, la obra importante que se traía entre manos era El
Tenorio, en la que hacía el papel del muerto, don Gonzalo de Ulloa: Yo
no puedo vivir en actor -confesaría en esa misma tertulia- porque si yo
me lo creyera, oye, ¡que me matan todas las noches! ¡Y yo tengo mujer e
hijos! No podría ir acto seguido a mi casa y ejercer de marido y padre
responsable.
Qué vehemente es el discurso de Teófilo Calle y quién pudiera creer
eso de que "yo no vivo en actor". Yo desde luego, no me lo creo. No hay
más que verlo cuando se expresa aquí, entre íntimos, para comprender que
algo conserva de todos los personajes a los que ha dado vida sobre las
tablas. Así que añade acto seguido: -Esto es un juego y tienes que
pensar: ¡Qué bien me engaña éste! O qué mal, según.
Con esto ha resumido La paradoja del comediante, de Diderot, autor en el
que este actor es ducho y docto.
-¿Pero hay algo que no sea un juego? -le interpela Luis Riaza,
habitual e íntimo tertuliano de todos los lunes-. -Sí, ser padre
responsable no es ningún juego. (Sin duda hablan de distintas acepciones
de "jugar", pues es seguro que Teófilo Calle, de padre o de actor,
siempre se la juega.)
-¿Había mejores actores antes, querido Teófilo? -le aguijonea la
voz cascada de otro tertuliano, poniendo sal en la herida abierta de las
comparaciones. -Hombre, ahí tienes el acueducto de Segovia que lleva en
pie 2.000 años, mientras se nos hunden puentes y torres de cojones. ¿Por
qué? Manda la pela. Hoy se aplaude a un chavalito porque es famoso, no
porque sea actor. A éste no se le aplaude, mira por dónde. Pero tampoco
se le abuchea. Hoy el público pasa (y ahí le duele). Claro, los jóvenes
no quieren aprender, no quieren escuchar. Aquí es "yo soy el más grande
y me cago en todo lo que se ha hecho hasta ahora", falta educación: ¿Qué
es lo que quiere la gente? Si a los niños se les preguntara, no irían a
la escuela, irían al río. Así vamos todos, al río. -Pero antes era la
dictadura del actor, ¿no? -le pincha de nuevo el de la voz cascada que
qué bien sabe provocarle, como que es Enrique Centeno-. Se era de
Ribelles o de Merlo. O de Ricardo Calvo. Y esto es inadmisible hoy en
día.

-¿Dictadura? -se rebela de
nuevo Teófilo Calle-. Yo me arrodillo ante mis maestros, lo haría
todavía si los tuviera delante. Y es cierto que ahora el actor no
cuenta, manda el director de escena, y hasta las luces cuentan más.
Estoy de acuerdo en que hoy el actor es el último.
Esa misma noche todavía, un implacable Mendizábal lo interpeló
también: -Tú mucho teatro leído, pero tu director Robert Muro recibe un
buen dinerito de la SGAE y del MEC. Y está mal que yo me queje porque
soy un director de éxito, pero siempre se las llevan los mismos, las
subvenciones, oye.
El vate galaico y visionario ha
de hacer frente a algo tan terrenal como hablar de dinero, pero acaba de
decir que todo lo humano atañe al teatro y allá va, humilde como el
ciego de Misericordia: -Hombre, si me dan a elegir, hubiera puesto una
ayuda en ruta en vez de dinero directamente. Pero las cosas están como
están y así es como se hace, yo en eso no mando. -Sí -insiste el
exitoso-: ¿Y qué harías tú con una ayuda para autobús si te dejan fuera
de la RED de teatros? -Pues no sé lo que haría pero algo haría. Haría,
haría...
-Teófilo, yo te imagino a ti fuera de cualquier RED al frente de
una troupe de cómicos, subido a un autobús para ir a comer el
bocadillo al campo con tus compañeros de infortunio, improvisando
escenas por los arcenes y las cunetas de España. Y hasta te puedo
imaginar componiendo versos al bocadillo de chorizo, una especie de loa
para amenizar el acto a la manera de los primitivos comediantes. Mira,
te regalo el primer verso: "Humilde aunque dignísimo condumio". ¿Qué te
parece? -De perlas, me parece de perlas -respondió con la mayor
mansedumbre del mundo. Y subrayó la expresión con su mirada luminosa de
vate galaico y visionario.
Meses después, estrenaría en el Teatro Albéniz, Misericordia, de
Galdós, y en ella haría el papel de Almudena, el marroquí harapiento, el
mendigo ciego enamorado de la señá Benina. Luego seguiría
haciéndolo por todos los escenarios de la bendita RED de Teatros de la
Comunidad de Madrid.
Desde su retiro en Jerez de la Frontera, donde actualmente descansa
por prescripción facultativa, Teófilo Calle dispone ahora de más tiempo
para escribir sus artículos, preparar nuevas ediciones de sus libros y
dar sus clases magistrales a las gentes de Arte Dramático, con
mayúsculas, en un magisterio que no se limita al teatro sino que abarca
y se extiende a todo el contenido integral y social de la persona. Es un
retiro dorado del que el artista saca tiempo para ocuparse de sus
amigos, los que siguen estando en Madrid y los que le nacen por todas
partes.
Nota: Este texto
fue publicado por la revista ACTORES en el número de junio de 2003 y nos
ha sido cedido por la autora.
María
Anunciación Fernández Antón

 
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AURORA
BAUTISTA
la actriz que puso rostro a tantas heroínas

Pocas figuras tan dignas de estar en los diccionarios del cine y del
teatro español como Aurora Bautista, la actriz que puso rostro a
tantas heroínas que han sobrevivido a los avatares de la Historia de
España gracias al cine. Pero sea que vivimos demasiado de prisa y todo
lo olvidamos muy pronto, sea que Aurora Bautista pertenece al repertorio
de caras que los jerifaltes de la cultura asocian con los años más duros
de nuestra reciente historia, lo cierto es que su imagen ha quedado
relegada al panteón de ilustres heroínas... del pasado: Santa Teresa de
Jesús, Agustina de Aragón, Juana La Loca. Y aunque puede decirse que
actualmente asistimos a una paulatina recuperación de estas mujeres en
el mundo del arte, ello no ha traído, por el momento, la redención de la
que tan bien las supo encarnar. Todo se andará.
Lo cierto es que, a pesar de formar ya parte indefectible de
nuestra memoria colectiva, en mi búsqueda de datos concretos sobre
Aurora Bautista me encontré con que el Diccionario Mundial de Actores no
la trae. Tampoco el índice de actores del libro "100 años de cine", de
Augusto M. Torres. Por suerte, el Diccionario del Cine Español que
dirige Juan Luis Borau y edita la SGAE corrige en parte el entuerto,
aunque miren lo que dice de Aurora Bautista: Actriz declamatoria y
grandilocuente. Por supuesto, hablaba de su papel al frente de las
heroínas citadas, digo yo. No de La Tía Tula.
Sin embargo nadie duda de que Aurora Bautista es una gran actriz,
una de las más grandes, y que en sus inicios cubrió todas las facetas
dramáticas, desde el teatro clásico, en el que se inició, hasta el cine,
donde triunfó por completo en la década de los 50 y sobre todo de los
60. Pero nunca abandonó el teatro, como veremos.
Su infancia y primera juventud parece que fueron duras, al menos
tal como imaginamos que debe corresponder a una niña de postguerra, hija
de un republicano represaliado y obligado a dejar su ciudad (Valladolid)
para vivir en otra bien distinta (Barcelona), adonde hubo de trasladarse
con toda su familia al salir de la cárcel. El argumento de su vida
resulta así en verdad novelesco como pocos y me recuerda mucho la
peripecia vital de una heroína de novela que me impresionó enormemente
cuando la leí, Leticia Valle (Memorias de Leticia Valle) cuya autora,
Rosa Chacel, también era de Valladolid. Algo que viene muy a cuento con
lo que luego diré de Aurora Bautista a la que he conocido en persona
hace apenas unos meses.
Leticia Valle cuenta sus experiencias de niña de postguerra
española, ambientadas en Simancas y otros lugares de la Castilla
imperial, en el mismo tono intimista y observador para los detalles
mínimos, de aguda nostalgia por la cotidianeidad, que podemos ver en la
mirada de Aurora Bautista. En la de las películas y en la de carne y
hueso.
También en aquella novela hay traslados que causaban ausencias y
añoranzas, pues los ojos de la niña se fijaban con tanto detalle en lo
que tocaban, que por fuerza había de añorar lo que dejaba atrás aún
antes de conocerlo. Preciosismo de lo vulgar, lo han llamado algunos,
capacidad para crear microcosmos con la mirada a partir de elementos muy
pobres de la cotidiana vida de provincias, limitada casi a ver sin ser
vistos, han dicho acertadamente otros. Todo eso es lo que comparte
Aurora Bautista con la heroína de la novela de Rosa Chacel.
Estas mujeres de postguerra tenían una extraordinaria capacidad
para crear mundos insólitos, a la manera de los que crea la pintura, en
medio de la más anodina cotidianeidad provinciana. Basta para darse
cuenta de ello con recordar a La Tía Tula, la heroína de la película de
Miguel Picazo (1964) basada en la novela homónima de Unamuno, a la que
ha quedado indisociablemente unido el nombre de esta maravillosa actriz.
Su mejor papel, sin duda inolvidable. ¿Alguien se ha aburrido viendo esa
película? A mí siempre me ha parecido apasionante, puro suspense. La
mujer se ve reducida, como en las novelas de la gran autora que cito y
de otras muchas escritoras casi coetáneas (Carmen Martín Gaite, Josefina
Rodríguez Aldecoa, Elena Soriano) al espacio doméstico, un espacio
privado que resulta asfixiante visto desde fuera. Allí la mujer
desarrolla, sin darse cuenta, una forma de desenvolverse y sobre todo de
mirar, que es capaz por sí misma de crear, completamente encerrado entre
visillos, un
auténtico microcosmos. En la Valladolid de Rosa Chacel, en la Salamanca
de Carmen Martín Gaite, en el resto de las ciudades del interior de la
postguerra española donde sólo se podía mirar a la calle entre visillos
(de ahí el título, uno de los más conocidos de Martín Gaite) la mirada
de la mujer debía de ser por fuerza así y así ha quedado reflejada en la
literatura y en el cine.
Las otras tenían el mar (Carmen Laforêt, Mercedes Salisach) y ahí
la mirada ya es distinta, pero en la ancha Castilla de Unamuno, no había
más remedio que mirar hacia adentro. De ahí que ellas, como Tula, sólo
podían crear y recrear su intimidad y el espacio de su mirada era el de
su propia interioridad. Una intimidad entrevista, soñada, pocas veces
vivida en plenitud, pero que ellas debían defender contra todo y contra
todos porque era lo único que tenían.
Aurora Bautista tuvo también más tarde el mar catalán, pero le
quedó para siempre esa mirada ensimismada, intimista, creadora de
microcosmos en los que posarse, llevados ya para siempre y por doquier
desde su infancia y adolescencia vallisoletanas.
Después de debutar como actriz de teatro clásico en Barcelona
interpretando a Shakespeare y a nuestros clásicos dentro del Teatro
Universitario de la ciudad Condal, la fama le llegó de inmediato con
Locura de amor (1948) a las órdenes de Juan de Orduña, quien la
dirigiría también más tarde en Pequeñeces y Agustina de Aragón (ambas en
1950). Hasta aquí lo que dice el Diccionario. Lo otro es la
altisonancia.
Pero en el último número de Teatro Madrid (Mayo 2.004) se aporta un
dato sumamente interesante sobre Aurora Bautista. Es la actriz Ana
Marzoa quien habla de su carrera, para lo que enseña una foto en la que
junto a ella, se ve actuar a Aurora Bautista: "Recuerdo una obra que
tuvo mucho éxito en el Teatro Marquina, se llamaba Paso a paso, dirigida
por Ángel garcía Moreno en el 87. Era la historia de una academia de
danza, de Richard Harris. Y recuerdo sobre todo a Aurora Bautista porque
tenía en ese montaje una comicidad extraordinaria, estaba
deliciosa...Era un reparto maravilloso: Encarna Paso, Gemma Cuervo,
Aurora Bautista, que estaba fantástica". Estaba fantástica, repite una y
otra vez con sincero entusiasmo Ana Marzoa.
Versatilidad de una gran actriz, capaz de hacer creíbles papeles
tan dispares como los de reina castellana y chica de revista. Y todo ese
potencial se sigue adivinando en esa mirada serena, atenta al detalle y
hasta escudriñadora, capaz de hacer no obstante, de perfecta y anónima
asistente a un evento cultural.
Era en la Casa de América, pura casualidad. Apenas dos días antes
la había visto en una galería de Arte de la calle General Castaños, y
sigue siendo la misma Tula de siempre. Nunca la había visto fuera de la
pantalla, pero con toda naturalidad respondió a mi saludo como si se
tratara de dos viejas conocidas. Inmediatamente me dijo dónde vivía
(cerca del Wellington, menuda suerte) y añadió: "ahora", no sea que yo
me equivocara y fuera a verla a su antiguo domicilio. La misma cara de
niña asombrada sin una gota de maquillaje, nada que ocultar, nadie de
quien ocultarse ni ante quien exhibirse, una más escuchando a José
Manuel Caballero Bonald, eufórica porque sigue haciendo películas (la
última El Tiovivo, de Garci, me contó, con otros que también son santo
de mi devoción, como Juan Jesús Valverde).
Si alguien hubiera exclamado en la Casa de América: "¡Es Aurora,
Aurora Bautista!", todos se hubieran vuelto hacia ella y el interés por
el acto hubiera cambiado de rumbo. No fue así. Si hasta su nombre de
nacimiento lo conserva tal cual, que no necesitó cambiárselo para
triunfar. Aurora Bautista Zúmel. Así nació y así vive. No iba a
cambiarse de nombre La Tía Tula. Declamatoria. Pues vaya.
Imágenes de Aurora
Bautista tomadas de la Web de Festival de Cine Iberoamericano de Huelva.
María
Anunciación Fernández Antón

 
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MARÍA FERNANDA D'OCÓN Y Mª JESÚS VALDÉS, DOS DAMAS DE ROMANCE
 
Madrid, 24 de mayo, 8 de la tarde. El espacio era
ameno, pues se trataba del Casino de Madrid en la Calle Alcalá, foro ya
de cultura y no de juego, donde los libros conviven con la nouvelle
cuisine y demás zarandajas rococó por techos y escaleras (no hay
culpabilidad en ello, que todo esto es cultura, ya lo vamos entendiendo
las masas cerriles) en una armonía difícil pero lograda. Salón Real,
augusta denominación que ya de por sí invita al descanso, tanto más
logrado cuanto que uno asiste al grato evento en calidad de último mono
y así es como debe ser. Lo demás, vanidad de vanidades, dijo El
Eclesiastés.
Ya había allí abundante surtido de académicos (Gregorio
Salvador, muy seco él, de la Lengua; Gonzalo Anes, encantador, de la
Historia) y teatreros (Gustavo Pérez Puig, siempre accesible), algunos
que reunían las dos características juntas (Antonio Mingote, todo
gentileza) y celebridades en general del mundo de la cultura y hasta de
la política (el exalcalde de Madrid José Luis Álvarez, Federico Trillo,
Fernando Suárez, Marina Castaño) como para que una no pudiera tomarse un
merecido descanso entre tanto canapé indescifrable y sopa de ajo de
diseño.
Y por encima de todos ellos, dominando el espacio escénico
como una aureola, las dos damas del teatro español y universal cuya
presencia ya habría bastado, y de hecho bastaba, para llenar y aún
iluminar por sí sola, aquellos salones: María Jesús Valdés y
María Fernanda d'Ocón. Tan era así, que el mayor acierto de los
organizadores del acto era el haberlas convocado juntas a ellas dos como
anfitrionas y madrinas y como reclamo al fin de la fiesta. Dos
auténticas damas de la escena que hacen grande hasta lo más ínfimo.
Porque el evento no eran ellas, eso estaba claro y era evidente que
ellas estaban sólo de adorno y acompañamiento, pero el que las invitó
bien sabía lo que iba a ocurrir y a eso vamos, que cuando pienso que
Jaime Campmany fue crítico teatral en sus inicios periodísticos, doy
saltos de alegría sólo de pensar en el brillante porvenir que me espera.
Pues se trataba, en efecto, de la presentación de un libro del
citado periodista Jaime Campmany, un libro de romances modernos titulado
nada menos que "Romancero de la Historia de España. De Atapuerca a los
Reyes Católicos)", título que nos hace esperar (o temer, según se vea)
una segunda parte para los más de cinco siglos que quedan sin tocar. La
editorial, LA ESFERA. La concurrencia, numerosa. Bien. Hasta aquí todo
de lo más trivial, pues ya sabemos que en Madrid, cualquier tarde a esas
horas, o das una conferencia o te la dan.
Pero el avezado periodista echó mano, en un acto de sagacidad
envidiable por demás, de sus conocimientos y de su experiencia como
crítico teatral, para invitar, so pretexto de que recitaran sus
romances, a las dos damas cuya actuación estelar no sólo le iba a
resultar útil a la hora de realzar la indudable calidad de los
octosílabos sino también para llenar con su sola presencia los locales
del Casino y asegurar de este modo el éxito total del evento y del
libro.
Así, cuando los oradores que escoltaban al autor en la mesa
(Gonzalo Anes, presidente de la Real Academia de la Historia, y Federico
Jiménez Losantos, de la COPE) concluyeron su papel de oficiantes
padrinos, cuando a los parabienes y felicitaciones de los padrinos se
sumaron las palabras del propio autor agradeciendo la presencia allí de
todos, se concretó la sorpresa largamente anunciada de las dos actrices
madrinas intervinientes, y fue sólo entonces cuando las dos damas,
sentadas hasta entonces entre el público asistente, subieron al estrado
para recitar.
En ese momento María Fernanda D'Ocón tomó por su cuenta el Romance
de Florinda La Cava y el rey Don Rodrigo, no el que escribiera aquel
poeta anónimo del XV sino el del libro de Campmany, y le añadió todo el
ardor guerrero y pasional que ella es capaz de crear para tales
personajes sobre un escenario. El escenario que sea. A continuación fue
el turno de María Jesús Valdés y con ella en el estrado, La Jura de
Santa Gadea, que tan mal deja al gran rey Alfonso VI, pareció que
suavizaba, al conjuro de su voz, las rencillas entre reyes y nobleza.
Las dos cosecharon enormes aplausos y lo único que puedo desear es
que cunda el ejemplo y que se repita el caso. Ojalá que para cualquier
evento se contara con las gentes del teatro porque seguro que ellos
sabrían poner, con sus actuaciones, el punto de reflexión en medio del
desbarajuste que suele reinar en las reuniones y "saraos" culturales en
general. Y quién sabe si ello acercaría a las gentes al teatro
haciéndolas acudir más tarde a las salas.
Nota: Mientras escribía este artículo, la autora tuvo que hacer
grandes esfuerzos para que no le salieran pareados.
María
Anunciación Fernández Antón

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TIRANO BANDERAS SERÁ
HÉCTOR COLOMÉ Y NURIA GALLARDO, LA MUJER
No podían haber encontrado a otro
mejor, no podían haberse ido a fijar en uno que mejor encarnara sobre
las tablas la figura del tirano que inmortalizara para el teatro el
genio de Ramón María del Valle-Inclán.

Cuando me lo dijeron tan sólo hace unas horas, en la sala
Manuel de Falla de la SGAE, y el propio Héctor Colomé estaba
presente allí mismo, en carne y hueso de actor, comprendí que el papel
estaba hecho para él. Que él llevaba toda la vida esperando a ese Tirano
y que ese Tirano sudamericano lo estaba esperando a él a lo largo de los
años (más de un siglo) para apoderarse de su sustancia humana, que, en
el caso de un actor, sólo puede estar hecha "de la misma materia de los
sueños".
Me basaba en todo lo que de él he visto, en cine, teatro y
televisión, pero, pero sobre todo en lo que su persona tiene ya de
emblemático para mí, que inevitablemente lo veo pisando la escena hasta
cuando va por la calle. O cuando come gambas, como esta mañana. Es
decir, no sé nada más de él, ni su edad ni su vida privada me
conciernen, todo en él me es ajeno excepto el recuerdo de verlo actuar.
Y sus papeles, todos, hacen honor a lo que digo.
¿No hizo acaso hace años en el Teatro de la Comedia el inolvidable
Basilio, aquel desgraciado rey de Polonia y padre de Segismundo en La
vida es sueño, que sentado en aquel imponente trono dorado tan bien
ilustraba, con su perfil de águila y su voz de piedra, todas las glorias
y miserias del poder?
Por entonces debía de ser muy joven Héctor Colomé, mucho más
que ahora quiero decir puesto que ya hace casi diez años de aquella
representación. Sin embargo, qué empaque, qué presencia escénica tenía
ya allí y qué manera de actuar que dejaba pequeño el escenario, abrumado
aquel padre por la horrible carga de tener que encerrar al hijo
amadísimo en una torre. O dejarse matar por él, como anunciaron los
terribles hados. Qué madurez entonces como actor, lo que da que pensar
qué hará ahora cuando, más maduro, se enfrente a Tirano Banderas.
Como yo siempre hablo de las clases populares a las que
pertenezco, tengo que decir que su papel en la serie de TV recientemente
concluida "Luna Negra", salvó muchos días del tedio a los sufridos
telespectadores de todas las edades, incluida la llamada tercera edad.
Su figura de malo malísimo a más no poder, junto con la de María Luisa
Merlo que hacía de moderadora, salvaron los últimos días de una serie
que, devorada por el éxito inicial, se extendió hacia el final de sus
días en más capítulos de la cuenta.

Recientemente me tocó hacer la crítica de Noche de Reyes sin
Shakespeare, de Marsillach, que en el María Guerrero dirigía su
viuda (de Marsillach) Mercedes Lezcano. "Toda la obra es Héctor Colomé",
dije entonces. "Su presencia, su gesto, pero sobre todo su voz, sirven
la obra por entero, llenan la escena y es lo único que allí significa".
Me parecía crueldad con el resto de la plantilla y con la directora
misma, pero era la pura verdad. No podía decir otra cosa que lo que
había visto desde la platea.
Pero no creo que vaya a suceder ahora lo mismo, porque en
este caso su partenaire femenino será nada menos que Nuria Gallardo,
la inolvidable Tamar calderoniana (La venganza de Tamar) que
tuvimos ocasión de presenciar hace pocos años en el Teatro de la
Comedia. Fue un escándalo su desnudo, que casi impidió que se hablara de
su buen trabajo, algo que ya era de sobra conocido. Está igual de guapa,
pero mucho más hecha como actriz. Sus actuaciones destacadas, igual que
las de Colomé, llenarían varios folios como éste. Baste decir que es una
actriz que abarca todos los registros y todos los géneros: Lope de Vega,
Chéjov, Pessoa... Y que como sucede con Colomé, el teatro en su vida es
parte sustancial e inseparable del conjunto.
La obra, producida por el también actor Tomás Gayo, empezará a
rodar en octubre por provincias para aterrizar posteriormente en Madrid,
ojalá que coronada por el triunfo. Quiero nombrar también a mis amigos
los actores Cipriano Lodosa, Chema Muñoz, Ismael Elejalde, Julio
Escalada, Carlos Santos, Mundo Prieto y Ángel Burgos, a los que conozco
muy bien porque acaban de actuar en La Serrana de la Vera, El
Caballero de Olmedo y La Celosa de sí misma.
María
Anunciación Fernández Antón

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PACO MERINO: EL MEJOR EN SU PUESTO

Siempre me ha gustado el apellido Merino por lo que tiene de relumbrón
medieval y en este sentido no he conocido a nadie, ni actor ni no actor,
ninguna cara que para mí mejor represente ese relumbre tan especial al
que me refiero, que Paco Merino. No sé si él estará de acuerdo, hablo de
mí.
Será que lo vi por primera vez haciendo de bachiller
cervantino en Las gallinas de Cervantes. Que más tarde lo vi atendiendo
una venta de ruidosos arrieros entre los que muy bien podrían
encontrarse los dos locos geniales de La Mancha. No sé. Lo cierto es que
Paco Merino sigue teniendo para mí, a día de hoy, la cara del posadero
afable, la apariencia gratísima del animador incansable de mesones
castellanos y fogones medievales.
Será, en fin, por todo eso y por lo que no es eso, y
porque al conocerlo personalmente no se ha alterado un ápice mi
apreciación inicial sobre su natural compechanía y gallardo sentido
común, por lo que siempre me lo imagino poniendo orden y cordura en el
plato y en los ademanes de sus huéspedes, sean éstos los más levantiscos
de la gran venta del mundo. Y ello siempre con una palabra afable y un
vaso de buen vino. Un humilde vino que en sus manos es... ¡manjar de
dioses!
A Paco Merino lo tenían que nombrar embajador de buena
voluntad para que acudiera a resolver los conflictos allí donde tuvieran
lugar, armado siempre por todo instrumento del jarro desportillado y
generoso, con la seguridad de que lograría conciliar, sólo con unas
pocas palabras "verdaderas", sabias y prudentes, a los enemigos más
encarnizados. Hacen falta muchos Paco Merino.
Los ojos negrísimos, redondos como platos de puro asombro
ante la vida y ante las cosas, siempre dispuestos a elevarse al cielo (o
a volverse hacia sí mismos) para volver de inmediato a la tierra con una
frase sensata cargada de humanismo, con una ponderada ironía llena de
saber popular y de bondad con que repartir -y departir- a manos llenas.
La palabra bien pronunciada y sabia que ilumina de repente, como un
cortocircuito, la mayor de las confusiones en la vida y sobre las
tablas.
Porque eso, esa sabiduría ancestral que para mí lo hace
brillar sobre el común de los mortales en cualesquiera foros donde se
encuentre (hace nada en la Casa de Galicia celebrando la Festa do Galo
do Curral), no quiere decir que nuestro personaje se sitúe por encima de
sus semejantes. Muy por el contrario, sabe Paco Merino mirar a la cara a
sus interlocutores, sean de la talla que sean, y comunicar con ellos,
por medio de una honestidad y una intensidad envidiables, esos
sentimientos que con tanta hondura sabe buscar en su interior.
Mesonero humanista de venta cervantina. Tal vez incluso
podría ser el mismísimo Sancho, un hombre capaz de embarcarse en
cualquier locura no por sí, que él está bien donde está y no requiere
nada más, sino porque un amigo del alma se lo solicita. Nunca queriendo
ser Quijote sino tratando de hacer bien el papel a él encomendado, el
más humilde servidor sea cual sea la servidumbre a él destinada. Nunca
perdido en las nubes de la nostalgia o de la fantasía de lo que pudo ser
sino bien plantado en el suelo a la manera del más humano rechoncho y
lleno de sentido común que han visto los siglos: Sancho mismo.
Personaje secundario como él pero siempre perfecto allí
donde esté, el más necesario en su papel, indispensable para que los
demás funcionen y brillen. El que no ataca nunca en primer lugar, pero
que si le atacan, sabe defenderse como nadie, con el dardo de la palabra
clara que da siempre en la diana certera. El que sabe mostrarse fiero
cuando las circunstancias lo requieren, sin perder nunca por ello la
educación ni la dignidad. El que a la zafiedad ambiente, opone el
humanismo de su humilde sensatez.
Así es como yo veo a Paco Merino, un actor al que admiro de
lejos, sin conocerlo apenas. No sé nada de su vida privada, no sé ni su
fecha de nacimiento ni falta que me hace. Sólo sé lo que he visto con
mis ojos y lo que traen los diccionarios, que es escueto pero rotundo:
A los treinta años abandona un trabajo seguro en la banca (al
menos era seguro hace 30 años) y se dedica, por suerte para nosotros, al
teatro. Emprende así una larga carrera de éxitos que han hecho de él uno
de los actores españoles de más renombre, pero sobre todo uno de los más
apreciados y queridos por el gran público a causa de su gran
sensibilidad. Entre sus obras dramáticas, cabe destacar: Los gigantes de
la montaña, a las órdenes de Miguel Narros, La detonación, con José
Tamayo. Para el Centro Dramático Nacional representó El Proceso, a las
órdenes de Gutiérrez Aragón y Noche de guerra en el Museo del Prado,
bajo la dirección de Ricard Salvat. Vino después La vida es sueño,
dirigido por José Luis Gómez, La salvaje, por José Osuna, Pluto, por
Juan Diego, Mata-Hari, por Marsillach, Luces de bohemia, por Lluis
Pasqual, Coriolano, por Richardson...Y un largo etcétera que no se agota
en una cuartilla y que se prolonga hasta hoy con numerosas películas a
las órdenes de directores españoles (Pilar Miró, Carlos Saura, Juan
Miñón Trujillo, Martínez Lázaro, Víctor Erice, Carlos Berlanga, Fernando
Colomo...), así como numerosos trabajos en televisión.
Pero además Paco Merino ha conseguido ser querido por el gran
público (se abren sonrisas de simpatía al nombrarlo en cualquier
espacio) y, algo rarísimo, es respetado por sus compañeros y no tiene
enemigos dentro de la profesión. También ha sabido conectar con las
nuevas generaciones para las que es un maestro del buen hacer y del
saber estar. Lo admiran al margen de escuelas y tendencias porque saben
que donde él está, está como nadie. Que esa calva y esa expresión tan
trabajadas encierran toda la sabiduría y la experiencia de los grandes
actores y esos ojos asombrados guardan toda la inocencia preservada de
los segundones, un epíteto que él dignifica y que también nos lleva de
nuevo a la Edad Media, a una casta a la que pertenecía nada menos que El
Cid.
Porque no es Paco Merino el que manda en el escenario
generalmente, casi nunca lo es, pero tan bueno es en lo suyo, que
podemos estar seguros de que donde él está, es insustituible. Que cual
sea el papel que desempeñe, el más ingrato, lo bordará, y eso es lo que
el público de hoy sabe apreciar. Un hombre que es él y sus
circunstancias en la escena del mundo y que vive y trabaja sin empeñarse
en ser lo que podía haber sido si las circunstancias hubieran sido otras
y no las suyas. Toda una lección de buen hacer desde su rincón. La
sabiduría de Sancho.
Pueblo de León en medio del Camino de Santiago.- Las mujeres
se quedan extasiadas ante la pequeña pantalla que ilumina la sobremesa
aldeana. Fuera soplan vientos otoñales: "-¡Qué suerte tiene esa señora,
haber conocido a ese hombre tan bueno! ¡Y siendo viuda, la pobre!",
exclaman casi al unísono varias de aquellas mujeres, casi todas viudas.
El hombre bueno de la serie Calle Nueva, que Televisión
Española emitía en la sobremesa hacia finales de los 90, era Paco Merino
y, sí, verdaderamente la viuda aquella había tenido una suerte loca. Una
suerte enorme al encontrarse a Paco Merino en medio de las
tribulaciones, con el berenjenal de familia que le había quedado al
morir su esposo. Porque el bueno de Paco Merino, aparte de consolar a la
pobre viuda, era el encargado de poner calma y sosiego en medio de aquel
río revuelto donde todos eran malos malísimos, mucho más de lo que
parecían. Verdaderamente... ¡Qué habría sido sin él, sí, de aquella
pobre viuda! La cosa daba mucho que pensar. Verdaderamente.
Poco después tuve la suerte de conocer a Paco Merino en
persona, fuera de la pantalla y aún de los escenarios. Estábamos en la
SGAE celebrando la salida del libro de su amigo, el también actor Juan
Jesús Valverde (Los pasos de un actor, ed. Ariel) y allí se me mostró
tal como es él en la vida real. Cosa curiosa, me encontré con un Paco
Merino idéntico al de la serie, igualito al personaje cuyo nombre ya he
olvidado. ¿Para qué iba a recordarlo si eran idénticos? Con prontitud
inusitada, me dirigí a él en pleno brindis por el libro:
-Que dice mi madre que es usted buenísimo, una buenísima
persona. Lo ve a usted todas las tardes.
-Pues póngame a los pies de su señora madre -repuso Paco con
voz pausada, la misma que tenía en la dichosa serie. Empecé a pensar que
no era tan vergonzante ver esas series, sobre todo si en ellas salían
personajes como Paco Merino.
Efecto de la copa, me atreví a pedirle también una foto, que
se retratara conmigo a lo que accedió, y fue la actriz Amparo Clíment
quien ofició de fotógrafa (todavía no le he devuelto el favor). Así
podría yo demostrar en mi pueblo, a todo el que lo pusiera en duda, que
lo conocía. Que me codeaba yo en los madriles con tan ilustre personaje.
Que rabiaran las viudas.
A través de Juan Jesús Valverde, vecino de Los Austrias, acudí a verlos
representar Trampa para un hombre solo, en el Teatro Muñoz Seca. Cosa
curiosa, Paco Merino hacía un personaje que ni pintado para él.
Secundario y perfecto. También por entonces hizo en el Círculo de Bellas
Artes aquel monólogo de Salvador Enríquez, El hombre que no vio el mar,
y lo bordó.
¿Será que Paco Merino tiene la virtud de hacer que todos sus personajes
se le asemejen? ¿Y que tan grande es su apropiación de ellos, que lo
logra? Yo creo que los trabaja tanto, que no para hasta identificarse,
hasta hacerse él con ellos y ellos con él. Que se los aprende de memoria
a través de un enorme trabajo sobre el texto. Es posible y hasta seguro,
algo que, de ser así, compartiría con Saza, por ejemplo. No sé. Siempre
le he visto magistral en sus papeles sin ser éstos excesivamente
importantes y creo que el secreto no es otro que el trabajo minucioso y
constante. De compromiso total con su quehacer.
A vueltas con mi manía medievalista, voy al diccionario:
Merino es, según el Diccionario Etimológico Corominas, "la autoridad
puesta por el rey o un gran señor para ejercer funciones fiscales y
posteriormente judiciales y militares sobre cierto territorio." Pero
también: "perteneciente a la especie mayor (maiorinus) en cualquier
materia, aplicado en la Edad Media a las autoridades". Todo me da la
razón.Y hasta Merino Mayor había, lo cual es una redundancia, puesto que
Merino (maiorinus) ya lo significa de sí y por sí, por contraposición a
otros. Un cargo que dio lugar a un topónimo que aún pervive en Castilla
la Nueva: Merindades. Haría en esto también Paco Merino honor a su
apellido. Sería el Merino Mayor. El mejor en su puesto.
María
Anunciación Fernández Antón

 
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AGUSTÍN GONZÁLEZ
es uno de los pocos actores de los que se puede decir que llena el
escenario

Agustín González es uno de los pocos actores de los que se
puede decir que llena el escenario, la pantalla o el cartel donde le
pongan, con su sola presencia. Uno de los pocos, escasísimos en su
oficio, de los que se puede decir que estando él en el reparto, uno no
se va de allí con las manos vacías. Por mala que sea la obra. Por mucho
que no haya nada que salvar de ella, de su argumento, de su temática, de
sus métodos, si está Agustín González... ¡Ah, me quedo!
Son palabras mayores cifradas en un nombre y en un apellido
de lo más vulgares (perdón por la licencia, una misma lleva el sufrido
Fernández), lo que significa que en cada una de sus actuaciones Agustín
González fue dejando indeleble su huella y marcando con ella lo más
profundo de nuestras memorias hasta hacer de su nombre casi una marca
registrada. Y uso La palabra 'memorias' en plural porque me consta que
no es sólo a mí, ni siquiera a unos pocos aficionados a quienes su
figura conmueve, sino que sus actuaciones y su persona forman parte ya
de eso tan abstracto pero tan bien entendible que venimos llamando
memoria colectiva.
Para decirlo con palabras del crítico Andrés Arconada,
Agustín siempre sale ileso de sus actuaciones, no hay ni una sola en que
él no se salve por malo que sea el papel encomendado. "Agustín, eres un
asco, no se puede decir nada malo de ti", rabia amistosamente el
crítico.
Pero este salir ileso debe extenderse también a la vida
privada, porque es imposible encontrar a alguien, ni siquiera un
compañero de fatigas que te pueda proporcionar una mala crítica, una
malicia sabrosa de esas que tanto gustan y que dan para reírse un rato
entre colegas de oficio, mucho menos un chismorreo malintencionado sobre
Agustín González. Un hombre tímido, afable, muy currante, con un gran
sentido del humor y que hasta canta flamenco y zarzuela. Canta zarzuela
y flamenco y la canción que se oye al principio de El Verdugo lleva su
voz. Con estas condiciones un actor sólo puede serlo de arriba abajo.
Empezó muy temprano en el teatro y aunque el éxito le llegó
con Escuadra hacia la muerte, de Alfonso Sastre, a las órdenes de Luis
Prendes en el Teatro Beatriz, ya había debutado antes en el Teatro
Español con Tres sombreros de copa, de Mihura, a las órdenes de Gustavo
Pérez Puig. A este Teatro ha seguido unido hasta el momento, pues la
temporada pasada actuó en el reparto de El alcalde de Zalamea. No era el
papel principal, sólo un militar aquejado de gota que deseaba poder
encontrar posada y descansar castellanamente, pero aquel dolor en la
pierna de Agustín González quedó inmortalizado para siempre.
En este Teatro Español representaría la obra que lo consagró
definitivamente: Las bicicletas son para el verano, de Fernando
Fernán-Gómez (la película también, sí, pero sobre todo la obra de
teatro). Sobre este escenario dio entonces Agustín la medida precisa y
exacta de lo que es un genio. Un papel dificilísimo para el que, por
seguir con el citado crítico Arconada, "hay que ser muy hombre para
hacer bien ese papel, no basta con ser buen actor, hay que ser además
muy hombre."

En sus muchos años en el Teatro Beatriz recreó obras y
compuso en ellas personajes inolvidables, tanto españoles como
extranjeros, que forman un corpus envidiable capaz de dejar con la boca
abierta al más plantado y en el que Agustín González siempre estuvo
magistral: Luces de bohemia, de Valle-Inclán, Sopa de pollo con cebada,
de Wesker, Todos eran mis hijos, de Miller, y un largo etcétera que no
está en mi propósito agotar. También ha triunfado en el cine y en la
televisión.
Muy recientemente aún, lo he visto hablando en público: era
en el salón de cristales del Ayuntamiento de Madrid, donde presentaba (o
mejor 'representaba' porque todo él es representación en el más puro
sentido de la palabra) la XXV Semana de Cine Español en Carabanchel, que
lo ha nombrado padrino de honor y le premia con la entrega del Puente de
Toledo. Contó anécdotas, habló de su afición a los toros, de las tardes
pasadas en la de Vista Alegre, nos tuvo con la boca abierta, de pie y
cansados como estábamos, sin permitirnos el más mínimo bostezo. Eso es
un actor, que encanta sobre todo por su sencillez.
Cómo sube al escenario, cómo se lo piensa antes de
hablar, cómo agacha la cabeza como buscando las palabras que no vienen,
cómo carraspea. Yo que odio los carraspeos, me quedo extasiada
esperando: ¿Pero no va a decir nada más? Agustín, por favor, di más, que
esta gente se merece tu palabra. Y la están esperando. Hay que rogar
para que, una vez arrancado, no nos deje así. Que no tenemos prisa con
tal de seguir oyéndote, Agustín González.
Fotos: Cedidas por los
organizadores de la XXV Semana de cine español en Carabanchel
María
Anunciación Fernández Antón


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