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QUIQUE CAMOIRAS: UN CHICO DE LA
CRUZ ROJA
Me pareció oportuno titular con "Un chico de
la Cruz Roja" esta semblanza porque Quique Camoiras, el actor que hoy, 18
de abril de 2007, a las 11'30 de la mañana, anuncia en rueda de prensa
celebrada en el Teatro Príncipe de Madrid, su retirada, está muy ligado de
siempre a esta institución y tiene entre sus títulos y distinciones
honoríficas, la Medalla de la Cruz Roja Española, ganada por sus muchos
trabajos en este sentido, colaborando en funciones benéficas en teatros,
en hospitales y allí donde fuera requerido. Un chico de La Cruz Roja, por
tanto, aunque él matiza en seguida, y al quite de la ocurrencia mía, allí
presente en la rueda, que "el que hizo la película fue mi hermano Paco, no
yo. Y menuda suerte tiene el tío, que todavía cobra derechos. Cada año, el
Día de la Cruz Roja, se planta la peluca, se echa a la calle y a cobrar."
O sea, que en la familia son varios los
dedicados al arte de hacer reír.
Esto de la familia es tan sagrado para Quique
Camoiras, que por eso se retira, para poder dispensar a sus nietos las
atenciones que, dice, no pudo dispensar a sus hijos a fuerza de tener que
trabajar para mantenerlos: "Aquello sí eran trabajos. Seis meses fuera de
casa, de tournée, sin ver a los hijos, cada año lo mismo. Cuando ellos
tenían vacaciones, me los llevaba conmigo, pero empezaba el colegio y
vuelta a no verlos, no quiero que me pase lo mismo con los nietos. De mi
nieta, sobre todo, quiero disfrutar viéndola crecer y que ella me vea a
mí."
Además, Quique Camoiras no queda, digamos,
desprovisto al dejar de actuar, como quedaría de ser un jubilado
cualquiera, que es lo que en realidad está deseando ser, pero no puede: Él
es empresario y, como trabajador inquieto que siempre fue, se ha
especializado en compatibilizar oficios varios, por si la suerte se ponía
de espaldas.
"Trabajé en el Teatro Español con Aurora
Bautista (haciendo Calderón de la Barca) y compatibilizándolo con un show
en Pasapoga. No era correcto políticamente hacer esto, hasta que dijeron:
¿Por qué no? En El Español hice también "El avaro", de Molière, con
grandísimo éxito de crítica y público, a dos funciones diarias todos los
días. Todos los días, ¿eh?"
De hecho, la enumeración de sus trabajos y sus
años como actor asombra: "Estuve 12 años seguidos en el Teatro de La
Latina, temporadas de 8 y 10 meses; luego 9 más en el Cómico (ahora un
supermercado, en Delicias) cuenta el que todavía hoy rebosa vitalidad."
Y ya puestos a recordar: ¿Quién no recuerda al renombrado DON ARMANDO
GRESCA? Pues era Quique Camoiras.
Así que, para trabajos, mejor hablar de los de
antes: "Es que ahora -se explica Quique Camoiras- yo me quedo "asombrao".
Que empiezas a las 8 y a las 10 y media ya estás en tu casa, si me dicen a
mí que esto iba a llegar, cuando lo de librar un día costó sangre y
lágrimas a algunos... Hicimos una plantada para conseguir un día libre,
uno a la semana, siguiendo con las dos funciones diarias, y muchos no la
apoyaron porque decían que eso era imposible, si es que yo durante años no
paré ni un día. Así que ahora me parece que esto es como estar de
vacaciones. Dos funciones diarias hacía yo, más ensayos, y encima a las 8
de la mañana, ¡a trabajar a mi oficina del Ministerio!, que yo he sido
funcionario toda mi vida, compatibilizándolo, claro está, con lo de
actor."
Es evidente que este hombre es una mina.
¿Cuándo dormía? Y todo por la familia. Sí. Para que no tuvieran que pasar
las penalidades que él pasó.
Pero el público para un cómico es lo primero,
y por eso Quique Camoiras se despide con una obra que haga reír de una
manera inolvidable: Y ESTE HIJO... ¿DE QUIÉN ES?, de Adrián Ortega, porque
dice: "Quiero que me recuerden como actor y sobre un escenario. Mi último
homenaje lo quiero sobre las tablas".
En la mesa que preside para anunciar su
despedida, lo rodean los compañeros de reparto, uno de ellos es Vicky
Lusson, hija de su eterno compañero de tantas escenas cómicas Alfonso
Lusson. Se llena de nostalgias hablando de los años sobre las tablas y de
los actores y directores que había entonces: Lina Morgan entre los
primeros, Muñoz Román y Colsada entre los segundos:
-No he visto hombre más activo y polifacético
en toda mi vida-, dice uno de sus acompañantes en la mesa, Alberto Agudín.
-Porque no conociste a Muñoz Román -contesta
rápido Quique Camoiras-. Aquello ya eran eran directores. Ni a Colsada,
que tuvo 13 compañías a la vez y que abarcaba todos los géneros. 13
compañías, se dice bien y pronto, cuando los Paso tenían, el que más, 3.
¡Pero es que 13! Se dice pronto, no ha habido igual. A ése tampoco se le
ha hecho justicia, mira. Ni a Muñoz Román. Que ése sí que era ensayar, que
había noches que nos daban las 4 ensayando, porque ése era de los que como
dijera que la botella tenía que estar aquí, y medio llena, pongo por caso,
que no se la tocara nadie. Y quien dice la botella, lo que fuera. Él lo
quería todo perfecto, y en lo que no lo lograba, no nos dejaba descansar.
Así llegaba yo al Ministerio, roto, y me dormía en el guardarropa, una
cabezadita encima de las chaquetas. Se llevaba entonces chaqueta, para no
desgastar los codos de la de uno, la buena, y cada cual tenía la suya. Así
que llegaban, ya les oía yo decir en sueños: "Ya me han cogido la
chaqueta". Y yo, sin decir ni mu, planchando la oreja en las chaquetitas
hasta que llegaba el jefe de negociado.
-Él es igual de perfeccionista que Muñoz Román
-sentencia otro de los actores que van a acompañarlo en la obra, José Luis
Gago. Nos reímos y él, entusiasmado a la vez que preocupado, sigue:
-Y quiero pediros perdón por eso. Soy
demasiado exigente. (Todos protestan y con razón, cuando es de agradecer
el que te corrijan, sobre todo si lo hace un maestro). Para un actor,
actuar no es trabajo, es vocación. A mí no me gusta hablar de trabajo. Yo
subo al escenario a pasarlo yo bien y a hacerlo pasar bien. Si no, para
otra cosa no salgo.
Sobre las motivaciones de la obra que ha
elegido para su despedida de los ruedos (perdón, de las tablas), dice:
-Escogí esta obra porque me gustó al
considerarla afín a mi temperamento artístico. Ahora bien, yo la he
adaptado de tal manera que, si el autor levantara la cabeza, no la
reconocería.
VAMOS CON LOS DATOS MÁS CONOCIDOS DE LA
BIOGRAFÍA DE ESTE GENIO, QUE ES LA DE DE LA REVISTA Y LOS ESPECTÁCULOS DE
VARIEDADES DE NUESTRO SIGLO XX
Nace Quique Camoiras en Madrid, de una familia
modesta (tal vez ahí le venga esa afición al trabajo, inagotable) y desde
pequeño destaca por sus actitudes para las artes. Con su hermano forma
pareja de lo que se llamaba por entonces "clownws musicales": Hacían de
bomberos toreros, por ejemplo, en las plazas de toros y en el circo. Creo
que así comenzó también alguna de las grandes figuras del toreo, como
Espartaco, haciendo de payaso torero por las plazas, actuando en un show
burlesco siendo aún niño, lo que más tarde le permitiría tener su
oportunidad en los ruedos (Digo esto aquí por si nunca tengo oportunidad
de decirlo en un periódico taurino, y por que los lectores se hagan una
idea de cómo debía de ser un show de éstos).
Aprende a bailar claqué, también hace la
carrera de piano... Y sin dejar de trabajar con su hermano Paco, pasa a
llamarse "El gran Quiqui" en el tiempo glorioso de los espectáculos de
Variedades. Compatibiliza su trabajo con el de funcionario hasta que un
día da el gran paso: dedicarse en cuerpo y alma a hacer reír al público.
En los años 50 el espectáculo era la Revista.
Ahí trabajó como galán cómico aprovechando su juventud y su gracia para
"pasar la batería". Muñoz Román, empresario de leyenda de la Revista, le
hizo triunfar en el Teatro Martín.
En 1955 conoce a Adrián Ortega padre y
comienza a trabajar con él en la revista "Mujeres odiosas", donde también
trabajaba Lina Morgan. El invento se prolongó 3 años y a esa revista
siguió otra, hasta que el maestro Cabrera, gran autor, compositor y
empresario, le ofreció ser el primer actor de su Compañía de Revistas.
Poco después apareció en su vida Matías Colsada, el más importante
empresario de revistas del siglo XX. Con él estuvo como primer actor y
director casi 14 años, siendo el titular del Teatro La Latina 12 años
consecutivos.
En el año 80 pasó a trabajar en el género que
más le gustaba, la Comedia. Antes de fundar su propia compañía Comedias
Cómicas, trabajó en el Español, como queda dicho más arriba.
En el 82 debuta en el Teatro Cómico, hoy
desaparecido, y en él estuvo, excepto 18 meses en el Teatro Fuencarral,
hasta 1991: Don Armando Gresca, Ponte el bigote, Manolo, El tonto es un
sabio, Qué solo me dejas... son títulos representativos que todavía
resuenan como éxitos.
Todo esto, que hoy puede parecer un milagro,
no evitó que también hiciera una treintena de películas: La corte del
faraón (Concha de plata en San Sebastián), Tú estás loco, Briones,
Juana
la Loca de vez en cuando.
En salas de fiestas, como el desaparecido Lido,
o Pasapoga, compatibilizó su trabajo con el teatro. Montones de programas
de televisión. Series para la primera como La Revista; o Los Poyatos, para
tele 5. En total, más 40 revistas, 12 comedias, giras por toda España.
Calcula que más de 10 millones de personas lo han visto.
María
Anunciación Fernández Antón

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PILAR MIRÓ: NADIE ME ENSEÑÓ A VIVIR
No era una actriz, aunque alguna vez se puso
ante las cámaras, sino una directora de cine y de teatro, aunque en éste
pocas veces obtuviera el éxito anhelado. Ironías del destino, su mayor
éxito teatral fue una película y su mayor éxito cinematográfico, la
filmación de una boda. Pero el personaje interesa por muchas otras
vertientes (políticas, laborales, afectivas) y ya en sí mismo es una obra
dramática que lleva el sello de toda una época (la España de la transición
democrática), y ello no sólo en cuanto al cine y al teatro se refiere sino
también en cuanto toca a la televisión, que entonces empezaba, y en todo
lo referente a la vida misma, en su diario discurrir, de alguien que
intentaba abrirse camino con los dientes. Por eso tiene sentido sacarla en
esta sección donde llamamos ¡A ESCENA! a los más grandes que por ella han
pasado.
La vida de Pilar Miró que ha escrito Diego
Galán (Nadie me enseñó a vivir, Plaza y Janés) es un verdadero
thriller. Así se lee y así debió de ser, tanto en el arte y en el
trabajo como en el amor y en la amistad, no es de extrañar que su corazón
estallara en múltiples ocasiones antes de pararse definitivamente agotado.
Siempre necesitaba empezar algo nuevo, nunca estaba satisfecha con una
sola cosa entre las manos: Si lo anterior había sido un fracaso, para
olvidarlo; y si por el contrario había sido un éxito, para no dormirse en
los laureles y aprovechar el tirón. Y no hacía esto por ambición, es que
ella necesitaba proponerse nuevos retos a cada paso como en una
apasionante y apasionada huida hacia adelante.
En el amor era lo mismo: Nadie que despertara
en ella una chispa dejaba que pasara de largo y pocos, muy pocos, se le
resistieron. Siempre necesitaba amor y por otra parte, no podía detenerse
en nada ni en nadie, se quejaba de la cobardía de los hombres que,
amándola, no se decidían, pero lo cierto es que ella era muy exigente en
lo personal y en lo laboral, tenía que mantener vivo y activo su débil y
quebradizo corazón. Que no se le ocurriera detenerse, pues siempre había
amigos y enemigos a los que atender con amor o con odio, con gratitud o
con venganza.
¡Qué mujer esta que llegó a ser llamada John
Ford con faldas! Para ella todo era una película o una obra de teatro,
valga como ejemplo el episodio de la cena con Gabo (García Márquez)
durante la cual, temiendo Pilar que se aburriera, obligó al resto de los
comensales a rotar a su lado sin que él entendiera a qué se debía aquel
baile de cubiertos que nunca se detenía más de 10 minutos.
De niña, era tan mala como Ana Torrent en
Cría cuervos, de Antonio Saura, a quien también admiró y con quien
polemizó, así como con Marsillach, por poner un ejemplo teatral de gente
que se admira y se ama pero que por incompatibilidad de caracteres, no
pueden seguir trabajando juntos. ¿Verdad que es todo muy teatral? Pues así
era en carne viva (nunca mejor, ya que se la jugaba en cada lance) según
el libro que tengo entre manos y que no me canso de releer, qué pena no
haberla conocido en persona.
La muerte, sin embargo, la sorprendió a solas,
en su propia casa, en un descansillo de la escalera que en aquel momento
descendía, y aunque había gente en casa (su hijo Gonzalo trató de
reanimarla por todos los medios cuando la encontró caída), ya no volvió en
sí. Tenía 59 años y había dirigido decenas de películas, documentales,
teatro... Y había sido, en fin, directora general de Cinematografía y
directora del ente público de RTVE, cargos que había aceptado por
compromiso político con los chicos del PSOE y que le trajeron más
disgustos que cualquier obra dramática, no sabía en qué se metía la muy
ingenua. O la muy vanidosa, depende.
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Las relaciones de Pilar Miró con el teatro
fueron también de todo menos tranquilas: A instancias de José Antonio
Campos, dirigió ópera para el Teatro de la Zarzuela (Carmen, a
quien ella dio un vuelco con un nuevo giro escenográfico, pero que se
estrenó con gran estruendo de fracaso, después del escándalo de El
Crimen de Cuenca que todavía coleaba pues le había valido un juicio
ante un tribunal militar, con innovaciones que el público conservador de
los abonos no le perdonó, por lo que fue insultada con verdadera crueldad
la misma noche del estreno y aún después), comedia (sobre todo las de Lope
de Vega, que le parecían un prodigio de actualidad: El anzuelo de
Fenisa, por ejemplo, que representaba, de hecho, su ideal de mujer que
ella era incapaz de incorporar en su vida práctica: la mujer que vende
humo a los hombres y se queda con todo lo que ellos tienen dejándolos
desplumados y burlados) y, sobre todas ellas, llamaba su atención La
verdad sospechosa, de Ruiz de Alarcón, que dirigió por la época en que
ella misma no era creída por los jueces por más que dijera la verdad sobre
la compra de trapos. De ahí que le cautivara la frase desesperada de Don
García en la obra de Alarcón: "¿Es posible que diciendo la verdad nadie me
crea?"; también dirigió Estudio 1 (Como las secas cañas del
camino, de Martín Recuerda, muy polémica por unas frases que ofendían
a los de Murcia), la ópera Sigfredo en Estalingrado, que no
triunfó, y la que triunfaba en Nueva York y Londres, Hijos de un dios
menor, de Mrak Medoff, que tampoco obtuvo el éxito que las
expectativas levantaban y que ella esperaba con tanta fuerza. Se trataba
de un texto difícil en que un profesor (Emilio Gutiérrez Caba) se empeñaba
en hacer hablar a una sordomuda. El propio actor abandonó el proyecto ante
las dificultades de todo tipo y por la inflexibilidad de la directora
quien, no obstante, no dudó en llamarlo más tarde para otros papeles.
Por todo lo cual, irónicamente, hacia el final
de su vida comentaba: "Es extraño que mi mayor éxito teatral sea una
película y que mi mejor película sea el reportaje de una boda real." Se
refería a El perro del hortelano, de Lope de Vega, que arrasó en
las taquillas con Carmelo Gómez y Enma Suárez, y a la boda de la Infanta
Elena. Después vendría la de la infanta Cristina, en Barcelona, otro éxito
para cuya dirección fue elegida por el mismo Rey, a quien había conocido
en la Facultad de Derecho y cuyos discursos de fin de año también había
dirigido de modo exigente, algo con lo que el monarca estaba encantado.
Curiosamente, su primer trabajo en TVE lo consiguió gracias a una
influencia de Blas Piñar, todo es curioso y divertidísimo en un libro que
no tiene desperdicio y que como digo, se lee como un thriller.
Efectivamente por solicitud del Rey Juan Carlos, había dirigido las
transmisiones de las bodas de sus dos hijas, una desde Sevilla y otra
desde Barcelona, y en ambas ocasiones fue felicitada por ello. En ambas,
el éxito obtenido fue mundial, pues las vieron más de 900 millones de
personas en cada ocasión.
Pero nadie que la haya visto olvidará nunca
El crimen de Cuenca, ni Gary Cooper, que estás en los
cielos, por ejemplo. Y en esto sí logró, en verdad, su sueño. Porque ella lo único
que quería en realidad "era ser la chica que va a la grupa del caballo de Gary Cooper". Un Gary Cooper defensor y salvador que ella encontró en la
figura de sus abogados.
En resumen, que después de ver todas las
contradicciones del personaje, uno se queda admirado de la mujer tan
enorme y tan auténticamente genial que fue. Y siente el orgullo de poder
escribir algo sobre ella, aunque sean sólo unas líneas como éstas.
María
Anunciación Fernández Antón

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JOSÉ SACRISTÁN: EL ÚLTIMO CÓMICO DE LA LEGUA
Hablo ahora de él porque para mí, dramatúrgicamente hablando, José Sacristán, con su actuación en
Almacenados, significa la joya del otoño 2005 en Madrid, a pesar del
inmenso esfuerzo que me supone abarcar toda su obra cuando lo acabo de
tener tan cerca. Cuando estoy todavía bajo su influjo:
José Sacristán nació en Chinchón (Madrid) e
inició su carrera teatral en 1962. Pertenece por su oficio a una estirpe
de cómicos ya casi extinguida y de la que tal vez sea el último
representante. Uno de los últimos podemos decir. Nombres ilustres de la
escena española como Pepe Isbert, Juan Antonio Riquelme,
Fernando Morán, y el mismo Fernando Fernán Gómez, fueron sus maestros en
el arte de representar. De la misma manera que Manuel Aleixandre, Agustín
González y Adolfo Marsillach fueron, además de maestros, sus compañeros
de oficio, como él reconoce.
Tan consolidada es su carrera artística que se
puede afirmar de José Sacristán que sus papeles estelares, allí donde roza
la perfección, son aquellos en que se representa a sí mismo. Tal sucede en
la última obra de teatro que podemos disfrutar en estos días
(1),
Almacenados, de David Desola, en el Teatro Fígaro, donde el
personaje que representa Sacristán no es otro que él mismo, salvadas,
claro está, las diferentes circunstancias profesionales y vitales, pero en
todo lo demás, clavados: los mismos gruñidos (malhumorados o tiernos), la
misma actitud corporal (cabreada e indefensa a la vez), y me pregunto
cuánto le habrá costado a Sacristán conseguir esa maravillosa naturalidad,
que tan fácil nos parece, de representarse a sí mismo.
Recuerda con especial pasión, ahora que vuelve
al Fígaro, cómo en el año 1972 hubo de trasladarse aquí desde el Teatro Benavente para
seguir con el éxito de Balada de los tres inocentes, de Pedro Mario
Herrero, que se vio desbordado más allá de las previsiones de la empresa y
por eso hubo de buscar otra sala.
Poco después de iniciar su carrera teatral,
arrancaría también la cinematográfica, en 1965, y demás se ha dirigido a
sí mismo y a otros en varias películas, con lo que también es director.
Sus inicios en el cine lo fueron en la comedia
de género, que tenía fuerte demanda por aquel entonces en el mercado
español (se hacían 200 películas al año), gracias en parte a unos
productores heroicos que se lanzaban a la piscina sin miedo -y hasta sin
agua-, sin subvenciones y con la censura apuntando cual espada de
Damocles.
Pero el miedo agudiza el ingenio y de ahí que
un género que satirizaba los usos y costumbres españoles, amén de poner en
solfa los mitos consagrados como el del macho ibérico, daba cabida al
ansiado destape y se nutría del turismo nórdico, la libertad sexual y
otras "asignaturas pendientes".
Género que más tarde caería, ya con
la modernidad conquistada y todas las asignaturas
aprobadas, en el desprestigio y que hoy se rescata del olvido gracias a
las televisiones con programas como "Cine de barrio", en la primera cadena,
al que pronto seguirían otros en los nuevos canales. Y a un público que,
libre de complejos, se ha dado cuenta de los valores de aquellos trabajos
enormes y de aquellas gentes pioneras.
De aquella época recuerda Sacristán con
especial cariño a Alfredo Landa, actor al que también se había unido
indisolublemente a una vis cómica y que dio sus frutos como talento
dramático cuando tuvo ocasión. Y a José Sazatornil, compañero además de
teatro. Y a tantos otros, pues su filmografía no tiene fin como veremos
más abajo.
Sin embargo, allá en sus orígenes más
remotos, antes de empezar a ser conocido por el gran público, en la vida
de Sacristán está el teatro. Sólo que, como ocurre con tantos actores,
sean de la generación que sean, la contratación impone sus reglas y muy
tempranamente se decanta por el cine y la televisión, si bien, cuando
vuelven a pisar las tablas, lo hace con ganas.
En el caso de José Sacristán, y escribo estas
líneas bajo el influjo de las palabras que acabo de oírle con motivo de la
rueda de prensa para presentar "Almacenados", mejor oírle a él:
-Es un
gusto -dijo- poder elegir después de 40 años de ganarse el pan (y algo más
para untar con el pan), poder elegir, digo, lo que uno quiere, para
dedicarse por completo a una obra sólo por el placer de hacer lo que te
gusta. Y es una gozada, cuando todos se quejan del síndrome postvacacional,
que yo no sé lo que es, tener un oficio en que estás deseando volver al
trabajo. Porque para nosotros la verdadera tragedia postvacacional es no
trabajar".
Parece evidente que lo de actuar ante un
público es un lujo que a veces se compagina con otros trabajos y que
sólo en el caso de unos pocos privilegiados se puede hacer con dedicación
exclusiva.
A Sacristán lo hemos visto recientemente (20
años no es nada) en Las guerras de nuestros antepasados, de Delibes,
estrenada en 1990 en el Teatro Bellas Artes. Más tarde vimos a Manuel
Galiana en el mismo papel, también magistral (qué suerte ha tenido esta
obra con los intérpretes), porque Sacristán había dejado el listón muy
alto y era dificilísimo no pensar en él a cada paso viendo a Primitivo
Pérez o como se llame el loco aquel inolvidable. También tocó y
profundizó el mundo tétrico de Strindberg en Danza macabra, sin desdeñar
autores españoles totalmente distintos como Arniches (Anacleto se
divorcia ó ¡Que viene mi marido!), en el teatro La Latina de Madrid.
Cuando se puso a cantar, que también tiene la
carrera de canto, hizo un Caballero Don Quijote extraordinario con su voz
de barítono en el musical El hombre de La Mancha, junto a Paloma San
Basilio. Fue por entonces cuando la Gran Vía empezó a parecer Broadway,
por la fiebre de los musicales que iniciaron ellos y luego siguieron otros
para aprovechar el tirón que sigue hasta hoy. También probó su voz en un
montaje sobre Mozart, Amadeus, que cosechó un gran éxito.
A mí me gustó Sacristán sobre todas las cosas
cuando hizo Flor de otoño, de José María Rodríguez Méndez, para el
cine, papel que bordó como nadie y que ahora que la obra se ha vuelto a
hacer en teatro, se vuelve inolvidable en su papel, pesa y gravita sobre
la función, pero me divertí muchísimo con Yo me bajo en la próxima, ¿y
usted?, de Marsillach, al lado de Concha Velasco como partenaire. Ésta
también en cine, pero después se la he visto hacer a otros en las tablas y
para mí no hay parangón.
Haciendo de argentino Sacristán está de
escacharrarse, y eso hizo que por entonces yo le perdonara la cara de
acelga, y de antipático en una palabra, que a mí se me hacía que tenía
para todo lo que no fuera él mismo. Hasta el otro día.
Que el ego lo tiene, nadie lo duda, narices,
¡que es un actor!, pero justo por eso son una gozada las ruedas de prensa
con él, porque es un tío que habla de sí mismo y sólo de sí mismo, como
debe ser. De lo que le concierne y punto. Serio y como medio cabreao,
sin eufemismos ni rodeos (mucho menos con repeticiones), que es como
hablan los hombres. Cada palabra suya pesa un kilate y no hay vuelta
atrás. ¿A qué repetir?
En cuanto a sus incuestionables méritos como
actor y director de cine, podemos afirmar que se consagró gracias al éxito
de Vida conyugal sana (R. Bodegas, 1973) y se convirtió en uno de
los actores más importantes de su generación, interviniendo en películas
como Asignatura pendiente (José Luis Garci, 1976), la ya citada
Un hombre llamado Flor de Otoño (Pedro Olea, 1977), Solos en la
madrugada (José Luis Garci, 1977), Operación Ogro (G.
Pontecorvo, 1979), La colmena (Mario Camus, 1982), Epílogo
(Gonzalo Suárez, 1984), La noche más hermosa (Manuel Gutiérrez
Aragón, 1984), La vaquilla (Luis García Berlanga, 1985), El
vuelo de la paloma (José Luis García Sánchez, 1988), Un lugar en el
mundo (Adolfo Aristarain, 1992), El pájaro de la felicidad
(Pilar Miró, 1993), Madregilda (F. Regueiro, 1993), Adán y Eva
(J. Leitao, 1995) y Pasiones rotas (N. Hamm, 1998).
En cuanto a la televisión, ha intervenido en
las series ¿Quién da la vez? (1995) y Éste es mi barrio
(1996).
Ha dirigido e interpretado Soldados de
plomo (1983), Cara de acelga (1987) y Yo me bajo en la
próxima, ¿y usted? (1992), ya comentada.
(1) Para situar lo que se cita
como actualidad se debe tener en cuenta la fecha de redacción de este
trabajo: octubre de 2005
María
Anunciación Fernández Antón

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LUIS CUENCA Actor multidisciplinar
Luis Cuenca, actor de revista,
teatro y uno de los grandes intérpretes de reparto del cine
español, murió en una clínica madrileña el 21 de enero de 2004 a
los 82 años. Había nacido el 6 de diciembre de 1921. La causa:
insuficiencia pulmonar.
Uno recuerda, en efecto, su voz
como una de sus principales características. También su gesto,
versátil y chaplinesco, con esa seriedad dramática que se ve en
los ojos de los niños, también en los ojos de los supervivientes
que se ríen, lo primero, hasta de sí mismos.
Poco antes de su muerte tuve el
honor de encontrármelo en la SGAE (Sociedad General de
Autores y
Editores) con ocasión de unos premios (creo que "José María Forqué") al cine español, y estaba guapísimo entonces en la sala
aquella del cisne que se expande, hecho un galán, por lo que me
asombró su muerte a los pocos meses.
Recuerdo su bigote negrísimo y su
extrema delgadez en aquella ocasión (siempre había sido delgado
pero entonces más), su elegancia de estrella de larga
trayectoria sólo recientemente al alcance del gran público
gracias al cine y, sobre todo, gracias a la televisión.
Parecía que tenía por delante toda una vida, por
el empaque, el saber hacer y el entusiasmo que ponía en todo,
aunque seguramente "él ya sabía lo suyo". Mayor mérito, como
también queda dicho de Alberto Closas en estas mismas páginas.
Antes había sido, durante muchos
años (40 me dicen los que le conocieron bien ¡y con compañía
propia!) la estrella indiscutible del Paralelo barcelonés,
entorno en el que reinó desde el Teatro Apolo ("Ven al Paralelo"
se titulaba el espectáculo de variedades) con un género
tan genuinamente español y que tantas glorias dio a la escena
patria como la Revista, al lado de otros indiscutibles como
Pedro Peña y Tania Doris.
Muchos años después se recreará
este espectáculo para la televisión, como homenaje a aquellos
actores pioneros, de la mano de Sara Montiel. Hay grandes
nombres de hoy que, aunque jóvenes, le deben su fama y sus
inicios en el género a Ven al Paralelo.
A Luis Cuenca lo veríamos también
en La Latina, por fin en Madrid, con el espectáculo de
variedades titulado "La blanca doble", de la mano de Tony
Leblanc.
Tuvo dos hijos, uno que se mueve
por todo el mundo como pianista, y otro veterinario, que vive en
Alcorcón. Tal vez por esta circunstancia, últimamente se le
viera más a menudo en Madrid que en Barcelona, ciudad en la que
pasó más de media vida y sobre todo, ciudad en la que se hizo
como artista de variedades. Y como artista total, que luego
veremos.
Había nacido Luis Cuenca García en
Navalmoral de la Mata (Cáceres) el 6 de diciembre de 1921 en una
familia de actores, por lo cual su vinculación con el teatro
ha sido desde el mismo día de su nacimiento. Su debut, como
corresponde, ocurrió por casualidad en el momento en que se
necesitó un niño en el escenario, ya que sus padres, la actriz
Carmen García Carrasco y el actor Eduardo Cuenca, formaban parte
de una compañía de teatro con la que recorrían todo el Estado
Español, la compañía Carrasco, propiedad de sus abuelos.
Hijo y nieto de cómicos,
desde pequeño hizo Luis Cuenca absolutamente de todo sobre un
escenario con la mayor naturalidad: Bailar claqué, interpretar
comedia, drama, revista... Al comentar esta su circunstancia
personal que lo hizo ser actor desde niño, dice el propio Luis
Cuenca: "Yo no tenía vocación, yo tenía ganas". Como Gades, como
tantos otros que mamaron el arte, la vocación, o el pensar en
ella, les vendría más tarde. Entonces no se pensaba, no había
tiempo.
Por eso, como la cosa más natural
del mundo después de ese aprendizaje, entrará a trabajar, ya en
la década de los 50, como actor de la empresa de Matías Colsada,
a la que estará ligado durante 40 años, convirtiéndose en la
estrella indiscutible del Paralelo barcelonés como ya quedó
dicho.
En el cine, debutó como extra en la película Eugenia de Montijo
(1944), de José López Rubio. Ya durante sus años de esplendor en
los escenarios, Cuenca interviene en películas como la comedia
musical Quiéreme con música, y Las travesuras de Morucha, ambas
dirigidas por Ignacio F. Iquino; después vendría ¿Pena de
Muerte?, de José María Forn; Toto de Arabia y Perras callejeras,
bajo las órdenes de José Antonio de la Loma; Las Alegres Chicas
de Colsada, film que sirve de homenaje a la revista popular
española durante sus años dorados, dirigida por Rafael Gil y con
guión de Fernando Vizcaíno Casas.
En los últimos años, Cuenca es reclamado de nuevo para
participar en películas como Suspiros de España (y Portugal), de
José Luis García Sánchez; Cachito, de Enrique Urbizu; Grandes
Ocasiones, de Felipe Vega; las taquilleras Airbag y
Torrente, el
brazo tonto de la Ley, de Juanma Bajo Ulloa y Santiago Segura,
respectivamente; y La hora de los valientes, de Antonio Mercero.
Más recientemente ha actuado en Soldados de Salamina, de David
Trueba; Mátame mucho, de Angel Bohollo, y en Vivancos 3, de Albert Sauger. En los dos últimos años, ha trabajado también en
El furgón, de Benito Rabal; Dos tipos duros, de Juan Martínez
Moreno; iBuen viaje, excelencia!, de Albert Boadella.
En la televisión, ha trabajado en series como Farmacia de
Guardia, Ketty no para, Ellas son así, así como en la miniserie
Camino de Santiago, una coproducción internacional dirigida por Robert Young.
Premios: En 1997 gana el Goya al Mejor Actor de Reparto por su
trabajo en La buena vida, ópera prima de David Trueba, con quien
trabajará en Obra maestra (2000). Con este último trabajo
consigue una nominación a los premios de la Academia de las
Artes y las Ciencias Cinematográficas de España.
En el 2001 obtiene el Premio de la Unión de Actores en
el apartado de Mejor Actor de Reparto por su trabajo en Cuéntame
cómo pasó, donde interpretaba a Federico.
Luis Cuenca estaba satisfecho, tanto de su vida como de su
trayectoria artística: "Mi vida ha sido una cuestión de suerte;
siempre me he encontrado con la persona oportuna en el momento
oportuno. En el teatro con Colsada, en el cine con David Trueba
y en la tele con Mercero". |
Nota: Esta
biografía de Luis Cuenca es deudora de la web Teatralnet, además de las
aportaciones de su sobrino Eduardo García.
María
Anunciación Fernández Antón

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La Bardem. Nada menos que toda una
autobiografía
La Bardem. Memorias. Plaza y Janés, abril 2005. 22 euros.
Desconfío de entrada de los muy famosos. Pienso, casi siempre con
razón, que todo ello puede deberse a una operación de marketing. Tampoco
soy propensa a reírles las gracias ni a formar parte de su comparsa de
admiradores porque ya son demasiados los que se dedican a eso. Por ello
tardé en decidirme a leer este libro de memorias que se titula "Bardem",
en letras muy grandes, y que lleva delante un "La" pequeñito, tan
escondido que apenas se ve: La Bardem.
Como
Noticias
Teatrales es una publicación que va dirigida a los 5
continentes, tengo que aclarar que el apellido Bardem da título a toda
una raza de famosos actores españoles, cada vez más famosos y más
grandes puesto que su fama se extiende gracias al más pequeño de ellos a
todo el mundo globalizado, y que preside ahora mismo la matriarca,
Pilar, autora del libro y persona de quien toman apellido sus hijos, de
los cuales el coautor, Carlos, es el primero en edad. De todo esto me he
enterado muy bien al leer el libro, que me he leído entero, repito, a
pesar de su gordura, ¡y que no lo presto!
Porque todos mis recelos contra el famoseo se disiparon en cuanto le
hinqué el diente a este libro gordo, voluminoso, abriéndolo al azar "por
mital medio", que es como mejor se sujeta un libro entre las sábanas,
una noche de insomnio e inmediatamente vi que estaba muy bien escrito,
con un estilo fluido y potente, ausente por completo de repeticiones,
pero por encima de todo divertidísimo. Tanto que me dormí riéndome a
carcajadas esa primera noche, lo que me hizo mucho bien. Después
vendrían otras en que casi me hizo llorar y tendría que cerrarlo para no
acabar haciéndolo, pero no muchas más noches ya que acabó ocupándome
también los días desbancando así a todas mis otras devociones lectoras.
Hay en él retratos, como el de Umbral, eficaces con sólo dos pinceladas
definidoras de un carácter; el de Espartaco Santoni; el de Nieva, de
quien tiene recuerdos entrañables y por el que guarda una admiración sin
fisuras desde que la dirigió en La carroza de plomo candente y
gracias al cual conoció al Nóbel Vicente Aleixandre, el poeta; de Jaime
Salom, "extraordinario oculista que invierte todo lo que gana en
estrenar sus obras de teatro"; de Adolfo Marsillach, quien la dirigió en
Las Arrecogías del Beaterio de Santa María Egipciaca, de José
Martín Recuerda, y en Silencio se rueda, para la TV de Pilar
Miró; de Fernando Fernán Gómez, un genio de hombre, un verdadero
extraterrestre que, además de dirigirla en la serie El Pícaro,
para TV, descubrió como actor a Javierito, un niño a la sazón; de su
hermano Juan, difícil y controvertida la relación entre hermanos; de
Alfonso Lusón, Zori y Santos, que le dieron trabajo en sus cafés
teatros; el de todos los compañeros de profesión con los que compartió
rodaje o escenario, vivencias y roces múltiples: Helga Liné, Teresa Vico,
Laly Soldevilla, Juanjo Menéndez, Lola Flores, Tina Sáinz, Julia
Trujillo, Rosa Valenty, María Luisa Ponte, Fernando Delgado, Charo
López, Damián y Paco Rabal, Asunción Balaguer, Analía Gadé, María
Asquerino, Concha Velasco, Paco Marsó, Marieta Dúrcal, Juan Diego, Jesús
Puente, Agustín González... De sus amores, siempre azarosos y contados
de manera mágica, con actores que también son hoy devociones mías y que
salen reforzados al verlos en este libro.
Repasa así la actriz sus experiencias en cine y en teatro, en la
televisión y en la pasarela, famosa o no, solvente o suplicante,
compartiendo y compatibilizando hasta cuatro trabajos a la vez, sin
tiempo para dormir y siempre a verlas venir en cuanto a los dineros. De
la lucha sindical, a la que ningún agobio la hizo renunciar. Y cómo no,
los avatares de toda su familia, niños, padres, marido y criadas,
heroicas algunas de éstas, como las de Galdós, que no sólo eran capaces
de no cobrar sino que aportaban el fruto de otros trabajos al escaso
peculio familiar porque consideraban a aquélla su verdadera familia.
Todo está contado con una gran naturalidad, pero no se engañen, nada de
desaliños del lenguaje ni faltas ni pecas que requieran comprensión para
pasar adelante sino muy bien pensado todo y muy en limpio. Es como si
Pilar Bardem recordara para sí misma y su hijo Carlos fuera mero
transcriptor y eliminador de muletillas del habla, por la falta de
concesiones al lagrimeo y una especie de distanciamiento que impide el
regodearse, ni con lo bueno ni con lo malo. No sé cuál fue la división
de tareas, pero hay una conjunción extraordinaria entre los dos y está
escrito a la manera de una novela picaresca, en que los acontecimientos
más serios, incluso los más dramáticos, se revisten de un humor cáustico
y tremendista, pero sin una sola concesión a la frivolidad ni un solo
guiño al lector, cuya complicidad se supone que se pide desde estas
páginas de memorias. Es el libro de alguien que se lo pasa muy bien
contando y que, salvo rarísimos segundos, no generaliza ni sermonea.
Uno de los encantos del libro es que se detiene precisamente en los
detalles ínfimos, aquellos que los clásicos llamaron primores de lo
vulgar, y lo hace de una forma magistral, hablando sólo lo necesario y
dándonos sin embargo todo un fresco de situaciones que a la manera
galdosiana, sitúan ante nosotros la ya lejana postguerra y las gentes
que la poblaron, ya sea en Madrid, Las Palmas, o en cualesquiera otras
ciudades españolas. Es divertidísimo el viaje en tren, a la edad de 18
años, al encuentro de su novio, donde fue casi violada por uno de sus
guardianes custodios.
Con emoción creciente leí sobre la muerte de su madre, tan inesperada y
viniendo de tan lejos, como un mazazo surrealista cuando era la del
padre, más mayor, la que se anunciaba. La muerte del primer Javier, la
de la primera Pilar, la lucha contra la miseria y la enfermedad, el
encuentro con las buenas gentes (siempre aparece algún ángel protector,
lo que justifica un cierto providencialismo en el relato aun viniendo de
alguien que no se confiesa creyente). Emocionante, emocionante y
emocionante. Emocionante y muy divertido. Apasionante es la palabra que
mejor lo define y si no, no estaría yo aquí hablando de él.
Sorprende en las fotos ver siempre a esta mujer rodeada sólo de sus
hijos, a cualquier edad, y de sus hijos y de su nieto a edad más
avanzada. Es como una foto de las que se hubiera recortado una figura,
falta algo y ese algo llama la atención, porque por muy modernos que
seamos, la cosa es llamativa. Cuenta, en efecto, Pilar, cómo se casó
enamorada y jovencísima y cómo se fue desmoronando todo en torno al
amor, asfixiándolo, al tener que hacer ella frente, casi en solitario, a
las responsabilidades del hogar y la crianza de los hijos. Sin embargo
lo cuenta desde las consecuencias en la vida cotidiana de todos ellos de
aquel comportamiento, nunca juzga al padre ante los hijos. Llegó un
momento en que odiaba los libros porque todo el dinero se iba en ellos,
cuando en casa faltaba lo más elemental, y así el encanto de los
irresponsables contrasta con el drama que originan en torno. La falta de
dinero hace que el otro se vuelva villano y práctico, lo cual es injusto
para todos, los niños lo primero, al estar escindidos en el amor.
Por eso pienso que tal vez la causa de este libro sea también el
explicar a sus hijos el porqué de esa ausencia en las fotos, para que
entiendan que no fue ella la causante de la misma.
Tiene razones para ser una gran actriz Pilar Bardem, puesto que
ha vivido mucho y así lo confiesa. Y sobre todas las cosas, es muy de
agradecer ese grito valiente e irrenunciable, sean cuales sean las
circunstancias y los peligros a que se expone, ese grito de "¡Delante de
mí no se humilla a ningún ser humano!", algo que viene muy a cuento en
esta sociedad tan cobarde, cada vez más, que tenemos.
María
Anunciación Fernández Antón

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CONCHA VELASCO: EL CARISMA INCANSABLE DE UNA
CHICA YÉ-YÉ
"Una señorita de Valladolid" ó "La chica yé-yé" son epítetos
(bellísimos) que corresponden en exclusiva a una sola persona y todos
sabemos quién es sin necesidad de mencionarlo: la actriz Concha
Velasco. Como ocurre con todos los grandes personajes de la
Historia con mayúsculas, ella ha hecho que palabras como éstas, tan
ausentes de solemnidad por otra parte y que multitud de personas
podrían apropiarse y atribuirse con toda lógica, porque en sí y por sí
abarcan a multitud de seres, le pertenezcan por derecho a ella y sólo
a ella hasta el punto de definirla por antonomasia. Y eso, repito,
sólo ocurre con los grandes.
Ella es por antonomasia, gracias a una película definitoria de lo que
ella fue, aquella joven en quien todos pensamos cuando oímos decir
"una señorita de Valladolid" y ella es también, sin duda, "La chica yé-yé",
por una canción tan afortunada que después se hizo película y que
todos finalmente cantamos. Ha sido la musa y compañera de actuaciones
del Dúo Dinámico y ha compartido pantalla y escenario con los más
grandes del cine y del teatro español, además de ser la partenaire
indiscutible, en decenas de películas, del inefable Manolo Escobar. Lo
ha sido finalmente durante mucho tiempo para varias generaciones de
españoles y de hispanohablantes, pues la fama le viene de muy lejos y
ahora, con la misma presencia menuda y ligera, que sin embargo llena
por completo el escenario por grande que sea, Concha Velasco es, aquí
y ahora, una escuela viviente de actores. Porque nunca le falta
trabajo, al contrario, y por ello, porque se sabe querida y
necesaria, nunca envejece.
Una figura de fama mundial (véase el Diccionario Mundial de Actores)
que cuando ve una tarima (escenario) se vuelve loca y no para hasta
subirse a él (es su medio natural). Pero también una gran maestra que
aprende a diario y que se pone como un flan cada vez que tiene que
subirse a un escenario, por la responsabilidad, de ahí la gran
humildad y la gran humanidad que destella. Tal pude comprobar, hace
tan sólo unas breves fechas, nada menos que en el Salón de Tapices el
Ayuntamiento de Madrid, yo no me muevo por menos. Paso a contarlo:
La tuve muy cerca el pasado viernes, 28 de enero de 2.005, cuando en
el Salón de Cristales del Ayuntamiento de Madrid, actuó como madrina
de la XXVI Semana de Cine Español de Carabanchel, que allí se
presentaba. La habían elegido a ella y ella había vuelto a Madrid de
su gira por España con la obra que ahora representa, junto a Nati
Mistral, la obra de Gala Inés Desabrochada.

Ya me resulta familiar el evento desde que en el mismo día y lugar
conocí de cerca, pero el pasado año, al actor Agustín González, que
oficiaba de padrino en aquella ocasión. Y entre la tristeza por el
gran actor que nos acababa de abandonar y al que todos teníamos en el
recuerdo y la necesidad de mirar hacia el futuro, todos estábamos un
poco cariacontecidos y sobrecogidos. Casi nos parecía una traición
empezar sin él una ceremonia en que se iba a hablar de cine español.
Yo con más motivo, puesto que a raíz de conocerlo, inicié la sección
de semblanzas de Noticias Teatrales titulada ¡A ESCENA! Mi gratitud
hacia él considero que es, por tanto, doble o triple que la del todo
el resto de la humanidad.
Nos consolaban en el trance los ojos de Concha Velasco, que tenían un
brillo de profundo sentimiento y a la vez de ánimo, porque Agustín
González era uno de sus compañeros y amigos, pero la vida sigue. No
hay más remedio. Estaba muy elegante Concha Velasco, de rubia y con
abrigo a juego, negro y con pinceladas naranja, la chica yé-yé. Para
colmo, se anunció allí mismo que el Cine España va a ser demolido en
breve, con el propósito (al menos hay promesa, parece ser) de levantar
en el solar un gran Centro de las Artes para el barrio de Carabanchel.
Tuvo Concha, cuando le llegó el turno, una intervención absolutamente
natural en que contempló a pie firme, con todos los allí presentes, un
vídeo resumen de toda su carrera y a continuación, cuando por fin hizo
uso de la palabra, dijo unas cuantas palabras verdaderas: "Qué va a
ser del Cine Español cuando desaparez ca
el cine España (de Carabanchel), que está a punto de ser demolido en
cuantito que termine esta XXVI Semana. ¿Será el viaje a ninguna
parte?" Luego mencionó a multitud de compañeros que le habían ayudado
en su carrera, dio las gracias a todos con sentidísimas palabras y
posteriormente departió con todos hasta el final, pues para aliviar
tanta tristeza, se sirvió una copa. El crítico Andrés Arconada, gran
amigo de Concha Velasco, le leyó una carta cariñosísima que llevaba
escrita (ya lo hizo el año pasado con Agustín González) en que destacó
la huella dejada en todos con sus trabajos como actriz de teatro, de
cine y de televisión, pero sobre todo resaltó su generosidad personal.
Así, dijo Andrés, por poner un ejemplo de lo último, cómo agradecía a
Nati Mistral el haberla puesto en cartel en la primera obra que
hicieron juntas, siendo Concha entonces una casi
desconocida, poniéndola ella a su vez en primer plano y cediéndole con
ello tal puesto, en Inés desabrochada, obra de Antonio Gala con la que
ambas recorren y han recorrido toda España. La obra ya lleva su
rodaje, pues se estrenó en Santander en 2.003 antes de llegar a Madrid
en 2.004, y después de triunfar en el Teatro La Latina, siguen de
gira.
El autor Antonio Gala ha declarado escribir sus papeles de mujer
madura pensando únicamente en ella, su Concha, y así lo hizo en Las
manzanas del viernes (Teatro Fígaro, Madrid, 1977) y Más allá del
jardín, película basada en la novela homónima de este autor que
protagonizó Concha Velasco (c. 2.000).
A Concha Velasco tuve la suerte de verla de cerca mucho antes por
primera vez, aunque siempre sobre el escenario, varias veces en El
Teatro Alcázar cuando representaba La rosa tatuada (1997), de
Tennessee Williams, y su voz desgarrada respondía al drama de la mujer
abandonada por el marido que era su papel en aquella ocasión. Sus
gestos eran los de una heroína trágica, hasta el punto de que los
entendidos no pudieron evitar compararla con Ana Magnani, que también
había hecho el papel en su día. Raro es poner la televisión y que no
salga ella en cualquiera de los canales, pero sobre todo, y ya que de
televisión hablamos, es inolvidable su interpretación de Teresa de
Jesús, cuya voz y gestos serán para siempre los de Concha Velasco,
pues su trabajo constituyó una verdadera recreación del personaje. En
las tablas, se consagró con el éxito de Filomena Maturano (1979) y
continuó con una serie de títulos entre los que destaca Yo me bajo en
la próxima, ¿y usted?, de Adolfo Marsillach, junto a José Sacristán
(1981), hasta el punto de convertir esta obra en un pequeño clásico
que no deja de reponerse en televisión.
Mucho antes, allá en sus comienzos por los años 50, fue bailarina
antes que actriz, y hasta artista flamenca con Manolo Caracol, por lo
que fue titular del ballet de La Coruña y por fin aterrizó en la
Revista de la mano de Celia Gámez. Era por entonces la Revista un
género de enorme prestigio y en él descollaron artistas que se
consagraron en él, como Esperanza Roy. De su largo e imparable caminar
dan fe los innumerables premios que van desde el otorgado por el
Festival Internacional de Valladolid en 1985 hasta el Puente de
Toledo, que acaba de recibir ayer mismo (6 de febrero de2. 005)
otorgado por la XXVI Semana de Cine Español de Carabanchel.
Géneros, se puede decir que los ha cultivado todos. La comedia fue
durante décadas su género favorito, aunque con la madurez, ha
demostrado su enorme carisma para hacer papeles dramáticos. Como digo,
múltiples veces cerca en el escenario, nunca como hasta ahora en carne
mortal. Y como dice Umbral, Concha gana con la cercanía, cuando se la
ve sólo como mujer. Lo cual me parece un triunfo después de haber
triunfado tanto en todos los escenarios.
María
Anunciación Fernández Antón

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FERNANDO FERNÁN GÓMEZ: EL GENIO INABARCABLE E
INCOMPRENDIDO

Hablar
de Fernando Fernán Gómez obliga por fuerza a ser caótico a la
vez que selectivo, pues pretender abarcar su inmensa filmografía al
mismo tiempo que sus muchos trabajos teatrales y su obra literaria
de diverso tipo, nos llevaría a llenar cientos de folios que, por
otra parte, ya han sido escritos. Voy a ser por tanto muy personal y
a ceñirme a los aspectos que más curiosidad pueden suscitar:
Nació Fernando Fernán Gómez en Lima (Perú) en plena gira teatral de
sus padres, actores españoles, por Iberoamérica. Tal vez sea esa la
causa de que este españolísimo actor y director, genio y figura de
fama mundial, se queje de que, mientras su infancia transcurrió de
la manera más natural entre escenas de amor, al llegar a la edad
adulta, vio cómo tales escenas se le prohibían. Sea como fuere,
Fernando Fernán Gómez se licenció en Filosofía y Letras por la
Universidad Complutense de Madrid y ya nunca renunció a esta
formación, prueba de ello su ingreso en la Real Academia Española en
el año 2.000 con un discurso de ingreso titulado La aventura de la
palabra.
Actor de rápido y duradero triunfo, director a su vez de reconocido
prestigio, a su faceta de guionista se deben también algunas de las
versiones de los clásicos españoles para la escena, como las
tituladas El pícaro o Defensa de Sancho Panza, que otros actores han
encarnado para la posteridad sobre las tablas.
Pero su genialidad abarca también la pura creación literaria, y de
ahí triunfos tan sonados como la obra teatral titulada Las
bicicletas son para el verano, representada incesantemente hasta el
día de hoy, o guiones de películas que llevan el sello indeleble de
su personalidad y de su nombre, como El viaje a ninguna parte
(1986), una de las muchas protagonizadas y dirigidas por él mismo, o
Styco (1984) de cuyo guión y argumento es autor, además de
protagonista.

Es también columnista habitual del diario ABC, a la misma o
parecida altura de Julián Marías o Francisco Nieva, y hasta llegó a
finalista del Planeta con la novela El mal menor. De 2.001 data la
publicación de otra novela titulada De capa y espada, sobre la
muerte (y la vida) misteriosa y apasionante del conde de
Villamediana, y todavía en 2.004, acaba de publicar la obra teatral
El tiempo de los trenes, ambas en Espasa Calpe, editorial que tiene
en depósito la mayor parte de sus obras publicadas hasta el momento,
tanto en teatro (colección Austral) como narrativa y ensayo.
Esto que para nosotros es un mundo, al referirnos a tan diversos
géneros literarios, lo resuelve él de la manera más sencilla:
"Empiezo a escribir y a medida que avanzo, veo si va a ir mejor para
guión o para novela".
Pero el libro más completo sobre Fernando Fernán Gómez es el que,
sobre su persona y su obra, compuso el crítico Enrique Brasó con
intención de abarcarlas completas y que, publicado también bajo el
sello de la citada editorial en el año 2002, contiene una serie de
entrevistas dedicadas a glosar de manera casi exhaustiva, su
inabarcable figura. Este libro, titulado Conversaciones con Fernando
Fernán Gómez, contiene un repaso completo de la labor de Fernando
Fernán Gómez en cine, teatro y televisión, así como una
biobibliografía de lo más completa de todo lo escrito sobre él hasta
esa fecha.
Cuenta en él Fernando Fernán Gómez, cómo, por ejemplo, cuando
conoció a Jardiel Poncela, era ya jardielista empedernido, pues
había leído sus cinco novelas (entre ellas, Amor se escribe sin h ó
Espérame en Siberia, vida mía) que lo habían apasionado. Jardiel era
por entonces el autor de la casa en el Teatro de la Comedia, donde
Fernán Gómez actuaba en Los ladrones somos gente honrada y era por
entonces un autor de proyección internacional, dado que trabajó de
manera fija en las versiones españolas de las películas que se
hacían en Hollywood. Y fue precisamente actuando en dicho Teatro de
la Comedia, como Fernando Fernán Gómez conoció a José Luis Sáenz de
Heredia, quien se lo llevaría al cine mediante una tentadora oferta:
la película Raza. Era el año 1941, en la más inmediata postguerra.
A partir de ahí, la nómina de títulos cinematográficos de Fernando
Fernán Gómez pasa de doscientos, y en algunos ha sido a la vez
director y actor, tan larga la nómina de uno como de otro.
Su faceta de director se inicia con Manicomio (1953) y en una
carrera fulgurante, dirige títulos ya clásicos de aquella etapa en
blanco y negro, tales como El extraño viaje (1964) o Ninette y un
señor de Murcia (1965), donde además es uno de los actores, amén de
guionista.
En 1974 dirige y escribe para televisión la serie en seis capítulos
El pícaro, basada en textos de autores clásicos del barroco español,
como Cervantes, Quevedo, Mateo Alemán, Vicente Espinel y el anónimo
autor de El Lazarillo. Mi hija Hildegart llegaría a las pantallas
en 1977 y El viaje a ninguna parte y Mambrú se fue a la guerra
verían la luz ambas en el año 1986. En 1981 es la voz de Don Quijote
de la Mancha en la serie televisiva de dibujos animados del mismo
nombre.
Se vuelca de nuevo en la picaresca que tanto le apasiona con Lázaro
de Tormes, en el 2000, obra con la que este mismo año obtiene de la
Academia de Cinematografía el Goya al mejor guión adaptado. A sus
órdenes, El Brujo y Agustín González, entre otros. En 1993
protagoniza la serie Los ladrones van a la oficina, para la
televisión, gracias a la cual Manuel Alexandre confiesa haber
podido, por fin empezar a ahorrar..
Actor a su vez en casi doscientas películas, en alguna de las cuales
se ha dirigido a sí mismo, como las citadas El extraño viaje, o
Ninette y un señor de Murcia, o La venganza de don Mendo (1961), no
ha abandonado nunca el teatro: Ya hemos hablado de Las bicicletas
son para el verano y de El Tiempo de los trenes, dos de sus obras de
creación literaria específicamente teatral. En 1992 creó para el
teatro una obra sobre el tema que nunca deja de apasionarle, la
picaresca. Es así como compone El pícaro: Aventuras y desventuras de
Lucas Maraña, estrenada ese mismo año en el Teatro Cervantes de
Alcalá de Henares. En 2002 escribe para las tablas Defensa de Sancho
Panza, un monólogo estrenado ese mismo verano en el Festival
Internacional de Almagro, y finalmente traído a Madrid, al Teatro
Infanta Isabel, siempre representado por el actor albaceteño Juan
Manuel Cifuentes, con un éxito impresionante. Tanto, que la
representación se prolongó en dicho teatro madrileño durante varios
meses más de lo previsto.
Es, como no podía ser de otro modo, gran recitador de textos
poéticos, entre ellos los de Bertolt Brecht.
Y todavía hoy, mientras escribo estas líneas, pone la voz en off en
el Teatro Reina Victoria, a la obra Tres hombres y un destino, que
llevan a cabo sus colegas de tantas producciones José Luis López
Vázquez, Manuel Alexandre y Agustín González.
Sin embargo es un genio insatisfecho, algo que debe ser inherente a
su condición de tal, lo que hace de él un ser doblemente atractivo,
rodeado, salvo excepciones de personas incondicionales, de la más
absoluta incomprensión.
Con ocasión del estreno de La lengua de las mariposas (1988) en la
que hace de maestro rural en la Galicia de postguerra, confesaría a
Raúl del Pozo: "Cuando era joven, por luchar contra la timidez, ya
era antipático. Siempre lo he sido". Ha protagonizado incluso algún
escandalillo por mor de su carácter, lo que hace que yo lo admire
más aún. Además, cualquier cosa que haga o diga este genio, tiene
una repercusión enorme. Tanto mejor para los que no tenemos la
oportunidad de hacernos oír.
En cuanto a los premios, tampoco es mala cosecha: Estrenó los Goya,
en 1987, llevándose nada menos que cuatro galardones. Efectivamente,
como que hubieran estado esperándole, para él fueron, seguidos uno
detrás de otro, el Goya al mejor director, a la mejor película y al
mejor guión por El viaje a ninguna parte; y el Goya al mejor actor
por Mambrú se fue a la guerra.
En 1978 fue Premio Lope de Vega, que se concede cada año a la
escritura dramática, por Las bicicletas son para el verano, obra
genial que inmortalizara el actor Agustín González en el Teatro
Español y que marcaría toda una época al retratar con mano indeleble
la postguerra española en lo que Unamuno llamaría su intrahistoria.
Posteriormente Las bicicletas son para el verano no ha dejado de
reponerse y fue llevada al cine con gran éxito por Jaime Chavarri en
1983.
Fue Premio Nacional de Teatro en 1984 y, ya hemos dicho que llegó a
ser finalista del Premio Planeta, en 1987, con El mal menor. En 1995
fue Príncipe de Asturias de las Artes y en 1999, Premio Donostia del
Festival de Cine de San Sebastián.
"Los premios hacia la misma persona, por ser tantos, se desvalorizan
unos a otros", dice él mismo para curarse en salud. Tal vez para
compensar, hace más de treinta años que ostenta el Premio Limón,
otorgado por la prensa. Ya hemos hablado más arriba de lo que él
piensa sobre el mal carácter que injustamente se le achaca: es pura
timidez.
Sin embargo, lo más grande le falta aún por hacer y reconoce que le
quedan muchos territorios y muchos saberes por explorar, culpa de
ello, en parte, su pasión reconocida por la interpretación de
personajes vulgares. Ha abandonado ambiciosos proyectos cada vez que
le ofrecen uno. De ser así, lo vulgar tendría una acepción distinta
a la que entendemos por tal. Hace dos días que vi El Abuelo, de
Galdós y de J. L. Garci (1888), por enésima vez. Espero verla muchas
más veces. Él tiene la cualidad de convertir lo vulgar en
inolvidable.
María
Anunciación Fernández Antón

 
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MANUEL ALEIXANDRE: GENIAL MAESTRO DE
CEREMONIAS
Dos ruedas de prensa he tenido ocasión de presenciar con él como
protagonista (multitudinarias ambas, llenas de gente entendida, yo
sólo ojos y oídos en un rincón) y en las dos pude ver el absoluto
dominio de la situación por parte de este personaje de apariencia tan
endeble, pero de una energía tan fuera de toda duda, como es el actor
Manuel Alexandre.
Lo que da idea de su extraordinaria salud es oírle afirmar con
absoluta claridad desde la atalaya de la edad casi innombrable: "El
pasado no existe para mí. Sólo siento el presente y el posible
futuro". Condiscípulo de Fernando Fernán Gómez y Rafael Alonso en la
Escuela de Arte Dramático de Madrid, reconoce sin embargo que "a veces
me da un vuelco la memoria y me vienen de repente los años 50". Parece
inevitable tener recuerdos. Pero como norma de vida, el pasado no
existe. Otra norma tan sabia como la anterior es que cada vez le
importa menos todo.
La primera vez que lo tuve enfrente fue con motivo del estreno
inminente de Atraco a las tres, el ya clásico título de José María
Forqué reconvertido al teatro, en el Centro cultural de la Villa
(Madrid), hará cosa de un par de años. La segunda fue apenas hace un
mes, en noviembre de 2004, con objeto del inminente estreno, aquella
tarde misma, de Tres hombres y un destino, en el Reina Victoria,
función que desempeña actualmente junto a José Luis López Vázquez y
Agustín González.
En ambas, parecía a primera vista que a Manuel Alexandre lo del
protagonismo le venía grande, cualquier profano podía pensar que
quizás le habían colocado a él de adorno en esa posición de
premimencia jerárquica que ocupaba en el centro de la mesa. O en
consideración a sus muchos años, o a su impresionante trayectoria
artística, pero no porque tuviera que decir él&nb |