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TRASPUERTAS

de Rogelio Borra García

Esta obra ha sido cedida por el autor para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización se inserta en al final del texto su dirección electrónica.

 

“TRASPUERTAS”

 de Rogelio Borra García

rogelio.borra@sancor.com.ar

rogelioborra@arnet.com.ar

 

 

Pequeña ciudad en algún lugar de la provincia de Santa Fe, Argentina.

 

Casa de techos altos y muros humedecidos; construcción antigua y sin atractivo, alzada olvidada en uno de esos quietos –aparentemente quietos- barrios periféricos.

 

Sala que también sirve de comedor diario. Muebles viejos, oscuros; una mesa con tres sillas; un sillón del tipo mecedora; un tocadiscos; contornos difusos de otros muebles que componen este ambiente de una familia clase media y oscilante.

 

Una calurosa noche de verano. De algún verano a mediados de la década del 70.

 

Acto único.-

 

  

VERA, con un batón descolorido y un delantal, repasa y ordena la vajilla sobre una mesa puesta para tres personas. IRENE, en un rincón, arrollada en una silla, observa de a ratos los movimientos ansiosos de Vera.

 

VERA – No sabía qué cocinar. Ella siempre sufrió del hígado. Cuando era chica, le daban cada pataleta. Era capaz de estar con arcadas la mañana entera; pero no vomitaba, nunca. Yo le decía que se metiera los dedos, en la garganta, así… Que eso la iba a aliviar, le decía. Pero le daba impresión. La tía Chiquita le hacía tomar unos brebajes de yuyos que daban asco. Pero eran santo remedio… No sé qué hará ahora con su hígado; a lo mejor, se operó. ¡En cinco años pudo hacer tantas cosas! (Descubre algo en la mesa) Cristo santo ¡ Qué bien lavás los vasos! ¡Parecen de boliche! (Limpia un vaso con el repasador) ¿Te creés que puedo presentarle a mi hermana un vaso con marcas de dedos engrasados? (Hecha vapor al vidrio y sigue limpiando) Iba a preparar ensalada de frutas, pero no tengo más compoteras, ni sé adonde fueron a parar… Creo que se rompieron, no sé… ya ni me acuerdo. Así que tuve que comprar uno de esos engrudos de panadería; tiene mucho merengue, mucha crema, con cerecitas y esos chirimbolos; es bien paquete pero espero que sea comible. (Deja el vaso) Si por lo menos hubieras hecho ese postre borracho que vos sabés hacer. Me hiciste comprar las vainillas, el oporto, y después… ni te comediste a pelarme una papa.

 

IRENE -- No tenía ganas.

 

VERA – Vos nunca tenés ganas de nada. Y sentáte bien. Estás ahí toda tullida. Te vas a llenar de jorobas. A ver: derecha. ¡Eso es!

 

IRENE – Me duele la espalda.

 

VERA – Si estás torcida, te va a doler más. A ver; paráte. Paráte.

 

IRENE – Vera…

 

VERA – Paráte, que quiero ver el vestido.

 

IRENE – (Se pone de pie) El disfraz, querrás decir.

 

VERA – ¡Calláte! ¡Que sabés vos! Si estás lindísima. Pero claro, ella estaría mejor con esos pantalones bolsudos y esa remera descolorida

 

IRENE – ¡Es mi ropa!. Así estoy … me siento …(Frunce el ceño en señal de disgusto)

 

VERA – ¡Una princesa! Y esperáte a que yo me cambie, vas a ver … ¡Dos princesas en su palacio!

 

IRENE – Dejáte de pavadas. Si vos no tenés ropa.

 

VERA – ¿Ah, no? ¿Ando desnuda? ¿Vos me ves desnuda?

 

IRENE – No tenés ropa para salir, para recibir gente. Si nunca salís, si nunca recibís gente.

VERA – Pero estoy preparada para esta ocasión. (Levanta el retrato) Ay, ¡cómo me gustaría que él estuviera aquí! (Le da un beso, lo estrecha un segundo y lo vuelve a su lugar). La mesa está linda, ¿no es cierto?

 

IRENE – (No muy convencida) Sí … (pero)

 

VERA – No te gusta el mantel. A mí tampoco. Pero no tengo otro que no esté remendado. Pensé poner velas.

 

IRENE – ¿Para qué?

 

VERA –  En la ciudad comen con velas.

 

IRENE –  ¿Quién te dijo eso?

 

VERA – Lo vi en televisión. Pero igual, dejé velas a mano, por si cortan la luz. (Reacciona repentinamente) Por Dios, ¡la hora que es!

 

IRENE – (Nerviosa) ¿Qué pasa? ¿Ya viene?

 

VERA – (Ansiosa) ¡Ya, ya! ¡Me voy a cambiar! (Lucha por quitarse el delantal, no puede) ¡Ayudáme! (Corre junto a IRENE)

 

IRENE –  ¿Qué nudo te hiciste? (Lucha por desatarlo, incluso con los dientes)

 

VERA- ¿Podés? ¿Podés? Si no, lo cortamos con un cuchillo.

 

IRENE – ¡Ya va! ¡Me ponés nerviosa!

 

VERA – (Recorre el ambiente con su mirada; se muerde el labio inferior en un gesto de angustia) ¿Le gustará? ¿Le gustará todo esto?

 

IRENE – (Detiene su tarea con el nudo) Ella nació acá, es su casa.

 

VERA – No, no,  ya no.  Hace mucho que está ya no es su casa… (Cambia) ¿Terminaste? ¿Ya está?

 

IRENE – Sí, ya está. (Le quita el delantal. VERA se lo arrebata)

 

VERA – ¡Cómo pasó la hora! ¡Qué barbaridad! (Sigue en sus corriditas por dar los últimos retoques a todo) Ni siquiera tuve tiempo de atarme los ruleros. Nada. Y esto es un horno. No corre una sola gota de aire. Y ese ventilador que no anda. Claro, tiene las paletas como si lo hubiesen agarrado a martillazos. Si por lo menos encontrara mi abanico. Pero nunca encuentro las cosas. Era el abanico de mamá y yo… dónde lo habré puesto (Saca tres rosas de un florero y las entrega a IRENE) Me parece que tengo que volver al tónico de la memoria.

 

IRENE – ¿Para qué me das esto?.

 

VERA – ¿Qué cosa?

 

IRENE – Las flores.

 

VERA – Para que las tengas en tus manos.

 

IRENE – Para que las tengas en mis … ¿estás loca?

 

VERA – ¡No seas pava!

 

IRENE – ¡Voy a parecer  una difunta!

 

VERA – El Vestido hace juego con las rosas. Mi hermana va a creer que sos un ángel o, mejor, una virgen…

 

IRENE – (Menea la cabeza) Una virgen …

 

VERA – La casa. Todo está igual que antes. ¿Se alegrará? (Corre junto a IRENE, se inclina) ¿Se alegrará de volver? Tiene que alegrarse de volver a estar aquí … en la casa … paterna. Los hijos no debieran abandonar la casa paterna. Los hijos no … (Se levanta de pronto)  Me estás haciendo hablar y hablar, cuando yo debiera estar ya vestida para recibir a mi hermana. ¡La hora que es! ¡Dios mío! ¡Ya no tengo tiempo, no tengo tiempo! (Pasa y besa el retrato; sale de escena corriendo)

 

(IRENE deja las flores, enciende el anticuado tocadiscos: se oye un suave tema de Sandro, de las primeras épocas de solista; se atenúa la luz del cuarto. Un joven - DIEGO, el del retrato -, aparece en la puerta; IRENE lo mira y no se sorprende; él avanza, toma en sus manos las rosas, entrega una a IRENE y se marcha con las otras.).

 

IRENE – Una llega a acostumbrarse a vivir con los fantasmas.

 

VERA – (En off) ¿Por qué pusiste eso?

 

IRENE – ¿Te molesta? (Pausa)

 

VERA – (En off) ¡Sacálo! Eso me distrae y no tengo tiempo, ¡no tengo tiempo!

 

IRENE – (Envuelta en una suave luminosidad, habla al público) Es curioso: en las ciudades chicas, como éstas, el tiempo nunca pasa rápidamente. Pero esta noche, para Vera, el tiempo vuela, es muy importante. La mentira también. Viene su hermana, la que hace mucho se fue a Buenos Aires, la que se fue porque estaba aburrida de estar acá y quería estar aburrida en otro lado, en otro lado donde valiese la pena estar aburrida. Vuelve su hermana, de visita, de paso, viene a cenar, nada más porque está apurada. Y hablo de mentira, porque Vera está preparando la farsa de mostrar a su hermana todo lo que nunca ha sido ni será. Vera siempre miente estar viva; pero esta noche, la mentira tiene que ser grande, auténtica, creíble hasta para ella misma. Y me metió a mí en todo esto, y yo…

 

VERA – (En off) ¿Con quién estás hablando?

 

IRENE – Estaba leyendo tu libro en voz alta.

 

VERA – (En off) Dejálo bien a la vista, que ella pueda verlo apenas entre. Y te dije que pararas esa música.

 

IRENE – (Vuelve a hablar al público) En las ciudades chicas, como éstas, la gente vive más cerca de sus recuerdos. Es que aquí no existen muchos lugares donde poder escapar de ellos: no hay calle desconocida, no hay distancia adonde no se pueda llegar a pie y en menos de una hora, no hay caras extrañas, no hay sombras que no resulten familiares, inofensivas … y aburridas. Claro que si uno mira hacia adentro …

 

(Repentinamente, surge de detrás de un armario - de la pared, en realidad -, una MUJER vestida de rojo, con la cabellera suelta y despeinada, profuso maquillaje, zapatos de tacos altos y medias corridas. Su aspecto es sórdido, grotesco. La aparición estremece a IRENE.)

 

LA MUJER – ¿Con quién mierda estás hablando? (Apaga el aparato, cesa la música)

 

IRENE – Con nadie.

 

MUJER – Estás hablando sola. ¿Te estás volviendo loca vos también?

 

IRENE – No, no …

 

MUJER – ¡Todos están locos en esta familia! ¡Qué cosa! ( Se instala en uno de los lugares listos para los comensales y empieza a masticar una rodaja de pan.)

 

IRENE – ¿Qué hacés? Salí de ahí que nadie te invitó. (Se acerca y limpia las migas que LA MUJER ha esparcido)

 

MUJER – Limpiá, Cenicienta, limpiá (Sube las piernas a la mesa)

 

IRENE – ¡No hagás eso! ¡Vas a ensuciar el mantel!

 

MUJER – Te tiene cagando, ¿eh?

 

IRENE – ¡Andáte!

 

MUJER – ¿Por qué me voy a ir? Yo estoy invitada. (Percibe algo, afuera) ¡Oh! ¿Escuchaste? Pasó el camión regador; la señorita de la ciudad puede embarrarse las patas. (Ríe en forma grotesca)

 

IRENE – Bueno, no te vayas. Ya entrará Vera.

 

MUJER- (Se levanta) ¿Y qué? Yo no le tengo miedo. ¡Ella es la que me teme! ¡Ella es la que sabe que no va a poder conmigo!.

 

IRENE – ¡Por favor! ¡No le arruinés la noche!

 

MUJER - Hagamos un trato.

 

IRENE – No, siempre hacés trampas.

 

MUJER –  ¡Mirá quién habla!

 

IRENE –  Algún día, voy a sacarte a patadas... ¡Voy a romperte el culo a patadas!

 

MUJER – (Satisfecha) Aah, ¡qué bien! ¡Te salió de adentro la guacha barata que sos!

 

IRENE – Andáte (La aferra de un brazo con violencia; se contiene)

 

MUJER – (Dominando la situación) Ojo. Ojito, nena. No es tan fácil librarse de mí. (Se suelta, acariciando la mano de IRENE, que la retira) Voy a estar en el patio, tomando un poco de aire … ¡Acá no se respira del  olor a viejo! Ah, decíle a VERA que ponga un plato más, que yo ésta no me la pierdo. (Sale al jardín)

 

 

(IRENE trata de recomponerse; en el centro del cuarto, mira a todos los rincones, siente frío y miedo. Busca la comunicación con el público una vez más)

 

IRENE – Es cierto: hay olor a viejo, a encierro... Si abro esa puerta, entrará el olor a tierra mojada que dejó el camión regador … ¡Es lindo el olor a tierra mojada! Y a los jazmines de enfrente. Y todos los olores que flotan en el aire, acá, en una ciudad chica como ésta, donde el tiempo nunca pasa rápidamente, donde se vive tan lerdo que se muere más rápido.

 

VERA – (en off) ¡Irene!

 

IRENE – (Se sorprende, sale de su estado tenso; corre a la mesa y ordena lo que LA MUJER ha desordenado) Ah, yo me llamo Irene. Soy huérfana, gracias a Dios y a mis padres. Me crió una tía que es muy famosa en este pueblo grande … La que tiene el prostíbulo cerca del cementerio. No me van a decir que no la conocen … Viví ahí … ¡como mil años! Hasta que me encontré con Vera…

 

VERA – (en off) ¡Irene!

 

IRENE – (Se acomoda en una silla, con la rosa) Yo soy lo único vivo que ella tiene. Y hoy me quiere lucir. Pero estoy un poco cansada de decir “gracias”, “gracias”, “gracias” … Creo que debo empezar a ensayar otra palabra.

 

(VERA entra; la luz se normaliza. VERA se ha puesto un vestido de fiesta, anticuado, con una gran rosa en el hombro, de tul, que dificulta sus movimientos continuos de cabeza)

 

VERA – ¡No mires! ¡No, no te des vuelta! Cerrá los ojos y no los abras hasta que yo te diga. (Avanza unos pasitos) ¡Ahora! (Emite un gritito, fingiéndose radiante)

 

(IRENE la mira, su rostro no rebela sorpresa ni expresión alguna.)

 

VERA - ¿Qué pasa? ¿No te gusta?

 

IRENE – Sí, claro.

 

VERA – (Crece, contenida) ”Sí, claro”, “sí, claro”  “¡SÍ CLARO!

 

IRENE – ¿Qué te hice?

 

VERA -  ¿Qué me hiciste? ¡Nada! ¡Solamente ignorar y despreciar todos los esfuerzos, todas las ideas y todos los preparativos que durante todo el día me tuvieron enloquecida! ¡Y siempre mirándome con esa cara que sabés poner para que la gente nunca esté segura de lo que estás pensando!

 

IRENE – (Se pone de pie; deja la rosa sobre la mesa)

 

VERA – ¿Dónde están las otras rosas?

 

IRENE – No sé.

 

VERA – ¿Tiraste las otras rosas? (Toma la rosa y obliga a que IRENE la sostenga en su mano)

 

IRENE – ¡Vera, no! (Deja otra vez la rosa)

 

VERA – ¡No dejés esa rosa! No, no la dejes. Son parte del vestido. Una chica delicada siempre debe llevar una flor.

 

IRENE – ¿En qué parte del cuerpo?

 

VERA – (Abre su boca con estupor; se compone, indignada) Voy a olvidar lo que dijiste. Sí, voy a sentarme. (Se sienta) Voy a serenarme. Y voy a conservarme alegre y fresca para recibir a mi hermana, eso es lo que voy  a hacer…Puf, ¿qué pasa con el aire? (Se apantalla con las manos)

 

IRENE – Vera, yo no soy una “chica delicada”

 

VERA – Con lo que me estás confirmando que todas mis enseñanzas y mis consejos fracasaron, ¿no sirvieron de nada? (La observa detenidamente) Irene, me gustaría que abandonaras esa cara de “vaca mirando el tren”, como si todo lo que hubiera a tu alrededor no te importara. Yo sé que eso no es cierto. Estás actuando como una chica rebelde porque estás celosa. (IRENE suspira) Sí, señorita, sí: celosa. Porque hoy te dejé un poco relegada, a causa de toda esta agitación porque viene a cenar mi hermana. Pero mañana volveremos a la normalidad, estaremos las dos solas, tranquilas y recordando esta noche. (Se pone de pie) Vamos, porfiada, argarrá esa rosa y vení para acá que te acomodo el pelo.

 

IRENE – (Acerca la rosa a su pecho, parodiando una imagen virginal)

 

VERA- (Que no captó la ironía) Sí, tesoro, sos esa chica delicada. Claro que sí. Vení, quiero que te mirés al espejo.

 

IRENE – ¡No, eso no! ¡Eso no!

 

VERA – (Pierde la paciencia, va y la trae de la mano, poniéndola de frente a un enorme espejo, en un extremo del proscenio) ¡Sí, eso sí! Miráte, vamos. ¡Mírate! ¿Qué ves ahí? Un ángel, una virgen …

 

IRENE – ¡Y dále con la virgen!

 

VERA – (Le da un coscorrón ligero, sin cambiar la intención de sus palabras) Una princesa. ¡Dos princesas en su palacio!

 

IRENE – (Ve su imagen en el espejo, con espanto) ¡Nadie se viste así!

 

VERA – La gente decente sí. Lo que pasa es que queda muy poca gente decente. Y menos es este pueblo, donde todo el mundo tiene la lengua partida, como las víboras. (Se aleja del espejo, camina hasta el retrato) ¡Qué cantidad de temas les hemos dado para que hablen!. Cinco años, o más, en el tapete público. En el chismerío barato de las peluquerías y las carnicerías y todos los lugares donde la gente se reúne para escupir cizaña. (Se abraza al retrato) ¡Si pudiera encerrarme es esta casa y no volver a salir!.

 

(Cambia la luz sobre el cuarto. IRENE, frente al espejo, que le devuelve la imagen de LA MUJER, obligando ella a que IRENE repita sus movimientos, en un juego inverso de reflejos. VERA deja el retrato. El joven del mismo ha entrado en el cuarto.)

 

DIEGO – No me pongás plato, Vera.

 

VERA – ¿Vas a salir?

 

DIEGO – Si, voy al Cine.

 

VERA – Otra vez. Vas muy seguido al Cine.

 

DIEGO – ¿Y qué querés que haga? ¿A qué otro lugar se puede ir acá? Si no hay nada.

 

VERA – ¿Por qué no vas a bailar al Club? Hoy están Los Iracundos; la tía Chiquita y yo nos vamos a quedar sentadas en el patio, desde ahí vamos a escuchar toda la actuación; no es lo mismo que verlos, pero…

 

DIEGO – Ya sabés que no me gusta bailar.

 

VERA – (Le ayuda a ponerse la campera) La tía Chiquita dice que yendo siempre al Cine nunca vas a encontrar novia…

 

DIEGO – Ella se lo pasó en los bailes y sin embargo sigue soltera.

 

VERA – ¡Diego!. Sos loco, eh?. ¡Mirá si te escucha!

 

DIEGO – Vos tendrías que ir a ese baile. Y conquistar al de Los Iracundos. Y casarte. Y mandarte a mudar muy lejos. Y ser muy, muy, muy, muy feliz.

 

VERA – Dejá de hablar pavadas, ¡loco!

 

DIEGO – Bueno, me voy … (Antes de salir) ¿Por qué me mirás?

 

VERA – ¡Qué lindo! ¡Qué lindo que es mi hermanito!

 

DIEGO – Calláte, ¡a ver si me lo creo!.

 

VERA – No volvás tarde, eh?

 

DIEGO – No. (Se detiene, la mira) Vera … una de estas noches, vamos a ir juntos al Cine. (Sale)

 

(La luz se normaliza, al tiempo que LA MUJER desaparece del espejo)

 

VERA – Irene … una de estas noches, vamos a ir al Cine.

 

IRENE – Siempre decís lo mismo y nunca vamos.

 

VERA - Pero unas de estas noches, vamos a ir. (Se sienta, abrazando el retrato, meciéndose con él) ¡Qué sofocación!. El verano se anuncia bravo … Tenemos todas las ventanas abiertas y aún así …

 

IRENE – ¿Qué pasa si no viene?

 

VERA – ¿Querés matarme? ¿Querés que me dé un ataque, como a la Tía Chiquita, que en paz descanse?. Por qué te escucho. Estás enchinchada y vas a conseguir que me duela la cabeza, como siempre.

 

IRENE – ¿A qué vendrá?

 

VERA – ¿Cómo a qué vendrá? A ver a su hermana, a saludarla.

 

IRENE – ¿Después de tanto tiempo?

 

VERA – Después de tanto tiempo, sí, ¡después de mucho tiempo! Decíme una cosa: a vos te parece que es fácil, que es tan sencillo. ¡No! No se puede volver a tu casa después de tanto tiempo, y decir: ¿qué tal, cómo te va?. No, no es fácil. ¡Para ninguna de las dos!. Pero menos para ella, porque ella es la que se fue. ¡Mientras yo fui la que se quedó y aguantó más de lo que se puede aguantar!

 

IRENE – Estás nerviosa, ¿querés una pastilla?

 

VERA – ¡No!. Estoy muy bien. ¡Muy bien! (Queda tiesa en su silla)

 

(Permanecen las dos en silencio, sentadas; una abraza al retrato, la otra juega con la rosa. LA MUJER entra en el cuarto; es como si ninguna de las dos la advirtiera)

 

MUJER – ¡Pobre Vera! Soñando mil veces las mismas cosas, mareada por los mismos recuerdos de hace mil años … (Suavemente, quita el retrato del abrazo de VERA; lo observa) Es un lindo chico … Tiene la soledad detrás de esos ojos oscuros … Tiene un montón de cosas oscuras detrás de esos ojos oscuros … (Abraza el retrato) ¡Ay, tengo ganas de llorar! ¡Muchas ganas de llorar! (Se cubre el rostro, dejando caer el retrato)

 

(VERA e IRENE miran hacia la puerta, expectantes)

 

MUJER – (Tensa) Ella se está acercando. Oigan sus pasos sobre la vereda; tiene zapatos nuevos y se tambalea sobre ellos. Ella se está acercando … ¡Vera! (Pone su mano sobre el hombro de VERA)

 

VERA – (Se pone de pie, tensa) Ella se está acercando.

 

IRENE – No tengas miedo.

 

MUJER – ¡No tengas miedo!

 

VERA – ( a IRENE)  Poné el retrato en su lugar. ¡Que ella lo vea!

 

IRENE – Está roto.

 

VERA – ¡Qué importa! ¡Hacé lo que te digo!

 

(IRENE obedece)

 

MUJER – ¡Ella viene a seguir haciéndote daño!

 

VERA – (Se tapa la cara) ¡Andáte!

 

(IRENE mira a VERA; no ve  a la MUJER, que sale casi rozándola.)

 

IRENE – ¿A quién le estás hablando?

 

VERA – A nadie. ¿Yo estoy hablando?

 

(Golpes en la puerta. Las mujeres se sobresaltan)

 

VERA – ¡Andá a abrir! !

 

IRENE – ¡No! ¡Yo no!

 

VERA – ¡Andá te digo!

 

IRENE - (Corre a sentarse en su sitio) ¡No! No quiero y no voy. ¡No voy!

 

(Nuevos golpes)

 

VERA – (Mira a IRENE con odio) Sí, ya va (Sale)

 

(DIEGO entra en el cuarto, se acerca a su retrato y lo voltea, tapando la foto; mira hacia la puerta; hay mucha tristeza en sus ojos. Luego se esfuma, tan rápidamente como apareció)

 

(Entra MARTA. Viste elegante, pero con estilo recargado, alhajas falsas, cinto, zapatos y cartera en juego, peinado de peluquería y todo un aspecto preparado para impresionar.)

 

MARTA – (Al entrar no puede disimular el asalto de viejos, temibles recuerdos) Igual … Todo está igual … (Camina unos pasos, insegura; luego se da vuelta frente a VERA, que le sonríe) Vera, ¡todo está igual!

 

VERA – (Orgullosa) ¿Viste?...

 

MARTA – ¡Por favor! ¿Todavía no se rompió ese jarrón?

 

VERA – No, todavía no.

 

MARTA - ¡Qué barbaridad! Todo … ¡igual que antes! (Descubre a IRENE)

 

VERA – Marta, ella es Irene

 

MARTA – ¿Quién es?

 

VERA – Irene.

 

MARTA – Alguna … pariente nuestra que yo no recuerde?

 

VERA – No, no, ella sólo es … mi amiga.

 

MARTA – Oh. Qué tal.

 

VERA – Irene vive conmigo.

 

MARTA – ¿Acá? ¿Ah, sí?

 

VERA – Irene, ella es mi hermana Marta, de quien tanto te hablé. Cuando Marta se fue a Buenos Aires, vos eras muy chica, por eso no te acordás de ella. Todos acá se acuerdan de Marta. Bueno, acá todos nos conocemos.

 

MARTA – Sí, eso es lo malo. Si vieras qué lindo que es pasearse por cualquier calle, allá en Buenos Aires, sin necesidad de andar saludando a cada rato y a cualquier perro que pasa. Claro, allá una no conoce a nadie y nadie te conoce a vos. ¡Es que Buenos Aires es tan grande! Mirá la tontería que estoy diciendo: como si alguien no supiera lo grande que es aquello.

 

VERA – ¿No te costó acostumbrarte? Debe ser difícil.

 

MARTA – ¡Para nada! Pero, dejáme que te mire: Vera, estás igual, ¡igual!

 

VERA – (Sombría) Vos no. Estás …

 

MARTA – (Tensa) ¿Cómo estoy?

 

VERA – Muy linda. (Le toma las manos; MARTA evita el contacto, con mucho disimulo, caminando hasta otro extremo del cuarto)

 

(En el siguiente comentario de MARTA, VERA hace señas a IRENE para que se ponga de pie y cambie la cara. IRENE gesticula: “¡Dejáme de joder!” y cosas por el estilo)

 

MARTA – ¡Todavía tenés el viejo tocadiscos! ¿Te acordás cuando nos reuníamos con las chicas de enfrente, los sábados  a la tarde, y organizábamos bailes entre nosotras?. Tía Chiquita ponía los discos; todos de Sandro, ¿te acordás? ¿Cómo está la Tía Chiquita? (Descubre la comunicación silenciosa y gesticular entre las otras dos)

 

VERA – (Disimula) ¿La Tía Chiquita? ¿Cómo está?

 

MARTA – Sí. ¿Vive siempre en …?

 

VERA – Vive en el  cementerio. Murió hace dos años.

 

(IRENE no puede contener la risa, tapándose la boca. MARTA queda boquiabierta, sin saber qué decir. VERA se tienta, con la risa contenida de IRENE.)

 

MARTA – ¡Vera! ¿Cómo podés reírte?

VERA – Es que dije: “vive en el cementerio”. (IRENE ríe). Y nadie vive precisamente ahí. ¡Qué estúpida soy! ¡Perdonáme!

 

MARTA – (Se sienta en apariencia compungida). ¿Cómo no me avisaste?

 

VERA – ¿Para qué? No ibas a venir y además … fue tan rápido, tan de repente. (Reprende a IRENE que sigue tentada)

 

MARTA – ¿Y de qué murió?

 

VERA – La hallaron muerta. Un ataque, pobrecita.

 

(Detrás, la TIA CHIQUITA se mueve en avíos de asistir a uno de sus tantos bailes)

 

MARTA – Por lo menos, no sufrió, no?

 

VERA – Últimamente, estaba un poco perdida. Como mamá, al principio de su enfermedad, ¿te acordás?

 

MARTA – Casi nada, yo era muy chica.

 

VERA -  Cierto, eras muy chica. ¡Pobre la Tía! ¡Estaba tan enamorada de Sandro!

 

MARTA – ¿Todavía?

 

VERA – Con decirte que se estaba haciendo un vestido de novia, la pobrecita.

 

MARTA – ¡Ay, que feo por Dios! Y … ¿y no sabés si dejó alguna herencia, algún papel, algo?

 

VERA – Sí, quince... (Gesto de MARTA: “¿¡millones?!”) Quince carpetas llenas de recortes, fotos y tapas de revista. ¡Sandro por todos lados!

 

(La TIA CHIQUITA encuentra una revista y avanza hacia el centro de la habitación)

 

CHIQUITA  - ¡Marta! Marta, ¿dónde pusiste la tijera?

 

MARTA – ¿Qué cosa?

 

CHIQUITA – ¡La tijera! Acá encontré una foto que no tengo. ¿Cómo es que nadie me dijo que tenían esta revista?

 

MARTA – Vera, ¿dónde dejaste la tijera?

 

VERA – Yo no anduve con la tijera. ¡Qué se yo dónde está!

 

MARTA – Siempre deja las cosas en cualquier parte; el otro día, buscábamos el monedero… ¿Sabés dónde lo había puesto?: En la heladera.

 

CHIQUITA – ¡Bueno! A cualquiera le puede pasar. Dejá, yo lo recorto así nomás. (Rompe con cuidado la hoja de la revista) ( a VERA). ¿Y a vos, se puede saber qué te pasa, que tenés esa cara?

 

VERA – Nada, tía

 

MARTA – Sí, está enojada porque nosotras vamos al baile.

 

CHIQUITA – ¡Que se joda!. Ella no quiere ir. Es una pava. Así, nunca va a conseguir novio.

 

VERA – ¿Para qué quiero un novio?

 

MARTA – ¿Te das cuenta, tía?. Todo el día así: ¡Es una amargada!

 

VERA – ¿Y a vos quién te molesta?

 

CHIQUITA – ¡Bueno, chicas, bueno! ¡Cambiá esa cara, Vera!. Y vos, Marta, dejá de agitarte que te transpirás toda y ya estás vestida para el baile. Mirá que esta noche podés conocer al hombre de tu vida.

 

MARTA – ¿Acá?. No creo, tía. Me gustaría conocer a un chico de afuera.

 

CHIQUITA – ¡Jodé nomás con los chicos de afuera!. Mirá que después se van por donde vinieron y andá a cantarle a Gardel.

 

MARTA – ¡Ay, tía! ¿Qué querés decir? Yo sé lo que hago.

 

CHIQUITA – Sí, por eso te lo digo. (A VERA).Y vos, hacés bien: reserváte; que el mes que viene, lo tenemos a Sandro para las fiestas patronales!

 

MARTA – ¿Qué?

 

VERA – ¿En serio, tía?

 

CHIQUITA – ¡En serio! ¡Hoy vi el cartel en el almacén! ¡Tenía una foto así de grande, sonriendo con todos esos dientes y esos labios!. Arranqué el cartel y me lo guardé en el bolso. ¡Cómo se enojó la gallega del almacén! ¡Pero no se lo devolví!

 

MARTA – ¡Tía, no lo puedo creer! ¡Sandro en este pueblo de mierda!

 

VERA – ¡Marta!

 

CHIQUITA – Le voy a dar un beso. Cuando baje del escenario, le voy a dar un beso. No sé cómo voy a hacer, pero lo voy a besar, aunque sea lo último que haga en mi vida.

 

MARTA – ¡Yo también!

 

CHIQUITA – (La sacude de un brazo, violenta). No, ¡vos no! ¡vos no! Yo solamente, ¿me entendés? ¡Yo!

 

(Se oye la voz de Sandro. IRENE ha puesto un disco. VERA y MARTA la miran, sobrecogidas. La figura de CHIQUITA empieza a alejarse hacia la puerta, encantada con la melodía, hasta salir)

 

IRENE – (Se encoge de hombros) ¿Lo saco?

 

VERA – (La encara y quita el disco) ¿Quién te dijo que pusieras música?

 

MARTA – Y menos eso, que me acuerdo de la Tía Chiquita y me impresiono.

 

VERA – A Irene  también le gusta Sandro. ¿No es cierto, Irene? (El rostro de IRENE revela sorpresa)

 

MARTA – Tendría que gustarle algo más actual; Sandro es anterior a mi época … Es de tu época, ¿no, Vera?

 

VERA – (Disimula su desagrado). Sí, qué se yo. Vení sentémonos. Voy a encender el horno. Preparé milanesas a la napolitana, tu plato favorito.

 

MARTA – Uy, yo pensaba no cenar. (Se sienta a la mesa)

 

VERA - Tu hígado …

 

MARTA – No, mi dieta, mi régimen; no puedo romperlo, es muy estricto.

 

VERA – Qué lástima. No podés comer nada, ¿ni un poquito?

 

IRENE – (Irónica) ¡Y vos que te lo pasaste todo el día en la cocina!

 

MARTA  - (Molesta) ¿En serio, Vera? Oh …Bueno, como un poquito.

 

VERA – ¡Seguro!. Si estás muy bien, para qué hacés régimen. Voy a encender el horno.

 

MARTA – ¡Vera!

 

VERA – ¿Qué pasa?

 

MARTA – ¿Todavía tenés estos platos? ¿No se rompieron?

 

VERA – No, todavía no. (Sale)

 

(MARTA se siente incómoda, quita el seguro de su cartera y extrae un espejito; se retoca el maquillaje. IRENE se acerca a la mesa, se detiene frente a MARTA, del otro lado de la mesa, apoyándose en ella.)

 

MARTA – (Detiene lo que hace, le sonríe con frialdad) ¿Así que vivís acá? ¿Le hacés compañía a mi hermana?

 

IRENE – Algo parecido.

 

MARTA – Sos muy joven. ¿Cuántos años tenés?

 

IRENE – Dieciséis

 

MARTA – ¿Y no tenés familia, padres …?

 

IRENE – Tengo una tía. Maneja el prostíbulo, el único que hay en el pueblo; le  va muy bien, la policía no la jode y cada vez tiene más clientes; yo viví ahí, hasta que Vera me trajo a su casa …

 

MARTA – (Espantada) ¡Pobrecita! ¡Debe hacer sido muy duro para vos!

 

IRENE – ¡Para nada! Conocía mucha gente, siempre había música, no había problemas de guita... Y cuando a mi tía le faltaba alguna chica, yo ayudaba …

 

MARTA – (Atónita) ¿Cómo “ayudabas”?

 

IRENE – Sí, ayudaba

 

MARTA – ¡Qué triste, por Dios, qué triste! (Retoma su maquillaje)

 

(LA MUJER entra al cuarto; se sube a la mesa y empieza a usar los cosméticos y las pinturas de MARTA, sin que ella parezca verla)

 

MUJER – (a IRENE) ¿Por qué le mentiste a esta mina?

 

IRENE – Porque no la trago. Y ella no me traga a mí.

 

MUJER – Ahora te va a tragar menos.

 

IRENE – ¿Y a mí qué?

 

MUJER – ¡Esta es una mosquita muerta! Hizo de las suyas cuando estaba en carrera.

 

IRENE – Ya sé. Mi tía me contó. Se fue del pueblo porque estaba aburrida… ¡Mentira! Se fue porque no soportó la vergüenza. ¡Vergüenza!

MUJER – La hipocresía, querida. ¡La hipocresía! ¡Y encima usa pinturas baratas! ¿Te fijaste?. Hablaron de cualquier cosa las hermanitas, como si nada hubiera pasado nunca. La estúpida de Vera quiere que su hermana se sienta cómoda en su casa paterna, que todo le sea agradable…

 

IRENE – ¿Querrá eso? ¿O será otra mentira?

 

MUJER – Te dije: ¡Yo ésta no me la pierdo!

 

IRENE – (Reacciona) ¡Bajáte de la mesa! ¡Vas a romper algo!

 

MUJER – ¿Y qué? ¡Demasiado duraron estos platos! (Baja de la mesa)

 

IRENE – Tenés razón. Todo tiene que romperse algún día. (Hace caer un vaso)

 

MARTA – (Deja lo que hace, mira el piso y mira a IRENE) Se te cayó y no se rompió… ¡Qué buenas venían antes las cosas!

 

VERA – (en off) ¡Irene!

 

MARTA – ( a IRENE) Te llama.

 

(IRENE mira el suelo – el vaso en el suelo -, mira a MARTA, a LA MUJER y hacia la cocina, de donde proviene el chillido destemplado de VERA)

 

VERA – (en off) ¡Irene, vení!

 

MUJER – ¿No la oís, ché? Te está llamando

 

MARTA – Nena … Vera te está llamando.

 

MUJER – ( a IRENE) ¡Movéte!

 

VERA – (en off) ¡IRENE!

 

MUJER – (Estridente) ¡IRENE!!!!

 

VERA – (en off) ¡Apuráte!

 

MARTA – ¿No la oís?

 

VERA – ( en off) ¡IREEENE!

 

MUJER – ¡IREEEENE!!!!

 

IRENE -  (Se cubre los oídos y grita).

 

(MARTA se pone de pie; VERA aparece en la puerta que lleva a la cocina, aferrando un repasador y una caja de fósforos; LA MUJER retrocede con una mueca de triunfo y antes de salir, en un gesto deliberado, da vuelta el retrato, descubriendo la fotografía de DIEGO, tras los restos del vidrio roto. Luego sale de escena.)

 

VERA – (Vacilante) ¿Por qué no venías? Irene… no puedo prender el horno; no puedo; Anda mal … O los fósforos que están húmedos, no sé. Yo no me puedo acostumbrar al Magiclik, vos sabés … Irene … (Acongojada) No te enojés conmigo pero… yo no podía… y te llamaba. ¿No me oías? ¿No me oías?.

 

(Lentamente, IRENE  se descubre los oídos, se pasa una manga por la nariz, se acomoda irreflexivamente un mechón de cabellos y encara a VERA. Le dedica una mirada de encendido odio, le arrebata los fósforos y desaparece de escena.)

 

VERA – (Nerviosa y torpe) Es que todavía tengo la cocina de mamá. El horno no andaba muy bien, ¿te acordás?. Y yo siempre le tuve miedo al gas. Desde que a mamá … le pasó aquello. Irene se enoja conmigo, por lo pava que soy. Pero después se le pasa… (Tanto estrujar el repasador, se le cae; se inclina a recogerlo y allí, mirando el suelo, pregunta) ¿No supiste nada de Diego? ¿No te escribió? ¿Nunca?

 

MARTA – ¡Mirá si me va a escribir! ¡A mí! ¡Estás loca! (Empieza nerviosa a guardar las cosas en la cartera).

 

VERA – (Se incorpora) Me salieron de lindas las milanesas, ya vas a ver… Irene, ¿lo prendiste? ¿Pudiste, querida? (Sale de escena)

 

(MARTA, sola en el cuarto, saca un cigarrillo de su cartera y no encuentra el encendedor; maldice por esto, entre dientes; busca sobre los muebles y no tarda en ver el retrato de Diego. Se acerca y lo pone otra vez boca abajo.)

 

(DIEGO aparece, como si saliera de su cama, en horas de la madrugada.)

 

DIEGO – ¡Hay que decir que vos no tenés un cachito así de vergüenza!

 

(MARTA acusa una leve sorpresa inicial; se resiste a mirarlo, caminando al otro extremo del cuarto)

 

DIEGO – Yo no digo que hagás lo que se te antoje por ahí, vos sos dueña, sabés lo que hacés … Pero acá, en tu casa. ¡En tu casa, Marta!

 

MARTA -  ¡Báh, dejáme de joder! Qué te importa a vos, ¿eh? ¿Qué te importa?

 

DIEGO – Que es también mi casa y que yo también vivo acá … Y Vera … Pero vos le perdiste el respeto a todo. A nosotros, a tu casa, a todo … ¡Vos misma te perdiste el respeto!.

MARTA – ¡Pero dejáme de joder! Y dejá de getonear, que se va a despertar la otra y no tengo ganas de aguantarla. (MARTA intenta seguir buscando algo para encender su cigarrillo; DIEGO la aferra de un brazo). ¡Salí! ¡Salí, ché! ¡Me hacés mal, tarado!

 

DIEGO – ¡Andá y decíle a ese tipo que se vaya! ¡No te hagás la que no sabés! ¡Ese tipo, el que recién metiste en el galponcito!

 

MARTA – ¡Ahora también me espiás!

 

DIEGO – ¡No vas a usar esta casa para traer a cualquiera que se quiera revolcar con vos! (La suelta, empujándola) ¡Andá! ¿O querés que vaya yo?

 

MARTA – (Mirándolo burlona, desafiante) ¡Pobrecito! Andá…¡Andá! Sacálo a patadas, vos que sos el hombre de la casa, ¡el decente! (Contenida) No lo viste bien al “tipo del galponcito” … Vos lo conocés. Y él te conoce a vos … ¡Muy bien te conoce!¡Es el mismo que también va al cine los viernes a la noche!

 

(DIEGO retrocede unos pasos, el rostro demudado en una máscara de pánico.)

 

MARTA – (Triunfante; encuentra los fósforos que VERA había dejado junto a las velas; enciende uno y lo mantiene cerca de su rostro.) Él conoce otros galpones … Los del ferrocarril, junto a las vías muertas, detrás del monte de eucaliptos …

 

(DIEGO sale corriendo del cuarto)

 

MARTA – (El fósforo se extingue entre sus dedos) Él tiene encima ese olor a humedad. Y sin embargo, sus besos son secos. Y fríos. Como los besos de los que están muertos … Pero yo ya olvidé esos besos. ¡Yo me fui a Buenos Aires! ¡Yo me olvidé de todo!

 

(CHIQUITA ha entrado al cuarto; ha entrado cuando MARTA ha dicho: “Como los besos de los que están muertos.” CHIQUITA lleva una mantilla negra, que le cubre el rostro. Su voz es cavernosa, apesadumbrada.)

 

CHIQUITA – ¡Qué vas a olvidar vos!

 

(MARTA rehúsa mirarla, cierra los ojos, trémula, y se persigna).

 

CHIQUITA – La muerte no se olvida, Marta. ¡Esa sí que no se olvida!

 

MARTA – Yo estoy viva, Tía. Viva y en Buenos Aires, donde siempre quise estar.

 

CHIQUITA – Viva … ¡Viva! ¡Ja! Viva mientras todos se mueren de a poquito. Viva mientras más de uno quiere verte en el otro mundo, en el mío.

 

MARTA – ¿Y a mí qué? Siempre supe que nadie me tragaba en este pueblo de mierda. Y me importó, éh? ¿Me importó? ¡No! ¡Ni así! Yo hice siempre lo que tuve ganas de hacer. Y nadie me lo perdonó … (Se sienta, cansada). No era fácil para mí, tía. No era fácil. Chuparme los fríos de junio para acompañarte a