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CUANDO TE MUERAS DEL TODO

de Daniel Dalmaroni

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

CUANDO TE MUERAS DEL TODO

 

de Daniel Dalmaroni

 danieldalmaroni@gmail.com

Personajes:

MARIO, 40 años

SUSANA, 37 años

EDITH, 30 años

CLARA, 60 años

VARELA, 40 años

CARLOS, 65 años

 

 

 

 

 

La escena:

Monoambiente. Hay una cama matrimonial. Una mesa redonda. Sillas, demás muebles. Hay tres salidas. Una al pasillo que da a los ascensores, otra a un baño y la tercera a una cocina.

 

ACTO ÚNICO

 

 

(Susana y Mario están en la cama matrimonial. Susana duerme. Mario está sentado en la cama con una cuchilla de cocina en la mano. Mario apuñala, brutalmente, a Susana en medio del pecho. Deja clavada la cuchilla. Susana se sobresalta, se sienta de golpe en la cama).

 

SUSANA.- ¿No te decía yo? ¿Viste que tenía razón? Nadie me escuchaba, pero tenía razón.

 

MARIO.- (Sobresaltado, visiblemente nervioso, no entendiendo bien la situación) Su... (Haciéndose el que no entiende qué ha sucedido) Estás... herida.... llamo... llamo...

 

SUSANA.- Creían que estaba loca. Eso decían todos: que estaba loca. ¿Pero vés que tenía razón? (Imitándolo burlonamente) “Estás... herida.. llamo...” ¿A quién vas a llamar, idiota? (Susana se para. Nada hace suponer en sus movimiento que esté herida o que la herida le moleste) ¿Sabés que ya pensaba que no lo ibas a hacer? Dije, mañana tiene que ir a declarar, si ya no lo hizo, es que no lo planificó. Y te juro que no pensaba que iba a ser de este modo. No te creía con semejantes agallas. Ojo, violento sos, obvio, pero otra cosa es tener agallas. (Mario está paralizado. No puede dar crédito a lo que ve. En realidad, aún no sabe qué es exactamente lo que está pasando. Susana mira la cuchilla que tiene clavada en el pecho) ¡Es buena! De buena calidad, quiero decir. La cuchilla, idiota. ¿La clavaste de un saque o te costó trabajo? Yo estaba tan dormida...

 

MARIO.- Es acero alemán.

 

SUSANA.- Arbolito.

 

MARIO.- No, Su. Arbolito es acero nacional. Vos te confundís con los tramontina.

 

SUSANA.- ¿Arbolito? (Mira la cuchilla) Pero mirá si voy a confundirme con los tramontina. Los tramontina tienen serruchito, mi vida, y esta es una flor de cuchilla, sin serruchito.

MARIO.- (Haciéndose el desentendido) Estás herida, mi amor. Llamo a una ambulancia... (Disimuladamente se acerca a Susana y trata de clavarle aún más la cuchilla en el pecho)

 

SUSANA.- Ya está. Soltame, tarado. Y no me digas “amor”, por favor. ¿A quién vas a llamar, a quién? ¿Para qué? Dejá de actuar. Nunca pensé, sinceramente, que íbamos a terminar así. Obvio que me cansé y te denuncié, pero la verdad, que nunca pensé que llegaríamos a esto. Todavía tenía esperanzas. Yo decía que un día de estos me ibas a matar, pero era una forma de decir. La verdad, la verdad, nunca pensé que lo ibas a hacer.  Pensarás que soy... (se corrige) que era una idiota, pero tenía esperanzas en nosotros. Yo te quería, Mario. Y te admiraba. Eras tan inteligente. ¿No te decía yo que eras tan inteligente que tenía miedo de que te llevaran los rusos?

 

MARIO.- Pero.... Susana...

 

SUSANA.- Nos queríamos. ¿Te acordás que nos llevábamos tan bien que hasta nos decíamos la verdad?

 

MARIO.- Su... vos... entonces... ¿no estás herida?

 

SUSANA.- Bueno, en cierto modo sí y en cierto modo no.

 

MARIO.- Vos... entonces... estás...

 

SUSANA.- Muerta. Muerta. ¿Acaso no me quisiste matar? ¿Me clavaste la cuchilla nueva de la cocina en el medio del pecho y me preguntás si estoy muerta? Parecés boludo, a veces. Fue instantáneo. Entró en el pecho y zaz, me morí. Casi no sufrí. (Mario se deja hacer en la cama espantado)

 

MARIO.- Susana, vos misma lo decís: estás muerta. Bueno, entonces... caete en el piso y no me hables más. Terminá de morirte.

 

SUSANA.- Ya me terminé de morir, Mario.

 

MARIO.- Sos un fantasma.

 

SUSANA.- No, los fantasmas son los muertos que no saben que están muertos y se quedan en la tierra porque, justamente, creen que están vivos. Y yo estoy bien muerta, Mario. (Reacciona, grita) ¡Vos me mataste!

 

MARIO.- (Se cachetea a sí mismo, como queriendo reaccionar) No entiendo. ¿Qué hacés ahí paradita, hablando conmigo, si están re muerta?

 

SUSANA.- Estoy muerta pero todavía estoy acá. ¿Creíste que te la ibas a llevar de arriba, vos? Acá hay cosas que aclarar. No te la voy a hacer tan fácil.

 

MARIO.- Susana, si estás muerta andate ya. No creo que pueda soportar esto.

 

SUSANA.- Ay, mirá vos, yo puedo soportar que el señor me clave una cuchilla en el pecho en plena noche, en nuestra cama, en el lecho matrimonial y él no soporta conversar con su esposa...

 

MARIO.- Pero... estás muerta, Susana, muerta. No podemos seguir hablando si estás muerta.

 

SUSANA.- Son puntos de vista. Si no pudiste tener un buen diálogo con tu esposa mientras vivía, aguantate que arreglemos las cuentas ahora. (Pausa) ¿Por qué un hombre mata a su esposa en plena noche? ¿Qué puede provocarle tanto odio? ¿Qué que no pueda ser superado por una conversación, una discusión, una separación, si fuera necesario? ¿Cuál es el derecho que alguien cree tener sobre la vida de otro? ¿Qué pensaste en el preciso instante en que clavabas la cuchilla en mi pecho? Era odio, rencor, desesperación, angustia, dolor? ¿Aburrimiento? ¿Estabas aburrido? ¿Qué, Mario, qué?

 

MARIO.- Voy a  llamar a  alguien.

 

SUSANA.- Va a ser inútil. Nadie te va a creer nada.

 

MARIO.- ¿Qué querés decir?

 

SUSANA.- Que por ahora y hasta que decida irme del todo sólo vos podés verme y escucharme. Para cualquier otro, no estoy. No me van a ver ni escuchar. Y tampoco hay cadáver, como verás (Señala la cama)

 

MARIO.- Estás loca.

 

SUSANA.- No. Muerta, Mario, muerta. (Le reprocha) Y vos deberías saberlo mejor que yo: me clavaste una cuchilla en el pecho.

 

MARIO.- (Refiriéndose a la cuchilla) Dejame que te la saco, que me da impresión.

 

SUSANA.- Ni la toques. Es evidencia.

 

(Tocan a la puerta. Mario se sobresalta. Contesta por detrás de la puerta)

 

SUSANA.- Atendé. A ver quién es, a esta hora de la madrugada.

 

MARIO.- ¿Quién es?

 

EDITH.- (Del otro lado de la puerta) Yo, ¿quién va a ser?

 

MARIO.- Volvé después. O, mejor, yo te llamo.

 

EDITH.- ¿Estás solo? ¿Qué pasó?

 

MARIO.- Nada. Andá. Después te llamo.

 

EDITH.- (Imperativa) Abrime.

 

SUSANA.- Abrile. ¿Es Edith? Hacela pasar. Contale que su mejor amiga está muerta. Que la mataste.

 

(Edith abre la puerta. Entra. Lleva un vestido sumamente ajustado, botas altas y con elevados tacos; guantes largos, casi hasta los codos; anteojos de sol sobre la frente y una capelina. Nada hace juego, aunque no parece disfrazada del todo. Lleva una motosierra en la mano y un bidón de combustible. Edith mira la cama vacía. Mira alrededor)

 

EDITH.- ¿Dónde la pusiste? (Deja la motosierra y el combustible en el piso)

 

SUSANA.- ¿A qué te referís, Edith?

 

EDITH.- (A Mario que permanece callado, superado por la situación) ¿Me escuchaste? ¿Dónde la pusiste? (Pausa) No te animaste. Yo sabía. No te animaste. ¿Y dónde está? ¿A dónde fue?

 

MARIO.- La maté.

 

EDITH.- ¿Sí? Bueno, y dónde la pusiste.

 

SUSANA.- ¿De qué hablás, Edith? ¿De mí?

 

MARIO.- (A Susana) No te escucha. Ni te ve. Vos misma me lo explicaste.

 

EDITH.- (A Mario) ¿Eh? ¿De qué hablás? ¿Quién no me escucha? ¿Ni me ve? ¿Vos no me ves? No te entiendo. (Le pasa la mano frente a sus ojos para comprobar si está ciego)

 

MARIO.- Sacá la mano, querés. Esto es muy complicado.

 

SUSANA.- (A Edith, sabiendo de todos modos que no la ve ni escucha) ¿Vos sabías? ¿Vos eras cómplice? (Mira a Mario) ¿Era tu cómplice?

 

MARIO.- (A Edith) Es complicado, te dije. Pero maté a Susana. Le clavé la cuchilla en el pecho, pero... digamos... que el cuerpo no está. Bueno... está y no está. Bueno... ahora no está, pero supongo que después va a estar.

 

SUSANA.- (Aunque ensimismada en sus propios pensamientos. Angustiada) Clarísimo.

 

EDITH.- ¿La mataste o no la mataste? ¿Dónde pusiste el cuerpo? ¿Lo hiciste todo vos sólo? ¿No nos esperaste?

 

SUSANA.- (Reaccionando) “¿No nos esperaste? ¿A quiénes?

 

MARIO.- Esperá, mi amor, esperá.

 

SUSANA.- Tengo todo el tiempo del mundo, pero empezá a aclararme las cosas.

 

MARIO.- (A Susana) A vos no te hablaba.

 

EDITH.- ¿Y a quién le hablás?

 

MARIO.- (A Edith) A vos.

 

EDITH.- ¿Quién te entiende?

 

SUSANA.- Dijiste “esperá, mi amor, esperá”. ¿No me decís eso a mí?

 

MARIO.- No. Bueno... No.

 

EDITH.- No qué. ¿De qué hablás?

 

SUSANA.- ¿Le decís “amor” a ella? (A Edith) A vos. Vos sos su amor. Qué hijos de puta.

 

MARIO.- Me van a volver loco las dos.

 

EDITH.- Calmate. Y además, Susana está muerta, según decís. No te va a volver loco más. Explicame bien qué hiciste. Explicame qué hiciste, mi amor. Espero que la hayas matado. Habíamos quedado en eso. No habrás sido el mismo cobarde de siempre, ¿no?

 

(Llaman a la puerta. Mario contesta del otro lado de la puerta.)

 

MARIO.- ¿Quién es?

 

CLARA.- Yo.

 

EDITH.- Tu mamá, abrile.

 

MARIO.- (A Edith, imperativo) Ya sé que es mi mamá. (A la puerta) Mamá, se complicaron las cosas. Andá que yo después te llamo.

 

EDITH.- Abrile, Mario. ¿Qué pasa?

 

CLARA.- ¿Pasó algo, hijo? ¿Las cosas salieron mal? Yo te dije. Yo te dije. ¿Vos estás bien? ¿Te paso algo a vos, mi vida?

 

SUSANA.- Tu mamá. Tu mamá también sabía. ¿Otra cómplice más? ¿Qué les hice yo?

 

MARIO.- (A Susana) Callate, de una vez por todas, que ya me tenés podrido.

 

EDITH.- ¿Por qué le hablás así a tu mamá?

 

CLARA.- ¿Yo que te hice? Lo único que hice fue querer ayudarte. No me hablés así, Mario y abrime la puerta.

 

EDITH.- (Mientras abre la puerta y deja ingresas a Clara) Pase, Clarita, pase, que su hijo es un desconsiderado.

 

CLARA.- Gracias, querida. ¿La mató? ¿Nos hizo caso?

 

EDITH.- Parece que sí.

 

CLARA.- (Se altera) ¿Cómo “parece”? (Saca un sobre de su cartera y aspira un polvo blanco)

 

EDITH.- Es que el cuerpo no está por ningún lado. No me quiere decir dónde lo puso.

 

MARIO.- (A Susana) Mirá en el kilombo que me metiste. (A Clara, por el polvo que ha aspirado) Mamá, largá eso.

 

CLARA.- ¿Yo? ¿En qué kilombo? Yo sólo quiero ayudarte. ¿La mataste? Espero que lo hayas hecho, porque sino...

 

EDITH.- (A Clara) Lo del kilombo lo dice por mí, Clara. Ahora resulta que la culpa la tengo yo.

 

SUSANA.- (Casi en simultáneo con Clara y Edith) ¿Yo te metí en un kilombo? Te recuerdo que vos me mataste a mí.

 

MARIO.- (A Edith y Clara) Me dejan un rato con... sólo que tengo unas cosas que aclarar.

 

CLARA.- Yo de acá no me voy hasta que me expliques qué está pasando.

 

EDITH.- Yo, menos.

 

MARIO.- Bueno, vayan un ratito al baño.

 

CLARA.- ¿Al baño?

 

MARIO.- O a la cocina. Un ratito, nada más. (Mientras dicen estos últimos parlamentos, Susana se ha ido al baño. Mario no la ha visto irse. Clara y Edith se disponen a ir a la cocina. Mario las detiene al comprobar que Susana no está en el ambiente) No, esperen. Se fue. Ya se fue. Se murió del todo. Se murió. Se murió. Se fue. (Da vueltas por la habitación buscando a Susana) Susana, Susana.

 

CLARA.- (A Edith) Nena, vos entendés qué le pasa.

 

EDITH.- No sé. El shock. Debe estar en estado de shock, Clarita. No ve que no sabe ni dónde la dejó.

 

CLARA.- Debe haber sido una masacre, deben haber corrido por toda la habitación.

 

EDITH.- No, ¿qué dice? Si está todo ordenado. Porque eso hay que reconocerlo, Clara. Susana era ordenadísima. (Recorre la habitación. Mira la cama. Se sobresalta) Acá, Clara, acá. La mató. Es verdad. La mató. Hay manchas de sangre en la cama.

 

CLARA.- A ver. (Va hacia la cama. En su búsqueda, Mario abre la puerta del baño y se encuentra con Susana. Se espanta.)

 

SUSANA.- (A Mario) Ni que hubieras visto un fantasma.

 

MARIO.- Me cago en vos. ¿Qué hacés de nuevo acá?

 

SUSANA.- Nunca me fui.

 

EDITH.- Nunca nos fuimos. ¿Vos sos ciego?

 

CLARA.- (A Edith, cómplice) El shock, Edith, el shock.

 

EDITH.- (Entendiendo) Ah, claro. (A Mario) Mi amor, relajate, relajate y cuando puedas nos contás bien  a las dos. ¿O preferís esperar que lleguen los demás?

 

SUSANA.- ¿Los demás? ¿Quiénes son los demás?

 

MARIO.- (A Susana) Después te explico.

 

EDITH.- (A Mario) Eso decía. Después nos explicás. A las dos. A tu mamá, también. (Susana se sienta en la cama. Está visiblemente angustiada. Llora desconsoladamente)

 

MARIO.- (A Susana) Lo que me faltaba. No llores, ahora. Pará de llorar, querés.

 

EDITH.- ¿Quién llora? No, mi amor. Estoy como impresionada, pero llorar, no. Para nada.

 

CLARA.- Perdonen, ¿no?, pero, te estás retrasando, Mario. A las diez tenés que ir al juzgado a declarar. Habíamos calculado los tiempos medio justos.

 

EDITH.- (A Clara) Me parece que no es momento.

 

CLARA.- (A Edith) Ah, perdón, claro, el shock. (Como si recordara algo, saca unas pastillas de su cartera y se las toma)

 

EDITH.- El shock.

 

MARIO.- ¿Pueden hacerme caso e ir un rato a la cocina las dos? (A Clara) Y largá esas pastillas, mamá.

 

EDITH.- (A Mario) Si insistís. (A Clara) ¿De qué pastillas habla?

 

CLARA.- (A Edith) Nada, nada. Vamos, nena. Dejémoslo un rato tranquilo. (Edith y Clara salen hacia la cocina)

 

(Mario y Susana se quedan solos. Susana sigue llorando desconsoladamente)

 

MARIO.- (Se acerca, va a abrazarla y se encuentra con la cuchilla clavada en el pecho de Susana. Se aleja un poco, pero mantiene un brazo en el hombro de ella) A ver, Su, tratemos de terminar la fiesta en paz. ¿Qué te hice yo para que me la hagas tan difícil?

 

SUSANA.- ¿Así que Edith es tu amante? Mi mejor amiga, tu amante. No, no me digas nada. La culpa es de ella. Y mía, seguramente. Lo de tu mamá lo entiendo. Siempre la prefirió a ella. Antes que te casaras conmigo la prefería a Edith. (Pausa) ¿Y qué planes tenían? ¿Hacer desaparecer el cadáver? ¿Para eso la motosierra? ¿Me ibas a tirar en pedacitos por el inodoro? ¿Y los demás, quiénes son? Hablaron de “los demás” que faltan llegar. ¿Quiénes son?

 

MARIO.- Un psicólogo y mi papá.

 

SUSANA.- ¿Un psicólogo y tu papá? ¿Ellos también son cómplices? ¿Un psicólogo? ¿Dónde fue a parar la psicología en este país? ¿Y tu papá? ¿Y los lazos familiares? ¿Dónde fueron a parar?

 

MARIO.- Ellos me iban a ayudar a cortarte en pedazos. Papá traía unas bolsas de residuos. Las grandes. Negras. Las de consorcio, ¿viste?

 

SUSANA.- (Imperativa) Te estoy hablando de la psicología en este país. De los lazos familiares. ¿La incondicionalidad de la paternidad no tiene límites?

 

MARIO.- No me parece... el tema... no me parece....

 

SUSANA.- (Imperativa) ¿No te parece qué? Un marido, acusado de maltratos, acorralado por la Justicia, decide matar a su esposa en complicidad con su amante, sus padres y su psicólogo. Entre todos la cortarán en pedacitos y la tirarán al inodoro, luego de que él la haya matado con una cuchilla en el medio del pecho. ¿No te parece qué? Yo ya estoy muerta, Mario, muerta. Lo que me importa ahora es qué mundo le dejamos a nuestros hijos.

 

MARIO.- Nosotros no tenemos hijos, Susana.

 

SUSANA.- Es un genérico. “Nuestros hijos”. Un genérico.

 

MARIO.- No te pensábamos tirar al inodoro.

 

SUSANA.- Donde fuera.

 

MARIO.- No es mala idea la del inodoro.

 

(Pausa larga)

 

MARIO.- Vos... perdoname... pero...no sé cómo preguntártelo. (Al fin decidido) ¿Vos qué planes tenés?

 

SUSANA.- ¿Cómo?

 

MARIO.- No lo tomes a mal, pero ¿qué planes tenés? ¿Te pensás quedar mucho tiempo? No te enojes, pero yo quisiera disponer cuanto antes del... de tu... cuerpo.

 

SUSANA.-En un rato me voy. No me presiones. En un rato me voy.

 

MARIO.- No es fácil la situación. Comprenderás. Una vez que te mueras del todo, supongo que...

 

SUSANA.- Una vez que me vaya del todo, volverá a aparecer mi cuerpo y podrán disponer de él. En un rato.

 

MARIO.- (Sin darse cuenta de lo que dice) Buenísimo. (Reaccionando) Perdón, pero, entenderás que todo esto es nuevo para mí y ...

 

SUSANA.- Para mí también. (Se abrazan,  intentan besarse, pero la cuchilla se los impide. Hacen un esfuerzo y se dan un beso, apenas rozándose los labios. Cuando esto sucede se aprietan y la cuchilla se clava más en el pecho de Susana) Ay, pará, que igual duele. (Susana se saca unos centímetros la cuchilla del pecho dejándola como estaba originalmente)

 

MARIO.- (Mientras Susana se saca un poco la cuchilla del pecho) Estás fría.

                                                                                                      

SUSANA.- Siempre con lo mismo. Que soy fría. Que soy fría, distante.

 

MARIO.- No, digo que estás fría, casi helada, Susana. Los labios, la piel, fría.

 

(Llaman a la puerta. Edith y Clara salen de la cocina y atienden. Ingresan Varela y Carlos)

 

CLARA.- Por fin.

 

EDITH.- Los estábamos esperando. Pero acá las cosas no están claras.

 

CARLOS.- (A Edith. La mira de arriba abajo. Un poco extrañado por la indumentaria de Edith, un poco con deseos.) Hola, linda. ¿Ya empezaron con la motosierra?

 

VARELA.- ¿Cómo se encuentra el paciente?

 

EDITH.- (A Carlos) Es que no está claro dónde está el cuerpo. Parece que la mató, pero que se le perdió el cuerpo. (A Varela) Mario está como confundido, como en estado de shock.

 

VARELA.- Deje que yo sea quien diagnostique, Edith.

 

CARLOS.- ¿La habrá tirado por el balcón?

 

VARELA.- Abajo no había nada.

 

CARLOS.- Es un contrafrente, Varela. Capaz que la tiró por el hueco, por el tragaluz. (A Edith) Lindo vestido.

 

EDITH.- (A Carlos) ¿Le gusta el color? (A Carlos y Varela) No, la perdió. Bah, la escondió en algún lado y no la encuentra.

 

CARLOS.- (A Edith por el vestido) Ajustado.

 

CLARA.- Es un buen hijo, pero siempre fue desordenado. (Saca un sobre de la cartera y aspira un polvo blanco)

 

(Mario, que ha permanecido hasta el momento junto a Susana en la cama, detecta la presencia de Varela y Carlos y se incorpora a la conversación que éstos mantienen con Edith y Clara. Susana queda sola.)

 

MARIO.- (Por lo que ha aspirado la madre) ¿Otra vez, mamá? (A todos) No perdí nada.

 

EDITH.- (A Clara) “Otra vez”, ¿qué, Clarita? (A Carlos) ¿Ajustado? ¿Le parece? Le preguntaba por el color.

 

CLARA.- Nada, nada.

 

CARLOS.- (A Edith) Ajustado. Color ajustado. (A Mario) ¿La tiraste por el balconcito ese? (Presionándolo) ¿La mataste o no la mataste?

 

MARIO.- Sí. Pero no está.

 

VARELA.- Bueno. Tranquilicesé, Mario. Usted está pasando por un momento difícil y es comprensible que no recuerde con precisión... La memoria funciona mediante una serie de recuerdos selectivos, a medida que...

 

MARIO.- (Lo interrumpe) Escuche...

 

VARELA.- (Lo interrumpe. Susana sale del departamento por la puerta que da al pasillo sin que Mario la vea) Es común, en estos casos, que el paciente se encuentre en estado de shock por lo sucedido y que padezca de una especie de amnesia temporal.

 

CLARA.- A ver, Mario. ¿Quién soy yo? ¿Dónde estás? ¿Quién sos vos, hijo?

 

VARELA.- No, señora, la amnesia es temporal y sólo referida al período en que el paciente vivió la situación traumática. El resto de su vida lo recuerda a la perfección. Tal vez si le hiciéramos recordar los motivos que tuvo para matarla...

 

CLARA.- (Brusca) Cállase.

 

EDITH.- (Violenta) ¡¿Qué dice?!

 

CARLOS.- (Imperativo, inquieto a la vez) Varela, limítese a su trabajo.

 

VARELA.- (Un tanto asustado por la reacción de los demás) Está bien. Está bien. No se alteren. Veamos, Mario, usted sabe perfectamente quién es, sólo que... (Varela mira a Mario y duda)  ¿No es cierto, Mario? (Como Mario no le contesta, duda más) Mario. Yo soy Varela, el psicólogo. Usted se llama Mario Brambati. (Señala a cada uno que nombra) Ésta es su mamá, Clara; éste es su papá, Carlos; ésta es... (duda en lo que va a decir) su amiga, Edith y ésta es su casa. (Mario no le contesta. Está en su mundo. A medida que esta situación se acentúa, Varela “aniña” su forma de hablarle) Marito, Mario Brambati. empleado público, Ministerio de Trabajo, no tiene hijos. Vamos despacio. No se preocupe. Descanse si quiere. Si ve que lo presiono con la información o las preguntas me dice. (señala a cada uno de los que está en la habitación mientras dice:) Mamá Clara, Papá Carlos, amiga Edith y psicólogo Varela. ¿Sí? (señala objetos de la casa) Mesa. Silla. Biblioteca. Cajonera. Cajonera. (Casi deletrea) Pa-ra   guar-dar   co-sas.

 

CLARA.- (A Edith) ¿Esto se hace así?

 

EDITH.- Es un profesional.

 

CLARA.- No me parece serio, la verdad.

 

(Carlos busca por la habitación. Revuelve cosas. A veces busca la complicidad de Edith, a veces se detiene en mirar el cuerpo de Edith. En un momento se recuesta en la cama y dormita)

 

MARIO.- (Volviendo de sus pensamiento) Perdón. ¿Qué decía, Varela?

 

VARELA.- (Triunfante) Me reconoce. Me reconoce. Bien. Algo es algo.

 

MARIO.- ¿Qué dice? Mamá, ¿qué dice?

 

VARELA.- Bueno, bueno. Tranquilo. Lo hemos recuperado, Mario. (A los demás) ¿Vieron? Dije que era temporal. Nada más que temporal. Ojo, que de todas formas, este caso ha sido asombroso porque a veces tardan días o hasta meses en recordar.

 

MARIO.- (A Edith) ¿De qué habla?

 

VARELA.- ¿Usted recuerda que su esposa haya perdido la vida en el día de hoy?

 

MARIO.- Claro, si yo la maté. ¿Usted es idiota o se hace el boludo?

 

VARELA.- (A los demás) Bueno. El éxito ha sido total. Rotundo. El paciente recuerda absolutamente todo. Brillante.

 

MARIO.- (A Carlos, quien se despierta) ¿Vos lo recomendaste a éste?

 

CARLOS.- ¿Eh? Ah, me había dormido un cacho. ¡Es que es una hora, nene!

 

MARIO.- ¿Querías que la mate a la hora del almuerzo, papá?

 

VARELA.- Tranquilo, Mario. Tranquilo, ¿eh? (Casi didáctico) ¿Dónde la puso? ¿Dónde está su señora esposa?

 

MARIO.- (Señala hacia la cama sin mirar) Ahí, pero ustedes no pueden verla.

 

CLARA.- ¿Dónde?

 

EDITH.- ¿En la cama?

 

MARIO.- (señalando y mirando hacia la cama) Ahí... en... la... (Grita hacia el baño y la cocina alternativamente) Susana. Su ¿Dónde estás? Dónde te metiste? ¿Susana? (Recorre el departamento ante la mirada incrédula de los demás)

 

EDITH.- Se olvidó. No sabe. Quién sabe qué hizo el pobre después de matarla.

 

MARIO.- (Volviendo de la cocina) Se fue.

 

VARELA.- (Complaciente) ¿Quién, Mario?

 

MARIO.- Susana. Mi esposa.

 

VARELA.- ¿Cuándo se fue?

 

MARIO.- Recién. Recién yo estaba con ella en el borde de la cama y se fue. Desapareció de golpe.

 

VARELA.- A ver. Vayamos de a poco. Entonces no la mató. No estaba muerta.

 

EDITH.- En la cama hay sangre.

 

VARELA.- (Lógico) Sí, pero si se fue. Si la señora salió por esa puerta caminando por sus propios medios...

 

MARIO.- Está muerta. Le clavé la cuchilla en medio del pecho, como habíamos quedado, pero ella no se murió. No. Esperen. Se murió. Se murió enseguida. Pero...

 

CARLOS.- ¿Pero...?

 

VARELA.- (Perdiendo el control) ¿Pero qué, Mario? ¿Pero qué? La mató, se  murió en seguida pero... (Esperando que Mario complete la frase) pero...pero.... (le pega un cachetazo. Trata de calmarse.) Perdonen, pero a veces, no hay más remedio que contrarrestar un shock con otro shock.

 

EDITH.- Como el hipo.

 

VARELA.- ¿Qué?

 

CLARA.- Lo del hipo es otra cosa.

 

VARELA.- ¿De qué hablan? ¿De Edipo?

 

CLARA.- (Casi deletrea) El hi-po. Dice lo de darle un susto a alguien o un cachetazo para que se le vaya el hipo.

 

MARIO.- Cállense un rato, por favor. Es complicado. Difícil de creer, pero verdad. (Todos escuchan atentamente, pero como si estuvieran escuchando a un loco) Susana... el espíritu de Susana decidió que aún no quiere irse y anda con su cuerpo a cuestas dando vueltas. Hasta hace un rato estaba acá, pero ahora se fue. Y sólo yo puedo verla. Nada más que yo.

 

(Larga pausa. Todos lo siguen mirando. Luego se miran entre ellos. A instancias de Varela hacen como una ronda integrada por Carlos, Edith, Clara y el propio Varela. Le dan las espaldas a Mario y hablan entre ellos, intentando que Mario no escuche)

 

VARELA.- Miren. El estado de shock es muy fuerte. Creo que subestimé la situación. Por un lado habría que encontrar el cuerpo, que debe estar por algún lugar de la casa y por otro... a este hombre hay que internarlo urgentemente. De otra forma no puedo hacerme responsable por su salud mental y las consecuencias que sus actos puedan traerle a él y a terceros.

 

MARIO.- Yo se que es difícil de creer, pero es así. (A Varela) Busque el cuerpo que no lo van a encontrar.

 

(Todos miran a Mario como por el rabillo del ojo. Pero escuchan a Varela.)

 

VARELA.- Déjenlo en mis manos. Yo lo llevo a una institución de salud mental y ustedes resuelvan el otro tema.

 

CLARA.- (Reaccionando) No, espere. No se borre. No se haga el boludo. Usted es tan cómplice como nosotros y se tiene que quedar acá.

 

CARLOS.- Bastante nos cobra por este servicio, Varela. Yo lo traje. Entienda mi situación frente al resto de la familia.

 

VARELA.- (A Clara) Está confundiendo mi rol en este lugar, señora. (A Carlos) Bueno, entenderá que no se trata de un servicio tradicional. Un pacto de silencio tiene sus costos.

 

EDITH.- Rol, las pelotas. (Reacciona) Perdone, Clarita. (A Varela) Quiero decir que usted se tiene que quedar con nosotros y asumir las consecuencias.

 

MARIO.- Basta. Déjense de pavadas. Créanme. Es mejor que me crean. Susana, el espíritu de Susana, está dando vueltas por ahí y ustedes hablando pavadas. (Todos lo miran. Mario aclara) Sí, ya se que las mías suenan más a pavadas que las de ustedes, pero les juro que es verdad.

 

VARELA.- (Cambiando la estrategia) Como terapeuta, tengo que reconocer que, si bien me cuesta creerle, no se trata de un disparate, ya que ha habido casos de muertos que se niegan a irse al más allá. Creen tener aún cosas pendientes en la tierra y se quedan hasta saldarlas. De todos modos, me gustaría hacerle unos estudios, Mario. No lo tome a mal, pero...

 

MARIO.- Creanmé, por favor.

 

(Todos guardan silencio. Piensan. Miran a Mario. Miran a Varela.)

 

CLARA.- (Por Varela) Éste es un perfecto desconocido. (A Mario) Vos en cambio sos mi hijo.

 

VARELA.- (Justificándose) No, si yo digo que puede ser verdad lo que nos dice el paciente, solo que...

 

CARLOS.- (A Mario) Y...che... ¿Estaba así...muy muerta... Susana o se la veía bien? (Lascivo) ¿Salió vestida o estaba medio desnuda?

 

CLARA.- ¿Qué preguntas hacés?

 

EDITH.- (A Carlos) Duerme en pijama, casi toda vestida. ¿No, Mario? (A Mario) ¿Vos estás seguro que estaba muerta? Mirá si la cuchilla le entró por la axila y ella se quedó así, sujetándola y te tomó el pelo todo el tiempo.

 

MARIO.- Les digo que está muerta. Muerta del todo. Sólo que todavía, digamos, permanece entre nosotros. (Pausa) Me quiere joder la vida.

 

CARLOS.- ¿Y qué hacemos, entonces?

 

VARELA.- Reflexionemos un poco.

 

CLARA.- (A Varela) Déjese de embromar. Carlos tiene razón, ¿qué hacemos? Algo hay que hacer.

 

CARLOS.- Yo cumplí con mi parte. Traje las bolsas. Le pedí reforzadas. Me quería vender unas comunes, que se rompen enseguida. Le digo al tipo. “¿usted sabe cuánto pesa un cuerpo?

 

MARIO.- ¿Le dijiste al tipo que ibas a meter un cuerpo en las bolsas?

 

CARLOS.- No.

 

MARIO.- Pero es lo mismo. Le dijiste al tipo si sabía cuánto pesaba un cuerpo.

 

CARLOS.- No le dije un cuerpo de qué. Podía ser un animal. Un cordero. Un chancho. Hasta un pollo.

 

MARIO.- ¿Bolsas reforzadas para un pollo? Vos sos un animal. No ves que ese tipo te pudo haber denunciado...

 

CARLOS.- Varios pollos, podían ser. Vos ves muchas películas policiales. Si ni me conoce, el tipo. Fui a un negocio del Once. Una casa de descartables. Pará, acá tengo la boleta. (Busca en un bolsillo)

 

MARIO.- ¿La boleta? ¿Vos estás loco?

 

CARLOS.- (Lee) “Tradicional Casa Álvarez, polipropilenos, poliuretanos, artículos de cotillón....”

 

MARIO.- Hay que quemarla.

 

CARLOS.- ¿Quemarla? ¿No la íbamos a cortar en pedacitos? ¿Y la motosierra?

 

MARIO.- La boleta. Hay que quemar la boleta. Es evidencia.

 

CARLOS.- ¿Sos tarado, hijo? ¿Cómo evidencia? Es una boleta por unas bolsas de residuos. Ah, y unos vasitos que compré para el cumpleaños de la prima de Clarita, que lo hace en casa porque en el departamento de ella no hay lugar para tanta gente. Invitó a todos los parientes, a los compañeros del trabajo, a las amigas de la secundaria... a medio mundo, invitó. Estaban baratos. (Breve pausa) Los vasitos.

 

MARIO.- (Imperativo) Papá

 

CARLOS.- Sí. ¿En qué estábamos?

 

MARIO.- Papá, es la boleta de las bolsas de residuos donde vamos a poner a Susana.

 

CARLOS.- Pero para que esta boleta sea evidencia, tendrían que encontrar el cuerpo de Susana dentro de las bolsas. Y en el plan que tenemos, se supone que eso no va a pasar. Porque tenemos un plan, ¿no?

 

MARIO.- Sólo trato de no dejar flancos sin cubrir, papá.

 

EDITH.- Y nosotros sólo tratamos de ayudar, Mario. Te quejás, te quejás, pero nosotros lo único que hemos hecho es ayudar. ¿Sabés lo que me costó aprender a encender esta motosierra? (La toma y la enciende)

 

MARIO.- Apagá eso. ¿Querés que vengan los vecinos? Esto es un departamento.

 

EDITH.- (Apaga la motosierra) ¿Y cómo pensás hacer cuando haya que cortar a Susana? Esto no tiene silenciador. Sos un desconsiderado. ¿Y lo que yo estudié sobre el cuerpo humano en estos días? ¿Sabés lo que estuve estudiando para saber cómo cortarla?

 

MARIO.- No exageres.

 

EDITH.- ¿Que no exagere? Cada costilla, cada hueso. Húmero, radio, cúbito, metacarpiano, escápula, fémur, tarsiano. ¿Sabés cuántos huesos tiene la mano? No sabés. ¡Qué vas a saber! Veintisiete, Mario, veintisiete. ¿Y el pié? Veintiséis. Uno por uno me los aprendí para saber por dónde cortar. Falange, falangina y falangeta. No te rías, se llaman así. Puede sonar ridículo, pero es así, Mario. Y tu papá, buscando bolsas que soporten el peso de la gorda de Susana sin romperse. Porque estaba re gorda, reconocelo, Mario. Una gorda bárbara, la gorda.

 

MARIO.- Basta de decir pavadas.

 

EDITH.- ¿Pavadas? ¿Sabés que a veces pienso que nos equivocamos? Tendríamos que haber convencido a Susana para que te mate a vos. ¿Que no diga pavadas, que no exagere? Para vos es fácil. Mirá, Mario, lo de estudiar el cuerpo humano fue una estupidez al lado de aprender a manejar esta maquina (Señala la motosierra) ¿Sabías que el uso descuidado puede causar lesiones graves e incluso mortales? Además, estas motosierras están fabricadas para cortar madera. Madera, Mario, madera. No personas. No huesos. No esposas. No gordas. En el curso que hice decían muy clarito que cuando se utilice una motosierra para cortar otros objetos, hay que consultar el Código de Disposiciones Federales de los Estados Unidos, Mario. ¿Escuchas? “...Federales... Estados Unidos...”

 

MARIO.- ¿Qué decís?

 

EDITH.- Que por vos me estoy arriesgando a tener conflictos internacionales. Que me busque la CIA, el FBI, la INTERPOL. Además, ¿sabías que para operar esta cosa hay que usar zapatos de seguridad (Muestra las botas que lleva puestas), ropa ajustada (Muestra el ajustadísimo vestido que lleva), guantes protectores (Muestra los guantes de fiesta que usa) y aparatos protectores para la cabeza y los ojos (Muestra una capelina y unos anteojos de sol).

 

MARIO.- Vos sos tarada.

 

CARLOS.- No la trates así.

 

CLARA.- Dejá que se arreglen entre ellos. Nunca nos metimos en las relaciones de nuestro hijo.

 

EDITH.- ¿Tarada, me decís? ¿Sabías que el operador de una maquina de éstas debe estar en perfecto estado físico y psíquico y no haber consumido ninguna sustancia?

 

CLARA.- (Que estaba un poco distraída) ¿Qué pasa? Qué pasa?

 

EDITH.- ¿Y que el uso prolongado de la motosierra te puede provocar el fenómeno de Raynaud o el síndrome del túnel de carpio?

 

MARIO.- ¿Qué es eso?

 

EDITH.- (Alterada, casi a los gritos) No tengo ni idea.

 

VARELA.- Son trastornos nerviosos y circulatorios y necrosis en los tejidos.

 

CARLOS.- (Defendiendo a Varela) Ven que el tipo sabe.

 

EDITH.- (A Mario, por lo que ha dicho Varela) ¿Lo escuchás? ¿Lo escuchás? (Imperativa, pero didáctica) ¿Vos sabés lo que es el “bloqueo giratorio”? ¿Y la “válvula de descompresión” o “la púa de tope”? ¡Qué vas a saber! Pero hablás. Igual, hablás. Me pasé semanas practicando. Primero haciendo el curso; después, estudiando el manual y finalmente, practicando. Me acordé de cuando iba al colegio y diseccionábamos una rana. (Actuando) “No debe ser muy distinto”, me dije.  Cacé una rana, la puse en la mesada de la cocina y le di con la motosierra. La destrocé. No quedó ni rana, ni mesada, ni nada. Todavía estoy sacando pedacitos de rana debajo de la heladera y al costado de la cocina. Después me compré una media res en la carnicería y practiqué con la mitad de la vaca. (Enciende la motosierra y parte una silla al medio con ella)

 

CARLOS.- ¡Qué mujer!

 

CLARA.- (Que sigue distraída) ¿Ya apareció el cuerpo?

 

VARELA.- Tranquila, señorita, tranquila.

 

EDITH.- (Apaga la motosierra) Tomé experiencia, Mario. Experiencia. ¿Vos sabés lo que es eso? Tanto estudio, tanta formación... ¿para qué?(Se emociona hasta el llanto) Hice todo eso por vos. Por vos. Porque te amo. ¿Te enteraste? Te amo. (A los demás, exagerada) ¿Se enteraron? Lo amo. (A Mario) Porque a veces, parece que no lo supieras. Te amo. Pero vos ni te das cuenta. Vos nunca reconocés lo que una hace por vos. (Pausa) Así son los hombres. (Se desploma en una silla o sillón)

 

MARIO.- (Como para sí, pero alarmado por su descubrimiento) Igual a Susana. Sos igual. Las mismas palabras. Igual a ella.

 

EDITH.- (En medio del vahído) Pero flaca.

 

MARIO.- Y no digas que lo hiciste por mí. Fue por vos. Vos tenías suficientes motivos...